miércoles, 25 de marzo de 2026

Señales de sectarismo

 


Se suele pensar que grupo sectario solo es aquel que sostiene herejías enormes, por ejemplo, que no hay sacrificio que valga en la Eucaristía porque solo es el memorial de un suceso acontecido hace un par de milenios.

No es así. Hay grupos sectarios heréticos, otros son sectarios porque retuercen y distorsionan la verdadera doctrina de la Iglesia y hay grupos que caen en ambos vicios, la herejía y la deformación de la doctrina.

Todos ellos son sectarios, incluso si parasitan las parroquias y alardean de un cristianismo de categoría superior que “no es para todos”. 

Primera señal de alarma: el verdadero cristianismo sí es para todos. Cristo vino para todos los hijos de Adán, murió por todos y su resurrección es para todos.

Segunda línea roja: la distorsión de la verdadera doctrina cristiana, que custodia la Iglesia y solo la Iglesia y que está al alcance de todos en la Biblia y el Catecismo, que no son textos esotéricos, secretos, arcanos y solo para iniciados. Por eso hay que desconfiar de quienes pretendan dar carácter normativo superior a escritos ocultos solo al alcance de algunos elegidos.

Dijo Dios a Adán que podía comer el fruto de todos los árboles del jardín del Edén, salvo del árbol que estaba en el centro, el árbol del Bien y del Mal. No dijo que no se pudiera acercar a ese árbol, no dijo que no se subiera a sus ramas, no dijo que no tocara sus hojas, ramas o incluso frutos. La única prohibición fue no comer el fruto de ese árbol.  Sin embargo, de algún modo, lo que le llegó a Eva fue que no solo no podía comer esos frutos, tampoco podía tocar el árbol so pena de muerte.

Una distorsión. La primera de todas.

Pues bien, una distorsión sectaria escondida bajo la falsa apariencia de conducta virtuosa es la presunta obligación de los neocatecúmenos, a partir de cierto paso, de rezar a diario Laudes y Vísperas, a ser posible levitando.

¿Impone la verdadera Iglesia a los seglares el rezo diario de Laudes, con lecturas y oración silenciosa y estática de quince minutos? No. ¿Impone las Vísperas? No. ¿Acaso es malo hacerlas? Claro que no. ¿Es obligatorio? No. Es igual de válido, dice san Juan Crisóstomo, rezar mientras se pasea, se cocina, se limpia el baño, se hacen las tareas propias de la condición de cada orante.

La Iglesia no impone la carga de no acercarse ni rozar el árbol, el kikismo es el que impone cargas desproporcionadas. Y lo que consigue es el efecto contrario.

En el kikismo hay obligación mensual de que cada neocatecúmeno dé cuentas públicas de su “relación con Dios y con la comunidad”, lo que significa detallar las desavenencias con los hermanos, el grado de cumplimiento de los rezos ordenados por Kiko y sus loros, y el cumplimiento del diezmo. Este “informe de situación” es preceptivo tanto en el grupo de garantes como en la convivencia mensual. Para todos y todos los meses.

¿Qué sucede? Que para evitar follones se instala la mentira en la comunidad y se dan las respuestas apropiadas, sean o no verdad. Puesto que el responsable “está obligado” por la ley intrusiva, abusiva y no escrita del kikismo a informar a los kikotistas de la marcha de la comunidad, en las convivencias siempre todos aseguran que cumplen a rajatabla los preceptos kikos de rezar lo que diga Kiko. Y lo mismo para el diezmo.

De modo que el resultado de las imprudentes e ilegítimas exigencias de Kiko es que los neocatecúmenos no solo no practiquen más y mejor la oración, al contrario, posiblemente menos y peor, porque además se vuelven asiduos a la mentira para evitarse problemas.

Por sus frutos se conoce al árbol.

Hay más señales de alerta para identificar grupos sectarios. Voy a mencionar solo otra: la invención de carismas que no son tales.

Esto es de cajón. No es carisma aquello que decide un tipo muy sensible para el que toda corrección es una persecución martirial; el carisma es una gracia especial que recibe alguien para el bien de la Iglesia, no para uso y disfrute de quien la recibe, sino para la edificación de la Iglesia. Por tanto, si no sirve a la Iglesia, no viene del Espíritu Santo, y si no viene del Espíritu Santo no es carisma.

Hecho concreto: la papanatada (palabra maravillosa que sigue sin ser reconocida por la RAE) del obispo itinerante, mejor dicho, el kikorisma del obiskiko kikinerante.

Un obispo es el delegado del Papa en un territorio, por lo común bastante extenso. El obispo es la figura visible que representa la apostolicidad de la Iglesia, él representa la unidad de la iglesia local con el sucesor de Pedro, a través de él la iglesia local es la iglesia que Cristo fundó en Pedro. En él la Iglesia es Una, Católica y Apostólica.

Por eso mismo, el obispo siempre está ligado a un territorio y siempre debe ser itinerante dentro de ese territorio encomendado. Es el pastor que va en busca de las ovejas a él confiadas, no se queda apoltronado en su sede, visita las parroquias, traba contacto con las comunidades, va de un lado a otro por la diócesis y en todos sitios predica la Buena Noticia… Esa es la misión del obispo, consolar a todos, enseñar a todos, estar para todos, corregir a quien sea preciso, regir y gobernar la diócesis con cercanía, no desde el despacho.

