miércoles, 23 de septiembre de 2026

El perdón como mordaza

 


Empecemos por el lenguaje. Hay términos que funcionan como candados: una vez pronunciados, prohíben seguir hablando. Toda organización coercitiva los colecciona —"obediencia", "humildad", "lealtad", "unidad"— y la más eficaz de la colección es "perdón".

El mecanismo es de una sencillez pavorosa. A la víctima que empieza a nombrar su dolor se le dice: debes perdonar. Y se añade el candado moral o teológico: si no perdonas, el problema eres tú (estás en pecado, estás resentida, estás anclada en el pasado). En una sola frase se ha conseguido todo: la víctima ya no habla de lo que le hicieron, habla de lo que ella no consigue hacer. El foco se ha desplazado del verdugo a la víctima. El interrogado ya no es el agresor: es el agredido, sometido a examen permanente sobre la calidad de su perdón.

Es algo tan obvio que podría entenderlo un niño pequeño: es como si a quien acaba de ser atropellado le preguntáramos, tirado aún en el asfalto, si ya le ha dado un regalo al conductor. Y le dijéramos que, hasta que no se lo dé, el malo es él.

La psicología: lo que el perdón exigido le hace a un ser humano

La psicología del trauma es clara en su punto de partida: la recuperación de una víctima exige, ante todo, un respeto exquisito a sus sentimientos y a su voluntad. Exige seguridad, validación y tiempo. Y exige algo esencial: que su rabia sea reconocida como legítima.

Porque la rabia de la víctima no es una enfermedad ni un pecado: es un sistema de alarma que funciona correctamente. Es la parte sana de la persona diciendo "esto que me hicieron estuvo mal". La indignación tras el daño cumple la misma función que el dolor físico tras la quemadura: señala, protege, orienta. Apagarla a la fuerza no cura nada; solo deja a la persona sin brújula dentro de su propio sufrimiento.

Exigir el perdón de forma prematura ataca exactamente ese punto. Le dice a la víctima que su alarma es el problema. Que su rabia la degrada. Que su dolor, si dura, es un fallo moral suyo. La literatura sobre grupos coercitivos tiene un nombre para esta operación: inversión de la culpa. El grupo daña y el dañado se examina. Es la firma psicológica de toda relación de abuso, individual o colectiva: el maltratador nunca pregunta "¿qué te hice?", pregunta "¿por qué sigues así?".

Y hay algo más. El agresor pone sobre la víctima una carga que ella no eligió y que, con frecuencia, tendrá que aprender a llevar durante toda la vida. Superar es a veces una palabra demasiado grande; convivir es la palabra honesta. Pues bien: la exigencia de perdón añade una segunda carga sobre la primera. A quien ya lleva la piedra del trauma se le cuelga además la piedra de la culpa por no perdonar. Doble peso, mismo hombro. Y quien cuelga la segunda piedra suele presentarse como acompañante, pastor o terapeuta del alma.

Digámoslo con claridad: un perdón exigido no es perdón; es sumisión con nombre piadoso. El perdón real —cuando llega, si llega— es el final libre de un proceso, nunca su condición de entrada. Confundir el fruto con el requisito es, en términos psicológicos, revictimizar.

La sociología: a quién sirve el perdón administrado

En toda operación social conviene preguntarse quién gana. Sigamos el rastro del perdón institucional, paso a paso.

Gana el agresor. Su petición de perdón —a menudo escenificada por él mismo— le tranquiliza la conciencia, le rebaja la condena social y, bien administrada, le aleja de la penal. Obsérvese un fenómeno constante: el agresor no suele huir del perdón; corre hacia él. Lo convoca, lo escenifica, lo administra. Elige el escenario (la comunidad, no el juzgado), elige el público (los suyos, no un juez), elige el idioma (la falta moral, no el delito). El perdón administrado por el propio ofensor es el único tribunal donde el acusado dicta la sentencia de su caso. Por eso lo prefiere a cualquier otro.

Ganan los mandos intermedios. Durante décadas se ha dicho que el problema de las instituciones religiosas era el clericalismo, y hemos imaginado sotanas. El clericalismo no es un asunto de ordenación: es un asunto de poder. Dale a cualquier persona —consagrada o laica— autoridad sobre las conciencias de otras, y ante el escándalo reproducirá el mismo gesto con fidelidad absoluta: protegerá al de arriba, sacrificará al de abajo y llamará a eso lealtad, prudencia o fidelidad a Dios. No defiende a un hombre: defiende la estructura de la que depende su pequeño poder. Si cae el agresor, se agrieta el sistema que lo hizo "responsable" de algo. Y para no caer el sistema mismo sacrifica a la víctima. La sociología de las organizaciones lo constata en iglesias, partidos, familias, empresas y federaciones deportivas: la estructura se protege a sí misma con las manos que tenga disponibles.

