domingo, 15 de marzo de 2026

Padre nuestro - parte 2 (XXXII)

 

Garabato espantoso para no excitar la libido de nadie

 

Avisé ya que el farragoso discurso de Kiko -insertado indebidamente en lo que pretende ser la liturgia de Laudes- deriva de repente a panfleto sobre la libido que, por si alguien no lo sabe, es el nombre que recibe el deseo de placer sexual, es decir, el impulso sexual; la libido no tiene nada de espiritual ni tampoco de racional, no se activa con el razonamiento, es visceral.

 

Hermanos, podemos dominar nuestra libido afectiva y encauzarla hacia el Señor.

¿Libido afectiva? ¿Encauzar la libido hacia el Señor? A ver si cuando Kiko habla de amor se refiere al “amor” libidinoso.

Violenta a tu libido y dile: "¡Basta! ¡Ya no te dejo ver porquerías en la televisión!".

¡Qué aficiones tan “curiosas tienen los neocatecúmenos de Kiko!

"¡Ahora ven conmigo a rezar, a estar con el Señor!".

O Kiko tiene un cacao mental o es un liante. ¿Alguien le diría a su ombligo, o a su codo, o a su percepción de tener la vejiga llena “Ahora vas a rezar conmigo”? Pues igual de absurdo es decírselo a su libido. Ni el codo, ni la urgencia por vaciar la vejiga ni la libido tienen capacidad de rezar. Es más, dice Jesús que en el cielo no habrá esposos, por lo que no habrá libido.

Pero Kiko sigue su desbarre.

Verás que al principio se rebela [la libido] y no te quiere obedecer, porque está viciada, pero si insistes y la obligas, verás que después de un poco de tiempo empieza a obedecerte.

El cometido de los ojos es ver, no oler; el de la nariz es oler, no caminar; y el de la libido es el deseo sexual, que no afectivo. Una libido que pretendiese ser oreja para oír sería una abominación, no la ha dispuesto Dios para eso.

La libido es como un río ciego que fluye por donde encuentra paso. Si empiezas a desviar ese río hacia la oración, hacia los actos de amor al Señor, enseguida empezarás a sentir dentro de ti afecto hacia Dios, ganas de rezar, gusto en la oración, y tu vida empezará a florecer, empezarás a hacer las cosas con facilidad, impelido por el amor a Cristo. Por el contrario, si metes tu libido en el pecado, la apartas del Señor y no tienes gusto por la oración, por las cosas de Dios, te da pereza ir a la comunidad, etc.

En este párrafo, una nota al pie deshace el disparate kikil al hacer ver que las pasiones en sí mismas no son ni buenas ni malas, es de la razón y de la voluntad de donde brotan los actos buenos o malos. Por tanto, lo que hay que educar es la voluntad, no la libido, que no puede ser otra cosa que lo que es: un instinto.

Un apunte más. Está apartadísimo de las cosas de Dios quien antes que unirse a la pastoral dominical de su parroquia prefiere que se muera el Papa. No tendrá ninguna pereza para ir a la comunidad, pero está a años luz de Dios.

Hermanos, nuestra libido tiene una fuerza enorme. Imagínate, por ejemplo, que un día juegas al póker con unos amigos; no te gusta, pero juegas un poco. Si al día siguiente te llaman para jugar de nuevo y, aunque no te gusta, vas, al tercer día tu libido empieza a desplazarse hacia el póker y empieza a gustarte. El cuarto día te gusta todavía más; y el quinto ya estás viciado. Es un hecho bioquímico. Le has obligado a tu libido ciega a meterse ahí.

Imagínate que un día te invitan a hacer calceta, a ti no te gusta, pero aceptas y vas. Y al día siguiente, por no estar solo, también. Y al quinto eres un adicto a la calceta por culpa de tu libido… Menuda mentecatez, ¿verdad?, pero también es dramático porque parece indicar que Kiko se dirige a una audiencia gobernada por los higadillos en lugar de por la razón y la voluntad, solo así se podría explicar que se traguen semejantes mentecateces.

Si repites un acto, adquieres un hábito, una costumbre, que si es negativa se llama vicio.

Por ejemplo, adquieres el hábito de ingerir kikotina y las neuronas se degradan. Es un hecho demostrable.

Y tenéis que saber esto: un pecado puede ser perdonado; pero, si hay ahí un vicio, el perdón no basta; ¡hace falta la corrección del vicio! ¡El pecado se perdona; pero el vicio hay que corregirlo! Por eso, si tú has viciado tu libido en un pecado, es inútil que digas sólo: "Me arrepiento de este pecado". Hay ahí un vicio y experimentas dentro de ti una inercia, algo que te impulsa a seguir cometiendo ese pecado: ¡tu libido se ha desplazado en esa dirección y se ha viciado!