Pretender que un obispo itinerante es otra cosa, algo distinto del obispo metropolitano de una diócesis, es no solo errado, también es sectario. Y me atrevo a decir que es perverso, porque añade más confusión en unos tiempos convulsos en los que los obispos no destacan precisamente por su eficaz labor evangelizadora ni de gobierno.

Y encima el caso concreto de obiskiko kikinerante que se publicita en ese engendro del demonio que es internet (dice uno pésimo) es el de uno que fue dimitido por los negocios turbios y problemas que ocasionó en la desdichada diócesis a él confiada. ¡Como para fiarse!

Un obispo a quien se le ha retirado el gobierno de la diócesis carece de autoridad en esa y en cualquier otra diócesis; a los efectos prácticos, le han sido retiradas la responsabilidad y las prebendas del obispado, ha sido jubilado anticipadamente, quitado de en medio, retirado de la circulación, apartado para que no cause más problemas ni haga más daño al pueblo de Dios. 

Y como prueba de su carencia de vínculo con la diócesis que maltrató, la rapidez con que regresó a su patria y su comunidad de origen. 

Sería bueno que se quedarse calladito y dedicara el tiempo que Dios le conceda a rezar por todos, pero no, prefiere salir en fotos, siempre lo más cerca posible de su moisés de pacotilla.

«El Señor dice: “Maldito aquel que aparta de mí su corazón, que pone su confianza en los hombres y en ellos busca apoyo”» (Jr 17,5).

 

lunes, 23 de marzo de 2026

¿Dónde están los buenos pastores?

 


El Camino Neocatecumenal se aprovecha de la buena fe de la gente.

Esto es importante.

Hoy en día, gracias a internet y las redes sociales, es mucho más difícil que cualquier captado que busque información no la consiga, en abundancia. Pero hace no tanto tiempo era mucho más difícil.

Antes, cuando alguien empezaba a ver “cosas raras” o le parecía que los kikotistas decían “cosas ajenas al Cristianismo”, no tenía con qué comparar, a lo sumo podía acudir al párroco a contarle sus cuitas. Y si el párroco era afín a los kikotistas… Para qué decir más. Pero si no lo era, ¿qué podía hacer? Sabido es que los neocatecumenales ponen una cara cuando están ante autoridades eclesiales y otra totalmente distinta cuando están solos.

El párroco podría escuchar a las dos partes, sería lo más sensato, y entonces se encontraría con que de un lado solo hay un hermano, mientras que del otro lado hay un equipo de kikotistas en bloque dispuestos todos ellos a negar la verosimilitud de lo dicho por la otra parte. “Eso es como él lo ve”, “ha sido un malentendido”, “el demonio le ha engañado para que no escuche la verdad”…

Supongamos que, aun así, el párroco ve conveniente corregir la actitud, modos y maneras de los kikotistas (como la mamarrachada carmelitana de que si Dios hubiese querido que la Eucaristía se preservase se hubiese transustanciado en piedra); en tal caso, los kikotistas se habrían desecho en sonrisas y aceptaciones… para luego seguir haciendo y diciendo las mamarrachadas de siempre, porque “esto nos lo han trasmitido así nuestros kikotistas y siempre se ha hecho así en el Camino”.

Y el párroco tal vez no se enterase de la desobediencia o, de enterarse, pensaría que el problema se limitaba a los kikotistas concretos que le habían tocado a él, no que el mal fuese endémico del Camino.

Por eso, antes yo disculpaba a los pastores, pesaba que eran los primeros engañados por la falsa cara que presenta el Camino cuando hay gente mirando, pero ya no tienen excusa. Porque hoy es abrumadoramente simple, por desgracia, encontrar testimonios sobre miles de dramas provocados por el CNC a personas concretas.

Lo voy a exponer de forma tan simple que confío en que no haya mala interpretación posible.

Si un amado hermano kikotista incurre en abuso espiritual e intenta forzar el libre albedrío de un neocatecúmeno, la actitud de la víctima del abuso, mediando la gracia de Dios, ha de ser el perdón. “No te resistas al mal, hermano”. Pero no el silencio cómplice ni el olvido, puesto que es muy grave lo que ha hecho el amado kikotista y por su propio bien, por su sanación y su salvación, debe ser puesto en la verdad y corregido fraternalmente.

Posiblemente lo mejor sea que la corrección no venga del abusado, sino que este acuda a una instancia superior. Por eso, por el bien del rebaño a él confiado y por la salud espiritual del cuerpo de Cristo en la Iglesia local, la actitud del pastor tendría que ser salir a defender a la oveja apaleada, no dejarla a merced de los lobos.

Por desgracia, muchos tenemos experiencia de que advertir al obispo sobre problemas concretos que tienen lugar bajo sus narices sirve para nada.

Desconozco qué es lo que ocupa la agenda diaria de los señores obispos, no sé qué hacen para ganarse el sueldo, sé, y me apena decirlo, lo que no hacen. Encuentran tiempo para escuchar kikofonías carentes de gracia, pero no para consolar a las víctimas del Camino.

¿Dónde están los buenos pastores? ¿Dónde está el desvelo pastoral por los pequeños?

Hay en cada diócesis no una, sino cientos de quejas contra kikotistas neocatecumenales y ¿nadie mueve un dedo?

Y luego se extrañan de que cada vez haya menos vocaciones y menos cristianos practicantes. Y le echan la culpa a la sociedad, a la pérdida de valores, a los combustibles fósiles y al cambio climático. ¿No será que mucha culpa es de los malos pastores?