Hoy voy a contar otra anécdota de un desencuentro con mis kikotistas.
Cuando se llega al paso de la iniciación a la oración, de repente, a los loros repetidores bien adiestrados les entra una urgencia inaudita por poner a rezar a los neocatecúmenos.
Hasta entonces rezar era un moralismo, a partir de entonces, rezar debe ser una actividad diaria de la vida cotidiana del neocatecúmeno. Pero ha de entenderse bien cómo rezar, porque no se puede rezar como los niños pequeños ni como los religiosos de misa de doce, sino como ha enseñado Kiko, a saber:
Todas las mañanas, antes de salir de casa, es preceptivo rezar Laudes. En caso de matrimonios, lo ideal es que recen juntos, porque la oración es un poderoso pegamento para que el matrimonio funcione.
A mediodía es el momento de la oración intermedia. Debe dejarse lo que se esté haciendo, ponerse en pie, con las manos alzadas y rezar un padre nuestro o una ave maría, algo, antes de retomar la actividad interrumpida. Lo cierto es que tal planteamiento es poco realista si a las doce de la mañana estás en la oficina, en una reunión, o en clase o en el transporte público o en una operación en un quirófano.
Aún después, por la tarde, hay que rezar las Vísperas, que en meddio del follón de balar niños y de dar cenas son muy relajantes. Y antes de acostarse, Completas.
¿Eso es todo? No. Además, en algún momento del día, por ejemplo, a la hora de la comida, se aligera el alimento material y se llena uno de alimento espiritual con el rezo del rosario.
Así es como los kikotistas lo contaron en mi comunidad. Lo recuerdo bien porque el responsables de ellos nos hizo ver que si los musulmanes rezan cinco veces al día, los neocatecúmenos no iban a ser menos. Como si fuese una competición de rezanderos.
Pasó un tiempo y hubo una reunión con los kikotistas en la que no faltó la pregunta de si rezábamos y cómo rezábamos.
En esa época yo ya trabajaba, estaba casada y tenía hijos pequeños. Gracias a Dios la empresa que me contrató hacía sus pinitos en conciliación de la vida laboral y familiar y daba cierta flexibilidad en el horario presencial en la oficina. En mi caso eso significó que me dieron un móvil para estar disponible a todas horas, pero me dejaron hacer jornada continua, desde las siete y media de la mañana y sin pausa para comer, de forma que por las tardes estaba con mis hijos.
Era un buen acuerdo para ambas partes, aunque yo madrugaba mucho y no dormía de un tirón ni una noche. De hecho, con mi hija pequeña no volví a saber lo que era dormir toda la noche hasta que ella pasó de los siete años.
A lo que voy. Ni la resistencia física ni la mental me daban para madrugar todavía más y dormir todavía menos a fin de rezar las Laudes antes de salir de casa, como nos habían dicho que teníamos que hacer. Así que no lo hacía ni me planteaba hacerlo. Pero a cambio trataba de rezar Vísperas.
No vestida ni maquillada ni con zapatos de tacón, sino en pijama y metida en la cama, pero lo hacía cuando no estaba tan cansada como para dormirme con el salterio entre las manos.
En cuanto a lo de la hora intermedia… No. Ni yo ni nadie la hacía. Es decir, lo hice una sola vez. Fue en torno a las tres de la tarde, me levanté en mitad de la oficina y no extendí las manos, pero recé. Fue el once de septiembre de 2001, acabábamos de enterarnos del atentado contra las Torres Gemelas y me salió del alma rezar por los que ya habían muerto y por los que estaban atrapados en una trampa de fuego.
Me falta comentar lo del rosario. Lo rezaba en el coche, de camino a la oficina, en lugar de escuchar la radio.
Lo que quiero contar es que se presentaron los lorokistas, los de la lección bien aprendida y repetida una y otra vez, y comenzó el interrogatorio sobre la forma en que rezaba cada quien.
A mí me parecía que mi componenda entre lo que ellos habían estipulado que había que hacer y la realidad de mi vida era tan lógica, razonable y sensata que con toda ingenuidad les dije que no entraba en mis posibilidades reales rezar Laudes.
A los kikotistas no les gustó mi técnica de rezo rodante del rosario, torcieron el gesto, pues al parecer María discrimina en función de la postura y el lugar en que se reza, pero donde pusieron el veto fue en el cambio de Laudes por Vísperas.
Dijeron que no valía que me saltase el guion.
Dijeron que todos teníamos que obedecer y que se nos había dicho que rezásemos Laudes. De hecho, todo lo demás podía dejarse de lado, pero las Laudes, no.
Dijeron que yo era una listilla y una rebelde.
¿Qué consiguieron?
Que dejase de interesarme por rezar las Vísperas. Seguí sin rezar las Laudes, pues de verdad que estaba más allá de mi resistencia física, pero tampoco iba a desgastarme en lo que según ellos no servía porque no era lo que nos había dicho que había que hacer.
Todo por atenerse a las órdenes de uno que pasa el día muy ocupado en no hacer nada y no tiene problemas para rezar a la hora que le dé la gana. Todo por carecer de empatía y ser incapaces de entender lo que de verdad importa.
Ciegos que pretenden estar capacitados para guiar a otros.








