sábado, 11 de julio de 2020

Tantos matrimonios destruidos


He recibido una misiva de un sacerdote sorprendido por la actitud adoptada por unos presuntos catequistas católicos al parecer más predispuestos a lanzar anatemas que a acoger y dar consuelo a los dañados. ¡Qué familiar me ha resultado lo que narra en su escrito!

Puede que yo no sea la persona más adecuada, pero voy a contar mi experiencia sobre otro escabroso asunto que el CNC trata de ocultar, ya que los matrimonios rotos es otro de esos hechos concretos que el Camino Neocatecumenal prefiere no ver. Porque no es que no existan matrimonios fracasados dentro del Camino, es que si los cónyuges son catecúmenos de a pie, de la noche a la mañana se encuentran con que uno de ellos o los dos -según a quien señale el nulo discernimiento del kikotista de turno como culpable o causante de la ruptura- son declarados anatema y expulsados de la comunidad, no sea que su mal sea contagioso, como la lepra.

Cuando uno de los cónyuges es pata negra o hijo de pata negra, el culpable causante de la ruptura es, con rotundidad científika, el otro, y sean cuales sean las causas del fracaso de la pareja, se le anatematiza y se le expulsa de entre los elegidos para la nada más absoluta. Y a la otro, a la parte pata negra, se le sugiere que conviene estudiar la posibilidad de una nulidad matrimonial, que en el CNC, tal vez como consecuencia de las muchas veces que los kikotistas se meten donde no deberían meterse nunca, es norma general que tal nulidad sea reconocida por la Iglesia sin reservas de ningún tipo.

He dicho y repito que la regla básica es esa: ante un matrimonio deshecho, la comunidad arropa a la parte 100 % kika y la otra parte es expulsada como basura maloliente.

Pudiera ser que la ruptura haya estado motivada por malos tratos de la parte pata negra contra la otra parte y aun así quien se verá rechazada será la parte agredida, pues sabido es que si se hubiese convertido habría aceptado con la sonrisa en los labios los agravios de su maltratador, sin intentar cambiarlo, sino reconociendo en ello la voluntad de diosito que quiere al maltratador tal y como es, sin exigirle que cambie en nada. Por tanto, clarísimo queda que la responsabilidad y la culpa del fracaso es de quien no ha aceptado someterse a la voluntad de diosito para su vida, de quien se ha escandalizado por la nimiedad de que su cónyuge sea un maltratador, sin entender que lo es porque diosito quiere que lo sea, porque nada sucede sin que sea querido por él, por diosito.

Por el contrario, el maltratador actúa conforme a los planes de diosito para su vida, por lo que nada puede reprochársele y de ninguna forma puede culpársele de la actitud prepotente e intransigente de quien no acepta continuar la convivencia con él.

¿Se entiende? Quien obra según lo que diosito permite, practica la voluntad de diosito, que es de lo que se trata y además, es de primero de kikotina que diosito ha de permitirte pecar para que no te engrías y no te creas mejor que nadie, pero que es estupendo que tú veas y reconozcas tu pecado, porque ese es el principio de la verdadera kikonversión en nadie sabe qué. Pero quien se escandaliza del pecado del otro, es porque le ha juzgado en su interior, porque se ha creído mejor que ese otro. Y eso diosito no lo tolera y ya se ocupará diosito de escarmentarle, aunque para ello tenga que enviarle un cáncer o algo peor.

En suma, quien no está en la voluntad de diosito, quien no ha entendido nada y no es kikiano ni por el forro, quien no merece tener una comunidad ni ser contado entre los elegidos es quien se ha atrevido a resistirse y poner distancia.

Esto es el kikismo.

Comprendo que para alguien que no lo conoce resulte inverosímil y que lo primero que piense sea que tiene que tratarse de exageraciones surgidas del dolor y el resquemor de alguna vieja herida, pero desgraciadamente la realidad es aún peor.

Una muestra de esa realidad que yo he vivido: el guion de una celebración penitencial está muy bien, pero en el mismo no se cuenta que, en ocasiones, durante la confesión con un presbikiko este aconseja encarecidamente acudir a los kikotistas para contarles a ellos lo que debería quedar solo entre Dios y el penitente, con el presbi de por medio obligado a callar para siempre.

He oído decir que hay presbis tan kikos que desatienden esa obligación de secreto. No puedo asegurarlo, pero si puedo narrar las “invitaciones” a contar a unos laicos cuestiones muy delicadas confiadas solo bajo secreto de confesión, como si más importante que el sacramento de la reconciliación fuese el proporcionar información a quien no dudará en usarla como vea conveniente y sin requisito de discreción que valga.

 

La misiva recibida


P.D. Muchas gracias por las oraciones.

jueves, 9 de julio de 2020

Traditio symboli (XLVIII)


En cualquier caso, Cristo quiere que la jerarquía del templo y los sacerdotes sepan lo que hace, que ellos vean, que el leproso testifique ante ellos; y le ordena que se presente a los sacerdotes y ofrezca la oblación que Dios ha mandado hacer a aquellos que han sido curados de la lepra.

La falsa interpretación de su sensibilidad se las trae. En el relato evangélico, Cristo no muestra ningún interés por manifestarse ni porque nadie testifique nada. De haber querido, podría haber acompañado al sanado ante los sacerdotes, pero no lo hace ni le da instrucciones para que hable de Él sino todo lo contrario: le pide que no diga nada, por más que Kiko desbarre y se invente lo que no es.

El Levítico, en el capítulo 14, explica lo que había que hacer cuando se curaba a un leproso: había un sistema de purificación completo con dos corderos, con una oblación; con la sangre derramada, se manchaba el lóbulo de la oreja. Había todo un ritual de curación, acción de gracias a Dios y purificación: durante siete días aún no podían entrar en el campamento.