Gana la institución. El perdón colectivo y ritual —el comunicado solemne, el acto penitencial, la página que se pasa— transforma un escándalo criminal en un capítulo espiritual ya cerrado. Es el lavado de imagen perfecto, porque se ejecuta con el vocabulario de las víctimas y en nombre de los valores más altos. La institución que "pide perdón" sin abrir archivos, sin apartar responsables y sin reparar a nadie no está haciendo penitencia: está haciendo manipulación.

Pierde la víctima. Se queda con su carga, con su alarma desactivada a la fuerza, con su comunidad cerrando filas al otro lado y con la sospecha añadida de ser ella la que "no sabe pasar página". La comunidad que debía ser refugio se convierte en guarida. Y las guaridas no protegen al herido: protegen al animal que se esconde en ellas.

¿En qué se convierten un sacerdote que abusa de un menor y quienes lo encubren?

Descodificador: qué significa cada frase

Las palabras suenan a una cosa y nombran otra. Descodifiquemos las fórmulas más repetidas del perdón administrado:

·        "Debes perdonar": suena a sabiduría; nombra una orden que clausura el proceso de curación antes de que empiece.

·        "Pedimos perdón" (en boca de la institución): suena a arrepentimiento; nombra una operación de imagen mientras no incluya verdad, justicia y reparación.

·        "Fue algo ajeno a nosotros, un mal externo": suena a explicación, pero es cinismo puro y una manera perversa de eludir responsabilidades.

·        "Busquemos la justicia divina" (o "resolvámoslo internamente"): suena a elevación; nombra la exigencia de que la víctima renuncie a la justicia humana, la única que el agresor teme.

·        "Si no perdonas, el problema eres tú": suena a diagnóstico; nombra un chantaje que convierte el dolor de la víctima en culpa de la víctima.

·        "No juzguéis": suena a Evangelio (Mt 7,1); nombra la prohibición de señalar delitos, aplicada siempre al débil y nunca al poderoso.

·        "Todos somos pecadores" (o "nadie es perfecto"): suena a humildad; nombra la disolución del delito concreto en un océano de culpa genérica donde el agresor y el agredido quedan misteriosamente igualados.

Este último punto merece más extensión. "Todos somos pecadores" es la gran lavadora moral. Si todos somos pecadores, nadie es criminal. Si nadie es criminal, no hay tribunal, hay confesionario. Y del confesionario se sale absuelto, recolocado y con la imagen intacta.

La distinción que lo cambia todo: falta y delito

Aquí está el corazón del problema, y hasta que no lo separemos caeremos una y otra vez en la trampa.

El pecado —la falta moral— pertenece al orden de la conciencia. El delito pertenece al orden de la justicia. El pecado se confiesa; el delito se denuncia. La falta la perdona quien la sufre o la absuelve Dios; el delito lo juzga un tribunal en nombre de todos. Son dos planos distintos, y las instituciones llevan siglos ganando tiempo e impunidad con su confusión deliberada.

Porque cuando un delito se trata como falta moral, ocurren tres cosas, siempre las mismas. Primera: el proceso se vuelve secreto, porque la conciencia es secreta (la reunión discreta sustituye a la denuncia pública). Segunda: la reparación se vuelve simbólica,  lágrimas, gestos y propósitos de enmienda donde correspondía un procedimiento con consecuencias. Tercera, y decisiva: la víctima desaparece del procedimiento, porque en el tribunal de la conciencia solo hay dos actores, el culpable y su Dios (o el culpable y su institución). La víctima no tiene silla en ese despacho. Nunca la tuvo.

De aquí se sigue la conclusión central de este estudio: un delito no es susceptible de perdón o no perdón; es susceptible de justicia. Que la víctima perdone o no perdone es soberanamente irrelevante para lo que la sociedad —y la propia comunidad creyente— debe hacer con el delincuente. Preguntarle a una víctima por su perdón antes que por su denuncia es mezclar los planos. Y en esa mezcla, muchas veces sin querer, la revictimizamos.

Que la víctima perdone o no nunca fue el tema. El tema es que alguien le puso una carga encima, y que esa carga tiene un autor y unos responsables.

La religión: el perdón del Evangelio no es este

Jesús nunca, ni una sola vez, le exige el perdón a una víctima reciente. A los heridos los cura, los abraza, los pone en pie, les devuelve la dignidad delante de todos. La exigencia la reserva para los fuertes: para los que atan cargas pesadas y las echan sobre los hombros de los demás sin mover un dedo (Mt 23,4). Para las estructuras que cuidan su fachada mientras dentro hay muerte tiene una palabra exacta: "sepulcros blanqueados" (Mt 23,27). Y para quien escandaliza a los pequeños, la frase más dura que salió de su boca: más le valdría una piedra de molino al cuello (Mt 18,6).

