viernes, 9 de octubre de 2026

Sobre el matrimonio

 


Cuando yo eran joven, aceptaba la doctrina de la Iglesia sin hacerme preguntas, cuando maduré, no me resultó suficiente saber, además quise y quiero comprender. Y un asunto que siempre me ha incomodado es que la Iglesia tardó siglos en declarar Sacramento al matrimonio, históricamente era un contrato no sacramental hasta que…

El padre Pierre Moreau distingue «tres grandes etapas en la praxis de la Iglesia en relación con el matrimonio». La primera es «el matrimonio "en el Señor"». El obispo Ignacio de Antioquía, en su carta a Policarpo, invita a los cristianos a contraer la unión «de acuerdo con el obispo, para que así su matrimonio se haga según el Señor y no según la pasión». Del siglo IV al siglo XI, la bendición se expresa en la oración del padre de familia, del obispo y del sacerdote invitado a las nupcias, o en el momento de la entrega del velo a la joven esposa.

En la Edad Media, el matrimonio sale del ámbito doméstico. En los siglos IX y X, numerosos sínodos insisten para que los esposos reciban la bendición nupcial tras una investigación previa realizada por el clero, con el fin de garantizar el libre consentimiento de la mujer. El matrimonio pasa a ser público y la bendición se imparte a la puerta de la iglesia. Sólo el matrimonio rato (ratum) y consumado (consummatum) se considera indisoluble.

En Oriente, el código oficial, realizado por el emperador bizantino León VI hacia el año 900 (arranque del siglo X), fija unas disposiciones concretas relativas al matrimonio. La ley hace obligatoria y necesaria la bendición litúrgica, que los esposos reciben de un obispo o un sacerdote. En Occidente, este acto formal data de 1563 (segunda mitad del siglo XVI), cuando un decreto del concilio de Trento establece la obligación de una celebración pública (ante testigos) del matrimonio con presencia de un ministro (obispo o párroco).

Es en el Concilio de Trento cuando los eclesiásticos vienen a configurar un auténtico elenco de requisitos para otorgar validez a las uniones: el consentimiento de los contrayentes, las amonestaciones (también denominadas proclamas), la consumación, los testigos, la consignación de los datos de los desposados o la licencia episcopal correspondiente. En cambio, contar o no con la autorización de los padres de los novios no afecta a la validez formal y legal del matrimonio.

Su gran logro fue fijar el carácter sacramental de la institución, y en consecuencia la indisolubilidad del mismo y la consideración del divorcio como una herejía (incluso en caso de adulterio del cónyuge). Curiosamente, no hay ninguna condición de apretura a la vida para dar validez a la unión.

La tercera etapa, establece el padre Moreau, comienza en el siglo XVIII, cuando el amor pasa a ser condicionante para el matrimonio.

Hay que esperar aún más, hasta el siglo XX para que el Derecho Canónico introduzca la apertura a la vida como finalidad y condición necesaria del matrimonio. Es a partir de aquí que la negativa voluntaria a la procreación hace nulo lo que el adulterio -que también es incumplimiento de las promesa matrimoniales- no lo hace. Lo repito, a partir de aquí el adulterio del cónyuge, aunque sea reiterado, no hace nulo el matrimonio, sin embargo, la cerrazón a la vida sí lo hace nulo.

Sin embargo, con poca coherencia, la fórmula tradicional de compromiso entre los contrayentes se centra en la fidelidad, que según la doctrina de la Iglesia puede ser pisoteada sin dañar el Sacramento:

«Yo, [Nombre], te tomo a ti, [Nombre], como mi esposo/a, y prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y honrarte todos los días de mi vida».

Cierto que antes del consentimiento los contrayentes han tenido que responder a tres preguntas muy muy serias:

«¿Venís a contraer matrimonio sin ser coaccionados libre y voluntariamente?

¿Estáis decididos a amaros y respetaros mutuamente, siguiendo el modo de vida propio del matrimonio, durante toda la vida?

¿Estáis dispuestos a recibir de Dios responsable y amorosamente los hijos y a educarlos según la ley de Cristo y de su Iglesia?».