El Levítico y la antigua alianza han quedado superados por la Nueva, por más que algunos, tal vez carentes de orejas, no lo capten.

Este leproso, a pesar de lo que Jesús le dijo, corre a anunciar la noticia en todas partes, todavía no se lo cree ni él. El Evangelio dice así: "Anunciaba la noticia", ¡el Mesías había llegado!

El Evangelio por ninguna parte señala que el curado lo reconociese como Mesías, esa es una interpretación que está fuera de lugar.

De modo que debido a esta curación y al alboroto que este leproso curado había armado, Jesús no se atrevió a acercarse a la ciudad para no ser confundido y obtener un éxito triunfal excesivo.

Otra falsedad, el relato evangélico dice que gente de todas partes acudía a Él, pese a que se quedaba en sitios apartados para evitar las aglomeraciones. Es decir, que no se ocultaba, se dejaba encontrar, porque salvo en el kikismo, Dios siempre se deja encontrar, sin necesidad de guías que solo confunden y pierden a los guiados.

Se va en silencio, sigue la misión que Dios le ha confiado, debe hacer signos precisos: hará el signo de Eliseo, hará el signo de Moisés. Todo estaba planeado, Cristo sabe qué misión debe llevar a cabo y no le interesan los falsos éxitos o triunfalismos. Está muy atento, sabe qué hacer, sabe para qué ha venido.

En cambio, uno que se cree muy sensible se deleita haciendo que otros aporreen instrumentos en lo que se cree que es una sinfonía con la que busca falsos éxitos y triunfalismo.
Ahora cantaremos el Aleluya. Acogemos a Cristo que viene, mirad, nuestro presidente actúa en figura de Cristo, su voz es la voz de Cristo, su palabra es la palabra de Cristo, no es una palabra humana. Él dejó un sacramento de su presencia en medio de los hombres también a través del sacramento del orden sacerdotal, por eso nos levantamos y lo hemos aclamado cuando entró.

La palabra del sacerdote es palabra de Cristo solo si se mantiene unido a la cabeza, si prefiere perderse por las nieblas del kikismo, no funciona.

Canto del aleluya

Evangelio: Mc 1, 40-45

Invitación a las resonancias (Kiko)

Bueno, hermanos, este Evangelio se está cumpliendo hoy entre nosotros. Antes de la homilía, antes del ministerio homilético de la Iglesia, si algún presbítero o alguno de vosotros quiere decir qué le ha inspirado esta Palabra, qué le sugiere el Espíritu Santo, qué eco encuentra esta Palabra en vosotros, puede hablar brevemente: es decir, cómo se cumple esta Palabra en ti hoy.

En resumidas cuentas: que le place al sensible que los demás asuman el papel de empecatados sarnosos, pero que lo hagan con hechos concretos, contando cuales son esos pecados que le han provocado el verse leproso.

Y a continuación, algo más bochornoso todavía y es que, con una excusa absurda, decide el sensible usurpar el lugar del presbi, que en Kikónides es un “mandao”, y dar explicaciones propias de la homilía porque le peta.

(Pregunta a un niño y para ayudarle explica el Evangelio)

El Evangelio dice que había un leproso cubierto de trapos, despeinado, cubierto de manchas de lepra, siempre sufriente. Piensa, por ejemplo, en un niño estupendo con una familia riquísima: fue a la escuela y contrajo la lepra, tuvo que ser sacado inmediatamente del lugar; vivía como un animal, pobre hombre, separado de todos, solo entre los enfermos, en las cuevas, porque la gente le temía a causa de la lepra. Le dejaban comida en un lugar determinado y se iban: para ese niño ya no había familia, ni matrimonio, ni sexualidad ni nada. Desde ese momento era un ser que vivía solo, como dice la primera lectura. Y cuando un leproso se acercaba a una ciudad, tenía que llevar una campana o gritar: "¡Impuro, impuro!" para que todos pudieran escapar, cerrar puertas y ventanas.

¿Crees que hoy todavía hay millones de hombres así, y tanta gente ha vivido así a lo largo de la historia? ¡Con qué envidia te mirarían los leprosos, que puedes comer, que puedes tener una familia! Estaban completamente separados del amor familiar, así era históricamente. Uno de estos leprosos ve a Jesús y se arrodilla ante él: cree, tiene fe en él, lo reconoce. Él es el único que Dios ha enviado, no puede dejar a la humanidad en esta situación de enfermedad y miseria: ¡Dios tiene compasión de nosotros!

Entonces este leproso grita (lo hemos escuchado en el Evangelio): "Si quieres, puedes curarme". Y Jesús, compadecido de él, al ver su sufrimiento, su soledad, dice: "¡Quiero!" y lo toca. Tocar a un leproso estaba prohibido por la ley, pero Jesús se acerca a él y lo toca: y en ese momento el leproso se cura.

Aquí queda patente la inutilidad de la comunidad y del camino y de toda su parafernalia que jamás ha logrado curar a ningún leproso por más que, según su sensibilidad, todos los caminantes lo son.

¿Qué te dice esto hoy? ¿Eres un pecador? La lepra es un símbolo del pecado, de lo que el pecado hace en nosotros: nos hace impuros, nos aleja de la comunidad, nos hace vivir en soledad, nos hace estar solos. Entonces, ¿qué significa Jesús para nosotros hoy con esta Palabra? ¿Qué significará para ti? Él quiere que le digas esta palabra a Jesús: "Si quieres, Jesús, puedes sanarme: puedes quitarme las cosas malas que tengo. Puedes quitarme la lepra interna que tengo, los pecados que tengo". Jesús quiere que se lo digas, y en esta fe quiere tocarte y curarte por completo.

Resonancias

Homilía

Liturgia eucarística.