A lo largo de los años he presenciado y asistido a unos cuantos funerales y entierros de neocatecúmenos.
Ha habido un poco de todo, desde entierros de tapadillo de los que apenas se enteraba más que la familia, hasta algún otro al que se invitaba a acudir a todas las comunidades y con tantas guitarras y niños como fuera posible.
De los primeros recuerdo el caso de un esposo y padre de cuatro hijos. La esposa y dos de los hijos caminaban, pero él enfermó de alzhéimer años antes de fallecer y, obviamente, la enfermedad le incapacitó para participar en la comunidad en sus últimos años. Más aún, dado que los hijos se habían independizado y la carga del cuidado del enfermo recaía sobre la esposa, esta decidió internarlo en un asilo.
Tal como suena. Por más que en el CNC se asegure que ellos no fornican, ni se drogan, ni ven pornografía, ni dejan a sus ancianos en asilos, la obstinada realidad se encarga de demostrar que engañan.
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Lo importante no son las vidas humanas truncadas |
El caso es que este esposo y padre pasó sus últimos tiempos en un asilo y, cuando falleció, de su muerte se enteró la familia. Fue enterrado o incinerado de tapadillo, sin algarada de cantos en el tanatorio ni en el cementerio.
No es lo usual. Lo típico es que se avise a la comunidad para que los amorosos hermanos hagan acto de presencia junto a la familia y, de ser posible, se organice una misa funeral. Es decir, el impacto por la muerte de un neocatecúmeno, en general, se reduce a la familia y la propia comunidad. No suele ir mucho más allá.
Salvo cuando el muerto sea un kikotista. En estos casos, se pasa cadena a todas las comunidades llevadas por dicho kikotista, pues todas ellas están “invitadas” a participar en la celebración de su “paso al Padre”.
La única vez que puedo recordar que se organizase una algarada que afectó a todas las comunidades sin que el finado fuera kikotista sucedió porque se trataba del corresponsable de la primera comunidad, que además era amigo personal del kikotista responsable de las komunidades de la parroquia.
Sucedió a principios del verano. Se había
organizado una kikogrinación de jóvenes neocatecúmenos a cargo de los
kikotistas. Fue hace mucho tiempo, todavía no se había inventado lo de las “scrutatio”
de los viernes para juntar a jóvenes, pero en verano se organizaba una excursión
de confraternización o algo por el estilo. Lo he olvidado.
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Puede que no sea una "celebración funeraria" o puede que sí. No estoy segura |
A media tarde llegó la noticia de la muerte de este hombre -fue uno de esos hermanos a quienes diosito envió un cáncer para su konversión- y nos volvimos a Madrid. Llegamos directos a la misa funeral, con nuestras ropas de excursionistas veraniegos.
De ese funeral no olvido tres cosas.
Una de ellas es la llegada del hijo primogénito del finado. Llegó tarde, con la celebración ya iniciada -y eso que no empezó hasta que llegamos los que veníamos en autobús desde no recuerdo dónde-. El pobre joven traía el rostro descompuesto, expresión de profundo dolor y los ojos rojos de llanto. Este hijo era el más rebelde de los siete. Nunca había querido entrar en el CNC, caminó a trancas y a broncas con sus padres hasta la mayoría de edad y ese mismo día dijo que se acabó para siempre.
Pero regresó para el funeral de su padre. Pálido, tembloroso, al borde de las lágrimas todo el rato, pero allí estuvo, aguantando el tipo junto a su madre y sus hermanos.
Por supuesto, los fanáticos adictos a la kikotina no dejaron de hacerle saber que fallaría a su padre y lo decepcionaría si su soberbia le impedía regresar a la comunidad, porque para todos ellos era evidente que para honrar a su padre solo había un camino posible: el retorno a la comunidad con el rabito entre las piernas, pidiendo perdón a todos y comprometiéndose a no volver a fallar con el trípode y todo lo que el CNC requiriere de él.
Y durante un tiempo, mientras el pobre joven pasaba el duelo por la muerte de su padre, la manipulación coló y él buscó consuelo en la comunidad de la que había renegado años antes. Por supuesto, el retorno del hijo pródigo se vendió como un milagro propiciado por su difunto padre. Pero sucedió que duró menos de tres meses. Cuando el dolor cedió y pudo razonar, el hijo se marchó y esta vez fue para siempre.
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La palma se da a quienes han superado el paso de la Reditio |
La segunda cosa que recuerdo de esa celebración fue la tremenda alienación de la neo viuda.
Ella fue quien llevó todos los cantos. Una y otra vez salió al atril, guitarra en mano, ojos secos, calma aparente, voz potente, a decir que todo era maravilloso, que la muerte es lo mejor, que su marido había resucitado, que cuidaba de la familia desde el cielo y tal y tal, como es cuasi obligado en el Camino en una situación semejante.
No la juzgo por ello. Los primeros días tras un deceso todavía no se te ha caído el mundo encima, todavía estás asimilando la situación, todavía tienes a los parientes y amigos a tu lado, confortándote y dándote ánimos. Pero cuando te quedas sola, cuando buscas a tu alrededor al que se ha ido y caes en la cuenta de que no lo vas a volver a ver, que ya no está, cuando ves su sitio en el sofá, su silla alrededor de la mesa, su lugar en tu cama… Cuando asimilas las consecuencias de su muerte, se produce el duelo.
Y es algo humano y necesario. Y retrasarlo o negarlo no ayuda en nada.
Cuando esta mujer cedió al duelo ya no había comunidad ni parientes a su lado para sostenerla, todos habían vuelto a sus vidas cotidianas. Y no solo su hijo se apartó del Camino para siempre, también ella, la que cantaba y bendecía en el funeral de su marido, lo dejó.
Lo tercero que recuerdo de esa tarde noche de verano, de ese funeral fue la mirada de disgusto de la neo viuda hacia el vástago que llegaba tarde. Me impresionó su dureza, su falta de empatía, su incapacidad para pasar al otro. Su hijo desfallecía de dolor y ella lo miraba con expresión de “Ya era hora de que te dignases a aparecer”, como si lo importante fuese el qué dirán de los que allí estábamos, el espectáculo, la apariencia, la pretensión de que aquello era una fiesta de resurrección y ellos los actores principales que no podían fallar en su papel.
Un papelón, diría yo.
Sin duda ella se atuvo al guion y fue la perfecta viuda neocatecumenal y fue muy alabada por todos por su fortaleza. Pero a mí quien me conmovió fue el hijo, porque frente a la máscara de los demás, él llevaba su dolor pintado en la cara, a la vista de todos.