sábado, 18 de abril de 2026

La alegría perfecta

 



Un neocatecúmeno asiduo lector del blog ha enviado lo siguiente, muy adecuado para afear la conducta de aquellos hermanos que, si pudieran, llenarían el blog de comentarios injuriosos, maliciosos y mentirosos. A ellos va dedicada esta entrada, a ver si alguno toma nota de que en lugar de dar patadas al aguijón debería estar agradecido al blog y plantearse qué le quiere decir Dios con lo que aquí encuentra (que no son palos sino hechos concretos), pues de lo contrario seguirá triste y amargado, sin entender que en el kikismo no hay alegría perfecta.


     «Iba una vez San Francisco con el hermano León de Perusa a Santa María de los Ángeles en tiempo de invierno … El hermano León le preguntó: Padre, te pido, de parte de Dios, que me digas en que está la alegría perfecta.

Y San Francisco le respondió: Cuando lleguemos a Santa María de los Ángeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del lugar y llega malhumorado el portero y grita: «¿Quiénes sois vosotros?». Y nosotros le decimos: «Somos dos de vuestros hermanos». Y él dice: «¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!». Y no nos abre y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche.

Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh, hermano León!, que aquí hay alegría perfecta.

Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa, entre insultos y golpes, como a indeseables importunos, diciendo: «¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables; id al hospital, porque aquí no hay comida ni hospedaje para vosotros!». Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh, hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta.

Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él más enfurecido dice: «¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido». Y sale fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh, hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta.

Y ahora escucha la conclusión, hermano León: en todos los dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son nuestros, sino de Dios; por eso dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido de Él, ¿por qué te glorías como si lo tuvieras de ti mismo? (1 Cor 4,7). Pero en la cruz de la tribulación y de la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro; por lo cual dice el Apóstol: No me quiero gloriar sino en la cruz de Cristo (Gál 6,14)» (de las Florecillas de san Francisco).

 

jueves, 16 de abril de 2026

Padre nuestro - parte 2 (XXXV)

 


Terminada la octava de Pascua retomo el mamotreto del Padre nuestro en el que, tras las larguísimas laudes del domingo, se pasa la bolsa las veces que haga falta. Hay que tener en cuenta que Kiko nunca echa nada de estas bolsas, al contrario, solo saca. Y sucede que tiene que sacar bastante para poder dar nunca menos de cincuenta euros diarios al pobre de la puerta de la Iglesia a la que dice que acude a ¡misa! (¡a la misa de los religiosos naturales! de la que se escandaliza tanto que prefiere que se muera el Papa a que los neohermanos tengan que vivirlas).

Y tras en oneroso paso de la bolsa, solo queda lo que el mamotreto llama “palabras conclusivas” de Kiko. Es decir, otra tanda de consignas para inducir a los captados que acaban de rascarse el bolsillo a creerse especiales, elegidos para la gloria pese a ser los últimos y peores de todos, pero solo en tanto que se mantengan sometidos al gran gurú, el único que sabe lo que diosito quiere de cada hermano.


Hermanos, todos nosotros [los demás… casi seguro que no, pero ellos sí] hemos sido elegidos por Dios, antes de la creación del mundo, para ser sus hijos, hijos de Dios. ¡En el Bautismo ha sido sembrada en nosotros la vida divina! Pero la vida divina no actúa en nosotros mágicamente, o sea, no actúa sin nosotros, sin nuestra libertad. En este momento de vuestro camino de redescubrimiento del Bautismo tenéis que redescubrir y acoger la adopción de hijos de Dios que hay en vosotros. ¡Tenéis que descubrir que no basta ser hijos de Dios, sino que hace falta vivir como hijos de Dios! ¡Si sigues respondiendo a escupitajo con escupitajo, a insulto con insulto, amigo mío, no vives en absoluto como hijo de Dios!

Pero si eres el que escupe al otro, el que insulta al otro, tranquilo, si eres ese, diosito te quiere como eres, pecador. A quien no soporta es a tu víctima, a esa víctima que en lugar de callar te denuncia y dice que eres quien no vive como hijo de Dios.

¡Vive como hijo de Dios el que sigue las huellas de Jesucristo, Hijo Unigénito del Padre! El que, al ser insultado, no respondía con insultos.

Vive como hijo de Dios el que hace la voluntad de Dios: cargar con la injusticia, obedecer a los patrones injustos, no ponerle pleito a nadie, aceptar la humillación, estar abierto a la vida; etc. ¡Hermanos, ser hijos de Dios es un honor inmenso! Por eso no basta decir: "¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!", y luego…

Y luego vas y te conformas con una comunidad de seguidores de Kiko.