La tercera pregunta se refiere a la disposición responsable y amorosa de los cónyuges a recibir de Dios hijos. Esta disposición, por más que algunos no puedan entenderlo, no está reñida ni es contraria a hacer uso de los períodos infecundos de la mujer, al contrario, la castidad matrimonial es un aspecto fundamental del modo de vida propio de los casados y una gran asignatura pendiente.

Pero me interesa más la segunda parte, porque los contrayentes se comprometen a educar los hijos que reciban de Dios según la ley de Cristo y de su Iglesia.

Y aquí me parece que aquellos neocatecumenales que apoyan que mejor se muera el Papa que verse ellos integrados en las parroquias incurren en flagrante contradicción con sus votos matrimoniales. Peor todavía, porque ya concurrieron al matrimonio con el propósito de que los hijos que Dios les diera serían para el CNC, no para la Iglesia.

Esta actitud, libre y voluntaria y ejecutada sobre los hijos incluso en contra del querer de estos, ¿será causa de nulidad sacramental de su prolífico matrimonio?

 

miércoles, 7 de octubre de 2026

Padre nuestro - última parte (III)

 


Concluido el rito de la luz, como es usual viene algo que sirve de ejemplo de lo que nunca debe ser una monición a la Palabra de Dios.

«MONICIÓN A LA PROCLAMACIÓN DE LA PALABRA DE DIOS

(Kiko)

Hermanos, estáis en un momento importantísimo del Camino: la conclusión de la etapa del "Padre Nuestro"».

En la monserga kikil todo gira siempre en torno a la no-asociación, jamás en torno a las personas ni mucho menos en torno a la Iglesia, ese conjunto de religiosos de misa de 12 a los que no quiere arrimarse.

«Es el momento de hacer katekesis importantes sobre la intimidad con el Señor. Nosotros somos templo del Espíritu Santo, templo de la Santa Trinidad. Sor Isabel de la Trinidad decía: "Mis Tres"; así llamaba a la Santa Trinidad que habitaba en su espíritu. Eso es algo verdaderamente profundo y maravilloso.

En la Iglesia antigua el "Padre Nuestro" era como la corona que se entregaba a los catecúmenos hacia el final de su itinerario de gestación en la fe, cuando la nueva criatura empezaba a dar signos en su vida. ¡Porque el cristianismo es una nueva creación! Por eso dice S. Pablo, refiriéndose a los que querían un cristianismo judaizante: "nada cuenta ni la circuncisión, ni la incircuncisión, sino la creación nueva"».

En realidad, lo que se dice en Gálatas 6,15 es «en Cristo Jesús, ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino la nueva criatura», donde la importancia recae en Cristo, no en un itinerario no asociativo que entra en lo que vale nada.

«Como sabéis, hoy hay en el mundo una oleada de nacionalismos exacerbados. También en la Iglesia algunos están cayendo en el peligro de querer hacer iglesias nacionalistas, autónomas. Cuando llegamos a Barcelona para empezar el Camino, algunos nos dijeron: "¿Pero qué venís a hacer aquí? Vosotros sois castellanos, nosotros somos catalanes; ¡un castellano no puede predicar en Cataluña!" Los que piensan como ésos, dicen también: "¿El Papa? Que se esté buenecito en Roma; allí está muy bien. Aquí hay una realidad muy distinta de la de Roma: aquí estamos en Brasil, o en la India, o en el Congo, o en Madrid, o en Milán, o en Londres. ¡Aquí decidimos nosotros, que somos los que conocemos la realidad!"».

Talmente lo que pretenden los kikotistas: “el párroco que se dedique a sus cositas de religiosos de misa de 12 y sus caridades, que aquí los que sabemos la ruta y el itinerario hacia la fe adulta somos los loros de Kiko”.

«Así, algunos están negando la catolicidad y el mandamiento del Señor que dijo: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, en todo el mundo, en todas las naciones". Me imagino que, según los que tienen esa mentalidad nacionalista, S. Pablo tenía que haberse quedado evangelizando en su casa, en Tarso, y no tenía que haber ido a Roma; y lo mismo S. Francisco Javier, por ejemplo; porque ¿qué hace un español en la India o en Japón?».