No. Tu libido no se ha viciado, tu razón y tu voluntad se han viciado. Pero Kiko no quiere que sanes, quiere mantenerte sometido, por eso te cuenta trolas.

Por eso es insuficiente que te arrepientas y que digas que no quieres volver a hacer ese pecado; ¡tienes que obligar con fuerza, con violencia, a la libido hacia el acto contrario a ese pecado! Verás que si, con voluntad firme, empiezas a obligar a tu libido a sufrir y a obedecerte, empezará a ponerse a tu servicio.

Como la contradicción es intrínseca a las kkadas se acabó eso de que esforzarse es un moralismo, ahora toca que te hagas violencia y te obligues con fuerza, a puñetazos si hace falta. Pero ¿a qué te tienes que obligar? A hacer lo que te ordene Kiko, por supuesto, aunque trata de maquillarlo en su marrullero discurso:

Si un hombre casado trabaja con una chica guapa y empieza a mirarla con placer, su libido comienza enseguida a desplazarse desde el afecto a su mujer hacia esa chica.

Y dale. No, la libido no se desplaza, la libido solo entiende de deseo sexual, es la razón del casado la que voluntariamente se desplaza, porque ya se sabe que los kikos casados son incapaces de amar a la esposa que, por cierto, siempre es el enemigo.

Si ese hombre sigue mirándola, después le invitará a tomar un café con él, luego se irá a comer con ella, luego empezará a llamarla por teléfono, etc.: ¡está poniendo completamente su libido en esa chica! Cuando se da cuenta, llega a casa y ya no siente nada por su mujer; es más, le parece fea e insoportable.

Sucede que la libido no repara en la belleza ni se complace en conversaciones amenas o inteligentes; es la voluntad de este casado la que está enferma, no su libido. Pero insisto, Kiko no va a decir la verdad, quiere a todos sometidos bajo su puño.

¡Pero atentos! Ese hombre, si quiere, puede hacer el proceso inverso! ¡Puede hacer que su libido se desplace de nuevo hacia su mujer!

Y ahora se descubre el pastel: Sométete a Kiko, que te promete jauja.

Me acuerdo que (sic) una vez un hombre casado me dijo: "¡Detesto a mi mujer! ¡Es una histérica completa! Ha sido internada dos veces en un hospital psiquiátrico. Es insoportable. Por eso tengo una amante de 19 años". Yo le dije: "Si haces lo que te voy a decir, te prometo que te vas a enamorar de nuevo de tu mujer". Me miraba como si estuviese loco. Pues bien, obedeció a todo lo que le dije y se cumplió lo que le prometí: ¡consiguió dejar a la amante, reconciliarse con su mujer y recuperar un profundo afecto y amor por ella!

 

viernes, 13 de marzo de 2026

La higuera maldecida (y II)

 


Sigue la explicación sobre el episodio evangélico de la maldición de la higuera.

 

Ariel Álvarez Valdés


¿Qué quiso decir Marcos con este relato? ¿Acaso pretendió descalificar a todo el pueblo de Israel? Ciertamente no. Sólo a una parte.

En efecto, la narración aparece partida en dos, y en el medio se ha insertado otra escena: la famosa purificación del Templo de Jerusalén, realizada por Jesús. Así, la secuencia queda formada por tres secciones:

a) Jesús no encuentra higos y maldice la higuera (v.12-14);

b) Sigue su camino hacia el Templo, y expulsa a los vendedores (v.15-19);

c) Vuelve a pasar al día siguiente junto a la higuera y ve que se ha secado (v.20-26).

En vez de presentar un relato continuado, donde Jesús increpa al árbol y se seca inmediatamente, Marcos prefiere contar la maldición en un día y sus consecuencias al día siguiente, convirtiendo así este milagro en el único que demoró 24 horas en cumplirse. ¿Por qué? Para introducir en el medio la visita de Jesús al Templo, donde se enojó con los sacerdotes y escribas, reprochándoles que habían convertido la casa de Dios “en una cueva de ladrones”. Así, con el relato de la higuera encerrando y abrazando el incidente del Templo, los lectores podían comprender el mensaje: la higuera maldita, estéril, sin frutos, representa a aquella institución religiosa, con sus sacerdotes y ministros, cuya función ha llegado a su fin y está a punto de desaparecer.

Falta responder a la última pregunta: ¿por qué Marcos relató de esta manera tan curiosa el amargo desenlace del Santuario de Jerusalén?

