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El maestro Ciruela... |
La vida de
Francisco José Gómez de Argüello Wirtz, más conocido como Kiko
Argüello, tiene tal cantidad de acontecimientos extraordinarios, algunos de los cuales de índole sobrehumana, en
los que resulta difícil discernir qué ocurrió de verdad y qué
fue/ es fruto de su imaginación.
¿A caso sería verdad que la Virgen
pidió a Kiko “hacer comunidades como la Sagrada Familia de
Nazaret”?
Ocurriera realmente o solo en la
imaginación del propio Kiko, en esta ocasión Crux Sancta les trae
un breve relato escrito por el mismísimo bi-doctor honoris causa en
Sacrae Theologiae, del cual presuponemos que se trata de ficción.
El presente extracto del evangelio de los miserables (Argüello, 1967) se puede encontrar
en las páginas 43 a 54 del original manuscrito por el propio
artista.
Sin más, les dejamos con la apasionante lectura de una narración que, salvo sorpresa, no pasará a los anales literarios. Otra cosa es lo que pueda opinar De Juana.
Catorce de Diciembre, aquel hombre
estaba muerto…
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Ilustración original de Kiko Argüello |
Catorce de Diciembre, aquel hombre
estaba muerto. Avisada la policía, pronto vino la furgoneta gris de
la funeraria que lo cargó en un féretro negro y lo llevó al
depósito de cadáveres.
Una mancha de sangre oscura quedó
sobre el suelo gris de la calle aquella; los últimos curiosos se
fueron y las tiendas comenzaron a abrir. Eran las ocho y cuarto de la
mañana en el barrio de Argüelles de la ciudad de Madrid.
¿Quién era?
Nadie sabía nada; se le había visto,
borracho perdido, en el bar de la esquina la noche anterior.
-¿Murió solo?, ¿murió de frio? ¿De
una angina de pecho?- Qué más da.
-¿Qué desea usted señora; patatas…
cuántas?
Hace cuarenta y tres años en una calle
estrecha, de mucho ruido y con muchos bares, había un niñito, de
doce meses y medio, que dormía en la cuna del pasillo mientras en la
alcoba grande su madre hacia el amor vendiendo su cuerpo, con un
señor con bigote que reía estrepitosamente, enseñando sus dientes
de oro. Aquel niño molestaba poco; dormía de un tirón, casi nunca
se despertaba. A aquel niño se le dormía con vino.
Su niñez la pasó en un colegio del
que se escapó pasando su adolescencia con su madre en el barrio
chino de Barcelona.
Como tantos chicos sacaba [el dinero]
para ir al cine y a los billares, de los invertidos dejándose hacer
cuatro guarrerías.
Fue chulo [proxeneta] de tres mujeres
de la vida, estuvo 28 veces en la cárcel, por asuntos varios y toda
su vida fue un borracho.
Amaba con delirio a los animales;
posiblemente proyectase en ellos toda la falta de cariño que acusaba
su carácter.
Recibió 13 palizas y 2 de ellas graves
por no querer delatar a otros.
Robó para poder vivir, dado que su
tara alcohólica no le permitía durar mucho en ningún trabajo
máxime su contestura síquica no estaba formada en la sujeción.
Amó a una mujer con locura y por ella
fue dos veces a la cárcel.
No conoció nunca la doblez ni la
hipocresía ni con él mismo ni con los de su condición; si sabía
de engaños y mentiras frente a la sociedad por la que siempre se vio
rechazado y sobre todo hacia la fuerza pública, de otra manera no
hubiera podido sobrevivir.
A Dios lo conoció en el correccional
cuando tenía 14 años. De Él sabía que había hecho las leyes por
las que se regía la sociedad, y que había creado el mundo.
Siempre tuvo envidia de los casados que
vivían en buenas casas e iban a misa. Y hubiera dado su mano derecha
por poder trabajar y poseer lo que ellos tenían, no sabía cómo se
conseguía pues él no lograba dejar de beber y necesitaba ir con
mujeres pues si no, no soportaba la soledad que le sumía. Deseó
siempre tener mucho dinero; pensaba que le amarían más y se le
quitaría el miedo.
Se le murió un hijo de bronquitis
capilar y penetró en una iglesia por vez primera. Estuvo media hora
mirando un sagrado corazón de barba retocada y entre muchas lágrimas
pidió perdón; muchas veces pidió perdón; él era un ser
despreciable, borracho, jugador, ladrón, mujeriego, tantas veces se
lo habían repetido…
Su hijito se había muerto y le dolía
desde entonces la boca del estómago.
No sabía porque se encontraba ahora
llorando en aquella iglesia y pidiendo perdón. Se quiso confesar y
aquel cura viejo, dando grandes voces, le llamó borracho.
Nunca conoció el amor de Jesucristo y
murió en una calle de no sé qué barrio de Madrid.
En su tumba, la fosa común, alguien ha
dejado enterrada una piedra con una inscripción que dice:
“Bienaventurados los pobres.”
FIN