Lo que yo me imagino es que la catolicidad no está reñida con la inculturación y el respeto a la cultura local, cosa que el kikismo jamás ha entendido ni practicado.

«El cristianismo es una nueva creación. En ese sentido ya no hay negro ni blanco, ni hay ya italiano ni español, etc. Por eso dice S. Pablo: "todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús"».

Lo precedente es retorcer la verdad. Una explicación de lo obvio: la afirmación de que ya no hay judío ni griego; esclavo ni libre; hombre ni mujer no se refiere a que ya no hay razas ni nacionalidades ni posición social ni roles de género, de lo contrario se acabó la kikada del cabeza de familia y la reina de la casa, ¿no? La expresión se refiere a que la condición de la salvación es exactamente la misma para el griego y para el judío, para el esclavo y para el libre, para el hombre y la mujer. Pero no deja de haber italianos y españoles, y también colombianos y peruanos, etc. Y el kikismo abusa de poner a italianos y españoles por encima de los neohermanos de cualquier otra nacionalidad.

«El cristiano es una nueva creación, es un ciudadano del cielo. Vive aquí, en la tierra, como un extranjero, como un parroquiano, como un "pároikos". La palabra "parroquia" viene del vocablo griego "paroikia", que significa peregrinación, exilio. ¡Somos extraños al mundo, somos parroquianos, somos extranjeros para el mundo!».

Como ya expliqué en otra ocasión, pues Kiko es muy repetitivo, la traducción correcta de ese vocablo griego es vecino, aunque se emplease después para señalar a los extranjeros, no a los exiliados, que es otra cosa.

«Esto no es una espiritualidad de elite; esto es la espiritualidad cristiana. ¡El Camino Neocatecumenal es un itinerario de iniciación cristiana para redescubrir el bautismo, no para llegar al "kikianismo"!».

Falso. El matrimonio espirikikual, por ejemplo, es puro kikianismo y elitismo.

«El Camino es un instrumento al servicio de las parroquias que buscan un itinerario de iniciación cristiana postbautismal para adultos. Vivir el cristianismo seriamente es vivir una nueva creación. ¿Y en qué consiste esa nueva creación? ¡En ser hijos de Dios!».

El esclavo no es hijo, y los kikos permanecen de por vida sometidos a los loros, sin llegar a puerto.

«En esta conclusión de la etapa del "Padre Nuestro", reviviréis profundamente algo tan importante como esto: somos verdaderamente hijos de Dios por la gracia santificante, de modo que podemos llamar a Dios "¡Abba!", palabra aramea que significa "¡Papá!, ¡Padre!".

Este grito: "¡Abbá!", no viene de nosotros sino del Espíritu Santo que grita con gemidos inefables el amor del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. El Padre le dice al Hijo: "¡Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy!". Y dice el Evangelio: "Jesús, dando un fuerte grito, dijo: 'Abbá, Padre, en tus manos pongo mi espíritu' y, dicho esto, expiró". Por eso el Evangelio dice también: "Al ver el centurión, que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: 'Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios'"».

De forma intencionada o por ignorancia, Kiko mezcla evangelios e inventa relaciones causas-efecto. Tanto en el Evangelio de Mateo como en el de Marcos se dice que Cristo dio una voz y expiró, y justo a continuación se añade que en ese momento el velo del templo se rajó de arriba abajo, se abrieron tumbas y muchos muertos resucitaron y entraron a la ciudad. Y ello provocó que el centurión reconociera al muerto como Hijo de Dios.

Mal está que uno que se las da, sin serlo, de catequista, confunda a la audiencia con falsificaciones de los evangelios, y aún peor que a su lado esté un pésimo cura que no sea capaz de corregirlo.

Aquí Kiko mete una pausa publicitaria que dejo para otra ocasión.

 

lunes, 5 de octubre de 2026

Diseño "liturgikiko"

 


En esta ocasión, un artículo tomado de aquí.

Por crecer en el Camino Neocatecumenal, me vi inmerso en una narrativa específica y rígida que definía la asamblea de los fieles como el único templo verdadero del Espíritu Santo. La teología del Camino se fundamenta en el rechazo de lo que denominan «religiosidad natural», un concepto que consideran una intrusión del paganismo en la fe cristiana.

