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martes, 7 de julio de 2026

Dios no manda ni quiere el dolor

 


Por si acaso algún que otro Kiko no estuvo atento a las palabras del Papa León XIV durante su visita a España, esta entrada reproduce parte de su declaración sobre el sufrimiento.

Cualquiera que conozca un poquito el CNC sabe que en la no-asociación gusta mucho asegurar que Dios envía el cáncer o algo peor, y hay afán por disculpar a quien obra el mal para cargar contra la víctima del mal por poner distancias con el agresor; pues bien, en esta ocasión es el Papa quien explica a quien quiera entenderlo que lo que defiende el CNC es aberrante, que la verdadera doctrina cristiana y católica es la siguiente: 

 

 


domingo, 24 de mayo de 2026

La parroquia no tiene sustituto

 


En su discurso a los representantes de las asociaciones de fieles, movimientos eclesiales y nuevas comunidades (21 de mayo de 2026, estando presente Ascen la caducada), el Papa León XIV abordó un punto delicado: la relación entre carisma, gobierno y comunión eclesial.

Los movimientos, si vienen de Dios, son un don para la Iglesia. En consecuencia, porque el carisma es un don del Espíritu, no puede convertirse en propiedad privada de un grupo.

Esta es la clave. Un carisma auténtico no crea una iglesia dentro de la Iglesia. No reemplaza a la parroquia. No elude al obispo. No construyen un circuito paralelo en el que la membresía en el movimiento cuenta más que la pertenencia a la Iglesia Católica. No forma cristianos que se sienten "más Iglesia" que otros, más iluminados, más vivos, más fieles, más espirituales. Cuando esto sucede, el carisma ha enfermado. El enemigo ha maniobrado para transformar incluso un don de Dios en una pequeña aduana espiritual con entrada reservada a sus elegidos.

El Papa fue muy claro. Recordó que «encontramos grupos que se encierran en sí mismos y piensan que su realidad específica es la única o es la Iglesia, pero la Iglesia somos todos nosotros, ¡es mucho más!».

Estas palabras merecen ser tomadas en serio. El movimiento no es la Iglesia. El camino no es la iglesia. La comunidad no es la Iglesia. El fundador no es la iglesia. El método no es la Iglesia. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, visible, sacramental, jerárquico, universal, confiado a los Apóstoles y sus sucesores.

Por eso el Papa también recordó la relación con el Obispo. «Nuestros movimientos deben buscar verdaderamente cómo vivir en comunión con toda la Iglesia, a nivel diocesano. Y por eso el obispo es una figura de referencia muy importante, y si un grupo dice: “No, con ese obispo no estamos en comunión, queremos otro”, eso no está bien. Debemos de vivir en comunión con toda la Iglesia, tanto a nivel diocesano como a nivel universal».

En pocas palabras: ningún movimiento puede adaptar la iglesia a sus antojos. Ningún grupo puede ser católico de modo intermitente, en comunión cuando es recibido, deseando alguna muerte cuando se corrige, dócil cuando se le da espacio, intolerante cuando se le pide que vuelva al orden eclesial.

«Todo carisma auténtico incluye ya en sí mismo la fidelidad y la apertura a la Iglesia. Gobernar de manera fiel al carisma fundacional significa, por lo tanto, encontrar en él la inspiración para abrirse al camino que la Iglesia recorre en el presente, sin limitarse a los modelos, por muy positivos que sean, del pasado, sino dejándose interpelar por nuevas realidades y desafíos, en diálogo con todos los demás componentes del cuerpo eclesial».

La Iglesia exige que toda experiencia espiritual se purifique y se integre plenamente en la fe católica, la vida sacramental, la liturgia de la Iglesia y el discernimiento de los pastores. El Espíritu Santo no se identifica con la emoción religiosa, la atmósfera de la asamblea, el canto prolongado, el lenguaje de la sanación o la profecía. Donde actúa el Espíritu, crece la comunión con la Iglesia, no el distanciamiento de ella.