Repárese en un detalle que lo resume todo: la piedra de molino y el setenta veces siete están en el mismo capítulo del mismo evangelio. Mateo 18. La institución cita siempre el segundo versículo y jamás el primero. Que cada cual saque sus conclusiones sobre quién edita el Evangelio y para qué.

Lo sagrado, en el Evangelio, son las personas. Cuando una estructura decide que lo sagrado es su imagen, podrá seguir llamándose religiosa, pero ha cambiado de religión: ya no adora a Dios; se adora a sí misma.

Devolver el perdón a su dueño

El perdón es un tesoro. Por eso lo robaron. Convertido en obligación, en examen y en cortina de humo, lleva siglos sirviendo para someter conciencias, acallar víctimas y blanquear atrocidades. Repensarlo no es rebajarlo: es rescatarlo.

Repensar el perdón significa tres devoluciones. Devolverlo a su dueña: solo la víctima puede perdonar, cuando ella quiera y si ella quiere. Devolver el delito a la justicia: lo que es delito se denuncia, se investiga y se juzga, y ningún rito lo sustituye. Devolver a la comunidad su tarea verdadera, que nunca fue preguntar por el perdón sino algo más humilde y más exigente: creer a la víctima, nombrar el delito como delito, colaborar con la justicia y decir la verdad aunque duela, y sostener al herido todo el tiempo que haga falta, sin ponerle plazos ni deberes espirituales. Ser refugio, no guarida.

La única pregunta legítima ante alguien que carga con un peso que otro le puso encima no es "¿ya has perdonado?". Es la pregunta de quien se acerca de verdad: "¿Quieres que te ayude a llevarlo?" Todo lo demás —el calendario del perdón, la contabilidad del rencor, el examen de la rabia, las ceremonias que el ofensor organiza para perdonarse a sí mismo— pertenece a los que atan fardos. Y a esos, el Evangelio ya les dijo lo que tenía que decirles.

fandosrj@gmail.com

lunes, 21 de septiembre de 2026

De falsos méritos del Camino (y III)

 


Una parte de artículo del señor Elorriaga en la Revista de Espiritualidad N.º 184-185, vol. 46, 1987 se dedica a describir las etapas y pasos del Camino.

No da ninguna explicación -para mí es injustificable- sobre por qué los no-miembros ya bautizados, que son casi todos, a quienes se les ha prometido un nuevo catecumenado para redescubrir su bautismo, han de pasar por una etapa -no precisamente breve, sino de varios años- en la que ni tan siquiera son neocatecúmenos, es decir, ni tan siquiera están en un neocatecumenado sino en… ¿en qué? ¿en una etapa muy larga de sesiones de alienación?

Yo lo recuerdo así, en mi memoria fue una etapa en la que intentaron convencerme de que toda mi vida pasada, toda mi historia, había sido negativa, dolorosa y sobre todo, había carecido de Dios, se esforzaron en hacerme pensar que yo había vivido siempre esclavizada por los afectos y el dinero, que no conocía a Dios, no lo había conocido nunca jamás hasta que llegaron ellos con su “verbo divino” ante el cual debía confesar mi cruz para que a través de la obediencia a ellos se volviese gloriosa.

«En este tiempo se parte de la convicción de que el hombre vive siempre esclavizado por una deteriorada vivencia e interpretación de sus relaciones con el mundo afectivo, la realidad del trabajo y la fuerza que para él representa el dinero. El conjunto de todo esto debe empezar a ser sanado para que el aspirante a [neo]catecúmeno esté en condiciones, si da el paso al [neo]catecumenado, de practicar más estrechamente el seguimiento de Cristo. La catequesis que se recibe insiste en este tiempo en la importancia de la cruz como fuente de vida. La cruz se percibe como algo que siempre está presente de forma muy específica en la vida de cada uno».

Lo de la “forma muy específica en la vida de cada uno” es un eufemismo para hacer referencia a los hechos concretos que se exigirán a todos y cada uno de los no-miembros en todos y cada uno de los escruticidios. Y es interesante que tanto el primero como el segundo escruticidio se llevan a cabo ANTES de admitir al no-miembro en el neocatecumenado. Los escrutinios de la Iglesia son parte del catecumenado de adultos, los del CNC, no. La Iglesia pone las condiciones morales a los catecúmenos, el CNC, que presumía de no poner requisitos morales previos a quienes acuden a las kikotesis, los pone para entrar en el neocatecumenado. ¿Por qué? Porque tienen que medir el grado de kikotización adquirida antes de abrir el paso a imposiciones todavía más gordas.