Para ellos, el desarrollo de altares de piedra, arquitectura sagrada y templos permanentes representaba una ruptura con la iglesia primitiva e itinerante de los primeros siglos. Nos enseñaron que los primeros cristianos celebraban una liturgia sencilla alrededor de una simple mesa (la mesa de la cocina, por ejemplo, una mesa no dedicada, sino multiuso), imitando la Última Cena, y que el uso de alfombras en los salones neocatecumenales era un signo deliberado de un pueblo peregrino que no poseía un lugar estable en la tierra, algo así como que la alfombra representa la tienda que se monta y se desmonta y se lleva de un lado a otro.

En el hecho de prescindir de los elementos arquitectónicos tradicionales de la Iglesia Católica, los neocatecumenales afirmaban restaurar un culto auténtico, preconstantiniano, que favorecía la contemplación espontánea y la experiencia comunitaria, un culto superior al de las "piedras muertas" del "sacrificio" pagano de la sociedad romana del siglo IV.

Sin embargo, a medida que el Camino se expandía y aumentaba sus recursos financieros, presencié una profunda contradicción entre esta teología declarada y su práctica real, la famosa praxis. A pesar de que de boca persiste la insistencia en que la asamblea es el único templo y que los espacios sagrados permanentes son anticristianos, en cuanto contó con medios para ello el Camino se apresuró a establecer sus propios catecumeniums permanentes y centros "domus".

Estas estructuras no son los espacios temporales y neutrales que su teología sugería. Se trata, en cambio, de octógonos brutalistas-modernistas muy específicos, diseñados con panorámica 360 grados, con una enorme mesa de piedra en el centro y filas de asientos tipo anfiteatro más propios de un centro de espectáculos que de un lugar de culto cristiano, puesto que carecen de reclinatorios. Cada pared está decorada con vidrieras e iconos al inconfundible estilo basto de su iniciador, Kiko Argüello.

Este giro hacia la construcción de elaborados espacios sagrados permanentes revela la inherente falta de sinceridad de la crítica neocatecumenal a la «religiosidad natural». Si realmente creyeran que los altares de piedra y los templos profusamente decorados son contrarios al Evangelio, se habrían mantenido en las sencillas salas multifuncionales que defendieron al principio.

Esta contradicción no solo sirve como hecho concreto de la falta de coherencia del Camino, también ofrece una perspectiva lógica para comprender la historia de la Iglesia. El Camino Neocatecumenal arguye que, al obtener su reconocimiento legal, la Iglesia primitiva fue reprimida por la imposición de la «religiosidad natural» y el paganismo romano de los neófitos. Sin embargo, la propia conducta del Camino sugiere lo contrario.

En cuanto recibieron el permiso y los recursos económicos, los cristianos de aquel tiempo construyeron templos que se ajustaban perfectamente a su teología específica. Si la Iglesia primitiva hubiera practicado una liturgia en torno a una mesa comunitaria circular, cabría esperar que esa teología se reflejara en el registro arqueológico de la época en que los cristianos tuvieron libertad para construir. Si el modelo «primitivo» hubiera sido un círculo, las primeras grandes iglesias del siglo IV se habrían construido como anfiteatros o comedores circulares.

Pero al examinar las reliquias históricas y las ruinas más antiguas de la arquitectura cristiana, no aparecen iglesias circulares. En cambio, encontramos la basílica: un edificio lineal y direccional que orienta a la asamblea hacia un altar y un Oriente sagrado.

Por lo tanto, esta ausencia histórica confirma que la liturgia "primitiva" del CNC es una invención moderna, no una restauración. Los primeros cristianos no construían iglesias circulares porque su teología no se centraba en el círculo cerrado de la comunidad, sino en el sacrificio del altar y la espera del regreso de Cristo.

El hecho de que un movimiento que se declara tan ideológicamente opuesto a los "templos" finalmente sucumbiera a la necesidad humana de construirlos demuestra que el giro hacia la arquitectura sagrada en la Iglesia primitiva no fue una corrupción pagana, sino una expresión natural y auténtica de la fe, que el Camino Neocatecumenal no ha sido capaz de "descubrir".