La riqueza de un itinerario no puede transformarse en autosuficiencia. La fortaleza de la comunidad no puede transformarse en separación. La fidelidad a un método no puede debilitar el vínculo con la parroquia, la diócesis y el obispo. Cada camino particular es saludable cuando conduce a la Iglesia, no cuando acostumbra a sus miembros a que sientan la Iglesia sólo dentro de su propio itinerario.

León XIV recordó que gobernar movimientos no es una cuestión técnica. No se trata solo de organizar reuniones, tareas, instalaciones, actividades. Gobernar en la Iglesia significa servir al bien espiritual de los fieles. Por esto el poder, incluso en los movimientos, no puede convertirse en prestigio personal, control interno, lealtad al líder, miedo a la crítica o obediencia inmadura. El Papa exige escucha, corresponsabilidad, transparencia, discernimiento comunitario y participación real.

Son palabras sencillas. Precisamente por esto duelen, porque tocan la carne viva de ciertas realidades eclesiales que prefieren tapar el mensaje del Papa en lugar de reconocer errores.

Un movimiento tiene que preguntarse con honestidad: ¿sus no-miembros no-asociados aman más a la Iglesia o sólo a su propio grupo? ¿Crecen en la libertad de los hijos de Dios o en la dependencia de la comunidad? ¿Aprenden a servir a la parroquia y a la diócesis o viven la comunidad eclesial ordinaria como algo secundario? ¿Reconocen al obispo como principio de comunión o como obstáculo a sortear cuando no confirma sus particularidades?

El Papa no apaga los carismas. Les recuerda la verdad. Un carisma es católico cuando se abre, cuando integra, cuando respira con la Iglesia, cuando conduce a Cristo, a los sacramentos, a la comunión, a la misión. Por el contrario, cuando se cierra, separa, crea un lenguaje exclusivo, fomenta la superioridad espiritual, debilita la relación con el Obispo y con la Iglesia, entonces es preciso tener el coraje de detenerlo.

Porque el verdadero carisma no forma una iglesia dentro de la Iglesia. El carisma es dado a la Iglesia, vive en la Iglesia, es juzgado por la Iglesia, da fruto en la comunión de la Iglesia.

Cualquier otra cosa puede parecer celo fervoroso y no ser más que auto referencialidad espuria disfrazada con un atuendo religioso.

 

Tomado de aquí 

 

viernes, 9 de mayo de 2025

¡Habemus papam!

 


Habemus papam, ya lo sabéis todos.

El segundo día de cónclave salió elegido Papa el cardenal Roberto Prevost, ahora León XIV.

No pretendo adivinar cómo será el pontificado de León XIV, la bola mágica es cosa de kikotistas, pero puedo asegurar que como obispo de Chiclayo, Perú, su proceder era muy muy alejado de los estereotipos kikianos.

Por ejemplo, cuando aquella pandemia mundial que tantas muertes y trastornos causó, el obispo Prevost no dijo que fuese una señal divina, no acusó a la civilización ni a la tecnología de traer males, no aprovechó la situación para reclamar ofrendas, penitencias y conversiones, y tampoco propuso que personas de su confianza fuesen de puerta en puerta para recibir diezmos; en lugar de todo eso, lo que se sabe que hizo fue preocuparse por la necesidades materiales de los más afectados (https://cdn.jwplayer.com/previews/3m69xIyp).

 


Para mí que como obispo era un religioso de misa de 12.

Otro ejemplo, en ocasión de una inundación, el obispo Prevost se calzó unas botas de agua y en lugar de dedicarse a soltar kerigmazos a los damnificados se puso a pedir ayuda material para la reconstrucción. 



Nada que ver con el kikismo que a un pobre que pasa hambre le deja con el estómago vacío y la cabeza llena de soflamas sobre la salvación que Kiko reparte a incómodos diezmos:

«Dime una cosa, ¿amar a un pobre?, tú le das la casa y yo la Vida Eterna, ¡a ver quién le ama más!» (Kiko en 1997).

¿Puede haber algo más antikikótico que poner la caridad en primer lugar?