Como es lógico, el domingo pasado, segundo domingo de Pascua, se proclamó el Evangelio de una de las apariciones de Jesús resucitado a sus amigos. En concreto, se mencionó que era el anochecer del primer día de la semana y que “los discípulos” estaban en una casa “con las puertas cerradas por miedo a los judíos”, pero Tomás, “uno de los Doce”, no estaba con ellos.
La actitud de Tomás es desgarradoramente coherente.
En las comunidades, incluso entre los bebedores de chupitos, se hace hincapié únicamente en “la falta de fe” de Tomás, sin plantearse nunca las poderosas razones que hay tras las condiciones que Tomás pone para creer.
Tomás había encontrado el sentido de su vida en Jesús, en el Jesús que le llamó personalmente y le invitó a unirse a sus discípulos. Tomás era leal a Jesús y a nadie más, los demás discípulos podían caerle fenomenal, podía pensar de ellos que eran unos tipos estupendos, pero él no estaba allí por ellos, no había sido seducido por el grupo de amigos, su ancla, su objetivo y su meta era Jesús, su amor y su entrega personal eran para Jesús.
Tomás es quien, cuando Jesús decide ir a Betania “a despertar a Lázaro”, zanja las reticencias de los demás apóstoles, que ven que el destino es arriesgado debido a su proximidad a Jerusalén y, por tanto, a los jefes de los sacerdotes y los fariseos que quieren matar a Jesús. Los demás discípulos intentan convencer a maestro de que se olvide del tema, por su seguridad, por supuesto, pero como Jesús insiste en ir a Betania, Tomás es el primero que prefiere correr el riesgo de caer en manos de los judíos antes que separarse de él. Su vida está en Jesús, y se pone malo ante la idea de dejarle ir y quedarse él atrás.
Esta ansia de Tomás por no separarse de Jesús vuelve a evidenciarse en la última cena, cuando Jesús dice a sus amigos que va a irse Él solo, por delante, para prepararles una estancia en la casa de Su Padre y que después, cuando todo esté dispuesto, volverá a por ellos, pero que de todos modos ellos ya saben el camino para llegar.
Y Tomás, coherente y sincero, no puede contenerse: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. Porque lo que desgarra a Tomás es que Jesús se despide, les dice a las claras que se va sin ellos, y él no quiere perderlo, no quiere permitir que se escape sin saber dónde encontrarlo de nuevo.
Este es Tomás, no es un incrédulo, es un hombre sensato que ha puesto su confianza en el Señor y en nadie más.
Por eso, cuando Jesús muere (y muerte de cruz), Tomás se va. Deja a los discípulos y se va. Lo que le unía a ellos no era el aprecio humano ni negociete alguno, era Jesús.
Pero sucede que tras la resurrección los discípulos corren a llevarle la noticia, y se encuentran con el muro de su rechazo, un rechazo que no es contra los mensajeros, sino la negativa a dejarse engañar. Tomás sabe que nunca nadie ha vuelto de la tumba, por tanto, todo apunta a que algún gracioso sin gracia, aprovechándose de tener una fisonomía parecida, ha decidido hacerse pasar por Jesús para engañar, a saber con qué propósito, a los más ingenuos.
Pues va listo.
Por eso Tomás reclama meter el dedo en el agujero de los clavos y la mano en el costado, por que a ver como se las apaña el suplantador para simular las heridas de la crucifixión y de la lanzada. Le va a desenmascarar en cuanto le vea, porque por supuesto que piensa estar presente la próxima vez, va a estar allí porque Tomás no puede permitir que ningún farsante se haga pasar por Jesús, no mientras él esté vivo para defender el nombre de Jesús.
Tomás no fue “el discípulo incrédulo”, sino un enamorado de Jesucristo.
Y esto, que nunca escuché en el Camino, es lo que contó el cura en la homilía del segundo domingo de Pascua.


