Una de esas máximas incuestionables que todo lorokista se encarga de retransmitir y repetir las veces que haga falta es la que dice que Dios que quiere como eres, y que tu comunidad empezará a quererte y amarte de verdad cuando te quites la máscara que llevas puesta y te muestres como eres.
En esta situación, lo peor que se puede hacer es decirles que tú no llevas ninguna máscara. El kikianismo es un sistema rígido y cerrado en el que el guion es el mismo para todos: todos llevan careta desde su más tierna infancia porque así lo ha decretado el gran gurú, todos tienen necesidad de ser liberados de esa máscara para alcanzar el verdadero conocimiento de sí mismos, todos los que no aceptan esta verdad fundamental están engañados, alienados, destruidos por dentro sin ser conscientes de ello y, por tanto, despertarles y hacerles ver su realidad, aunque sea a mamporros y dentelladas, es un gran bien que ya agradecerán en algún momento, cuando recuperen la vista.
Otra constante es que lo que se oculta es feo y malo, es decir, según el kikianismo, todos -porque todos ocultan su verdadero ser- son lo peor de lo peor, repugnantes y repelentes, y puesto que todos quieren ser amados y respetados todos ocultan lo que son realmente.
Pero no hay que tener miedo a la verdad, porque también dirán que nadie en la comunidad se va a escandalizar cuando te quites la careta y te muestres tan cual eres en realidad. En suma, tienes que aceptar que eres lo peor y hacer alarde de ello delante de toda tu amantísima comunidad que solo entonces podrá amarte de verdad.
De todo lo anterior se deduce que la comunidad es aleccionada para aceptar las actitudes y hechos malvados de los demás como si fuesen muestras de conversión o, al menos, de deseo de conversión por parte del malvado ejecutor.
El objetivo del gran jefe cuando implantó como premisa ineludible para crecer en la fe el sacar a la luz el verdadero ser de cada catecúmeno no era otro que recabar información sobre debilidades, problemas, traumas, defectos, vicios, inseguridades… ¿Cuál es tu cruz?, preguntan en el primer escruticidio. Y te dicen que la magia para volverla gloriosa no funciona a menos que pronuncies esa cruz en voz alta ante la comunidad.
La cruz de cada uno es algo que solo pertenece al individuo en relación personal con Dios, de tú a Tú. La comunidad no pinta nada, el lorokista no pinta nada, kikorearla no la cura y no hay exorcismo mágico que haga que la cruz deje de doler. Por tu propio bien más vale que seas consciente de que solo te sonsacan para poder controlarte con aquello que más te daña. Piénsate con cuidado lo que les dices.
El caso es que un religioso de misa de 12 que, por ejemplo, sea iracundo, se esforzará por controlarse y no poner mala cara a los demás, querrá dominar su mal carácter y no al revés. En suma, vivirá esclavo de su moralismo. Este es uno de los motivos del patente desprecio de los miembros de CNC hacia los religiosos de misa de 12: son unos moralistas y unos falsos, que no se han enterado de que Dios los quiere como son, sin máscara.
Es por ello también que en la comunidad, en cualquier comunidad, se lleva el poner al otro en su verdad, o lo que es lo mismo, cantarle las cuarenta, y además hacerlo con toda la prepotencia, mala hiel, inquina y peor educación que salga de dentro, porque se trata de mostrarse tal cual se es, sin caretas, y de ayudar al hermano a mostrarse también sin tapujos y sin complejos.
Por eso son estupendas las konvivencias de sillas voladoras, porque son el hecho concreto que demuestra que las caretas han empezado a caer.
A lo que voy. En el Camino se vende la receta de que hay que sacar lo peor que uno lleve dentro para que la comunidad pueda empezar a amar a ese hermano que se muestra tal cual es. Pero resulta una y otra vez -y además sucede en todas partes- que cuando alguien destapa algo, sea sobre sí mismo o sobre otro, la máquina neocatecumenal que se pone en marcha es la del cotilleo, el chisme y la murmuración, y aquel que “ha mostrado a los demás su realidad de pecador” pasa a estar en boca de todos, pues se convierte en tema de conversación.
En vista de lo cual, los jefazos repiten todos los años la monserga de que ¡ay del que murmura! -lo que es un reconocimiento implícito de que tal vicio se da en todas las comunidades-, pero de ninguna manera desaconsejan contar historias truculentas en las salas de usos múltiples, puesto que la razón de ser de las comunidades encerradas tras puertas bloqueadas a los extraños es precisamente la de que todos conozcan las miserias de todos.
Así, según avanzan en el camino que no lleva a ninguna parte, los neocatecumenales descubren que son los peores, la escoria de la sociedad, que todos ellos deberían estar en la cárcel. Y esto sucede porque sacar a la luz la pus que tienen dentro no los hace más sencillos ni más humildes ni los lleva a la alabanza a Dios, sino que según se cronifica la kikotización de su ser, más alardean y más se jactan de lo satisfechos que están de ser los peores, y con más desdén y desprecio tratan a los religiosos de misa de 12, que obviamente son mejores que ellos, pues nadie puede ser peor.
En resumidas cuentas, en la comunidad se ayudan unos a otros a envilecerse en lugar de ayudarse a crecer como personas y como cristianos.