Desde los primeros tiempos circulaba entre los cristianos el relato del incidente protagonizado por Jesús en el Templo. Allí, al ver la forma poco respetuosa con que los sacerdotes lo administraban, el Maestro de Nazaret intentó purificarlo; esto le valió un altercado con los vendedores de animales, un forcejeo con los cambistas de monedas y una fuerte discusión con los sacerdotes. Fue también el incidente que le costó la vida.

Ahora bien, en las comunidades cristianas de origen pagano, donde vivía Marcos, este episodio resultaba problemático porque en ellas se incidía precisamente en que Jesús había venido a liberarnos de los ritos judíos: de las purificaciones (Mc 7,1-13), el descanso del sábado (Mc 2,23-28), las comidas impuras (Mc 7,19), los ayunos (Mc 2,18-22), la jerarquía religiosa (Mc 12,1-12), el culto (Mc 12,32-33), el Templo (Mc 13,1-2). ¿Por qué entonces, hacia el final de su vida, se iba a preocupar en purificar el Templo? ¿Por qué quiso mejorar la celebración de sus ritos? Era un contrasentido.

Entonces Marcos, para subrayar que más que un acto de purificación, la acción de Jesús contra los vendedores y sacerdotes fue un gesto de rechazo del Templo, creó el relato de la maldición de la higuera y envolvió con él la escena de la purificación. Así, sus lectores podían entender que Jesús no había ido al Santuario a purificarlo, sino a anunciar su pronta desaparición. El marchitarse de la higuera anunciaba que el destino del Templo estaba sellado, y nada podía evitar su inminente fin.

El mismo Evangelio confirma que ése era el significado de la higuera seca. Cuando más adelante Jesús pronuncia su último sermón, comienza hablando de la destrucción del Templo (Mc 13,2). En la mitad vuelve a hablar de su ruina (Mc 13,14) y al final relaciona este hecho con la higuera y sus hojas (Mc 13,28-29). Todo apunta a que, en Marcos, la higuera y el Templo están conectados.

Leído así el texto, se comprenden mejor los detalles aparentemente absurdos, señalados al principio. El hambre de Jesús aquella mañana simboliza sus ansias por hallar frutos en una institución que se había vuelto vacía e inútil. Que no fuera tiempo de higos es una ironía hacia un organismo que se creía con derecho a tener temporadas infecundas. Que el milagro sea punitivo: Jesús no pudo “ayudarlo” porque el Templo ya se había vuelto infructuoso. Y que se hubiera secado “de raíz” representa la ineficacia total de esa antigua institución judía.

Mateo, que escribe para una comunidad cristiana de origen judío, no quiso ser tan duro con el Templo de Jerusalén. Entonces modificó el relato de Marcos, de modo que Jesús primero viviera el incidente del Templo y al otro día maldijera el árbol. Así, los episodios quedaban separados. ¿Y qué significado tiene, entonces, en Mateo el marchitarse de la higuera? Ya no es una enseñanza sobre el fin del Templo, sino sobre el poder de la fe y la oración (Mt 21,18-22).

 Si había algo firme y duradero para los judíos, era el Templo de Jerusalén. Según la tradición era indestructible porque Dios habitaba en él. Por eso se había convertido en el centro de sus esperanzas, de su fe, sus sueños, su futuro. Era el signo de la presencia misma de Dios. Y se pensaba que iba a durar para siempre.

Sin embargo, dice san Marcos que un día Jesús, como un peregrino más, lo visitó para la fiesta de Pascua. Allí estaba el edificio sagrado, frondoso como una higuera con miles de hojas, excitando de lejos el hambre de los caminantes. Entonces Jesús sintió hambre del Templo, y quiso comer sus frutos. Pero la institución religiosa no los tenía. Prometía y no daba. Estimulaba el hambre pero no podía saciarlo. Se había ocupado de sus propias hojas, de su belleza exterior, de su prestigio, pero no ofrecía ningún alimento a los que pasaban a su lado por el camino. Entonces Jesús pronunció su sentencia: “ha pasado tu tiempo, que nadie coma de tu fruto”. Estas palabras pusieron fin a un culto nacional estéril, y abrieron las puertas a un nuevo culto capaz de saciar el hambre del mundo.

 

Hoy son muchos los que en el Camino se aferran a estructuras,  celebraciones, ritos, prácticas, como si tuvieran una sacralidad en sí mismas, y fueran a durar perpetuamente. El Evangelio de la higuera enseña que hay que aprender a revisar las realidades eclesiales, y descubrir cuáles dan frutos y cuáles no. Y si encontramos alguna que resulte estéril, seca, decadente, tener la valentía de suprimirla, por más venerabilidad que pretenda poseer. Porque el paso del tiempo relativiza toda institución y nada hay eterno en este mundo, fuera de Dios. Lo atestigua el hoy ausente Templo de Jerusalén.