Esa kikotización es lo que el autor describe así: «el individuo comienza a descender hacia lo que puede llamarse realmente la kénosis de cada vida cristiana. El segundo escrutinio cierra la etapa examinando lo que Dios ha hecho en cada uno».

Insisto, no se trata de examinar lo que Dios ha hecho, que normalmente solo incumbe al interesado, se trata de medir la kikotización de cada uno, solo a los bien kikotizados se les abre la puerta.

Ahora, traspasada la puerta de los segundos, el autor describe lo que según él es el neocatecumenado.

Iniciación a la oración.

 «Cuando los miembros de las comunidades neocatecumenales tienen ya un conocimiento más objetivo de sí mismos comienza la tarea más honda de que Dios penetre más auténticamente en la propia vida y la transforme. Quienes conocen ya de modo más realista su propia personalidad, con sus posibilidades y sus límites, y tienen siempre presente en sus vidas la fuerza de la cruz, saben que necesitan clamar cada día al Dios que quiere venir siempre en su auxilio. Los neocatecúmenos se han dirigido ya en muchas ocasiones a Dios, desde el principio del camino, probablemente con mucha mayor fuerza y entrega de lo que nunca antes lo habían hecho. Sin embargo, necesitan hacer la experiencia de que la oración es un don de Dios, y por ello ahora la Iglesia, por medio de los catequistas, se la «entrega», abriéndoles el sentido de los Salmos y entregándoles la Liturgia de las horas».

No es fácil justificar este paso cuando los receptores son bautizados que ya tuvieron la iniciación a la oración en su momento; tampoco es justificable que, en el caso de no bautizados, se pierda el tiempo durante años antes de proceder a la iniciación a la oración. Es, por ello, necesario pretender que es que antes no rezaban bien, ahora merced a la meticulosa kikotización recibida -enmascarada como mayor y mejor conocimiento de sí mismos-, ya están en condiciones de rezar como diosito quiere -gracias a la intevención magikika de los kikotistas-.

Traditio.

«Más tarde, siempre sostenidos por la oración, se hace entrega del Credo a los catecúmenos (la antigua traditio symboli) para que verifiquen en su vida si realmente creen».

El Credo es el compendio teológico por antonomasia. Dudo que nadie pueda “verificar en su vida” si cree en la Trinidad, porque Dios no se puede abarcar en la vida de nadie, pero lo que en realidad significa tan pintoresca descripción es que, de nuevo, se exigirán hechos concretos y pruebas de kikotización adquirida sin las cuales el neocatecúmeno no es autorizado a dar el siguiente paso.

Redditio.

«Tiempo después será examinada la actitud de fe, tras lo cual, de manera pública, se devuelve la fe (redditio symboli), profesando el Credo ante quien quiera escucharlo. La publicidad de esta confesión de fe culmina, por otra parte, en una procesión que se organiza un Domingo de Ramos y que acaba en la Eucaristía de ese día».

Como saben los que han vivido este paso, no se trata de profesar el Credo, de lo que va la publicidad que el autor reconoce es de que el amaestrado neocatecúmeno cuente su vida según el patrón dado por los kikotistas. Por ejemplo, si es hijo de familia numerosa no debe olvidar mencionar que debe su vida al CNC; si es adúltero ha de decir que ha visto que Dios le ama pecador y que la comunidad sostiene su matrimonio, etc. Siempre con cantidad de hechos concretos, lo de menos es el recitado del Credo, da igual si no se lo sabe.

De los siguientes pasos apenas se hace mención, quizá porque el autor va de oídas. 

Padre Nuestro.

«Tras la devolución del Credo, más tarde los neocatecúmenos serán introducidos a la intimidad del Padrenuestro».

De nuevo es injustificable que bautizados que han profesado el Credo tras "demostrar" que lo han vivido tengan que esperar unos añitos para “ser introducidos a la intimidad del Padrenuesto”. Y como no tiene justificación, el autor pasa de puntillas por el asunto, por supuesto no va a contar -quizá no lo sabía- que es aquí cuando Kiko y sus loros descubren a los neocatecúmenos que todos ellos son hijos del demonio, no de Dios, del demonio. 

Así que o fue falsa la profesión de fe de esta gente o es mentira lo que se les kuenta ahora. 

Elección.

«Un nuevo escrutinio les conducirá hacia la electio, la elección de quienes se encuentren maduros para renovar el compromiso bautismal que la Iglesia contrajo por ellos cuando eran niños. El objetivo de todo el camino ha sido llegar a una madurez cristiana».

Un nuevo escruticidio que es una nueva intromisión en la privacidad y el fuero interno de los neocatecúmenos les conduce a recibir, o no, una túnica de lino que es signo externo de su kikotización, no de su madurez cristiana, más bien al contrario, quien adquiere madurez cristiana abandona el kikismo.

Y esto es todo.