El que daña, el que insulta, el que escupe a otro ¿acaso hace la voluntad de diosito para que Kiko nunca tenga nada que corregirle? Sé que no hace la voluntad de Dios y sé también que los kikotistas, que son loros de imitación de Kiko, dañan, insultan y escupen a otros… Hijos de su padre son.

Ánimo, hermanos. Acabamos esta convivencia haciendo un canto a la Virgen María.

Y ya está. Se acabó la convivencia en la que los captados han sido bombardeados con consignas anticristianas de defensa del abusador y culpabilización de la víctima, y se cita a las comunidades para otra reunión en la que preguntarles, sin mucho ahínco, sobre lo que hayan hablado en garantes, por si hay algo jugoso que rascar. Y posteriormente habrá otra reunión más para “anunciarles” el periplo por Loreto y Roma, es decir, para que se preparen de nuevo a pagar caprichitos kikiles.

Pero lo dejo para otra entrada.

 

martes, 14 de abril de 2026

Tomás, uno de los Doce

 


Como es lógico, el domingo pasado, segundo domingo de Pascua, se proclamó el Evangelio de una de las apariciones de Jesús resucitado a sus amigos. En concreto, se mencionó que era el anochecer del primer día de la semana y que “los discípulos” estaban en una casa “con las puertas cerradas por miedo a los judíos”, pero Tomás, “uno de los Doce”, no estaba con ellos.

La actitud de Tomás es desgarradoramente coherente.

En las comunidades, incluso entre los bebedores de chupitos, se hace hincapié únicamente en “la falta de fe” de Tomás, sin plantearse nunca las poderosas razones que hay tras las condiciones que Tomás pone para creer.

Tomás había encontrado el sentido de su vida en Jesús, en el Jesús que le llamó personalmente y le invitó a unirse a sus discípulos. Tomás era leal a Jesús y a nadie más, los demás discípulos podían caerle fenomenal, podía pensar de ellos que eran unos tipos estupendos, pero él no estaba allí por ellos, no había sido seducido por el grupo de amigos, su ancla, su objetivo y su meta era Jesús, su amor y su entrega personal eran para Jesús.

Tomás es quien, cuando Jesús decide ir a Betania “a despertar a Lázaro”, zanja las reticencias de los demás apóstoles, que ven que el destino es arriesgado debido a su proximidad a Jerusalén y, por tanto, a los jefes de los sacerdotes y los fariseos que quieren matar a Jesús. Los demás discípulos intentan convencer a maestro de que se olvide del tema, por su seguridad, por supuesto, pero como Jesús insiste en ir a Betania, Tomás es el primero que prefiere correr el riesgo de caer en manos de los judíos antes que separarse de él. Su vida está en Jesús, y se pone malo ante la idea de dejarle ir y quedarse él atrás.

Esta ansia de Tomás por no separarse de Jesús vuelve a evidenciarse en la última cena, cuando Jesús dice a sus amigos que va a irse Él solo, por delante, para prepararles una estancia en la casa de Su Padre y que después, cuando todo esté dispuesto, volverá a por ellos, pero que de todos modos ellos ya saben el camino para llegar.

Y Tomás, coherente y sincero, no puede contenerse: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. Porque lo que desgarra a Tomás es que Jesús se despide, les dice a las claras que se va sin ellos, y él no quiere perderlo, no quiere permitir que se escape sin saber dónde encontrarlo de nuevo.

Este es Tomás, no es un incrédulo, es un hombre sensato que ha puesto su confianza en el Señor y en nadie más.

Por eso, cuando Jesús muere (y muerte de cruz), Tomás se va. Deja a los discípulos y se va. Lo que le unía a ellos no era el aprecio humano ni negociete alguno, era Jesús.

Pero sucede que tras la resurrección los discípulos corren a llevarle la noticia, y se encuentran con el muro de su rechazo, un rechazo que no es contra los mensajeros, sino la negativa a dejarse engañar. Tomás sabe que nunca nadie ha vuelto de la tumba, por tanto, todo apunta a que algún gracioso sin gracia, aprovechándose de tener una fisonomía parecida, ha decidido hacerse pasar por Jesús para engañar, a saber con qué propósito, a los más ingenuos.

Pues va listo.

Por eso Tomás reclama meter el dedo en el agujero de los clavos y la mano en el costado, por que a ver como se las apaña el suplantador para simular las heridas de la crucifixión y de la lanzada. Le va a desenmascarar en cuanto le vea, porque por supuesto que piensa estar presente la próxima vez, va a estar allí porque Tomás no puede permitir que ningún farsante se haga pasar por Jesús, no mientras él esté vivo para defender el nombre de Jesús.

Tomás no fue “el discípulo incrédulo”, sino un enamorado de Jesucristo.

 

Y esto, que nunca escuché en el Camino, es lo que contó el cura en la homilía del segundo domingo de Pascua.