En mis primeros años en el Camino, me llamaba poderosamente la atención la afición de la gente a “consultar” sus cuitas con los kikotistas. Siempre se trataba de asuntos de índole personal, es decir, nadie buscaba al kikotista como asesor fiscal para que le aconsejase cómo o dónde invertir los ahorros, ni para decidir qué modelo de vehículo le convenía más, pero iban a ellos cuando tenían disputas con compañeros de trabajo, problemas de pareja o con los hijos, follones con los suegros o los cuñados o, el gran clásico entre los jóvenes, dudas sobre el noviazgo, fuese este en grado de tentativa o real.
Yo nunca tuve con ellos -a Dios gracias- la confianza precisa para querer hacerles partícipes de ningún tema tan personal, mucho menos cuando lo usual era que estuviesen implicadas otras personas en lo que se compartía con los kikotistas.El caso es que era un clásico de esos años pedir audiencia a los kikotistas no solo para consultarles, sino para recibir de ellos indicaciones precisas acerca de cómo actuar en el asunto en cuestión. Era tan habitual que si mes tras mes no tenías ninguna cuestión que tratar con ellos en sesión privada eras mirado con cierta conmiseración, como si tu vida fuese muy plana y aburrida o como si Dios se hubiese olvidado de ti y no te enviase acontecimientos fuertes para tu conversión. Esa era la apreciación que yo tenía: que si no te abrumaba algún problema serio y, sobre todo, si no lo compartías con los kikotistas y te sometías a su criterio, no te podías convertir, porque sabido es que los neocatecumenales son inducidos a pensar que nadie nadie nadie -por más que sea de diaria misa de 12 y confesión semanal- está convertido antes de hacer las kikotesis, antes de tripodear y llenar bolsas durante veinte o más años, antes de recibir una túnica fantasmal.
Ese es su primer dogma de fe en el kikismo.
Así que, cuando surgía algún problema personal por parte de un hermano de comunidad invariablemente se le aconsejaba que pusiese el asunto en conocimiento de los kikotistas.
También era muy curioso, en las convivencias de mes, ver el alivio o el orgullo con que algunos contaban que ya habían dado ese paso, ya podían ser contados entre los que habían puesto sus problemas personales en las manos -y en los oídos atentos- de los kikotistas. ¡Ya estaban en el camino de la verdadera conversión!
Había algunos hermanos por los que Dios mostraba tanta predilección que tenían que solicitar audiencia a los kikotistas en numerosas ocasiones e incluso llegaban a formar lazos de amistad con ellos. Nunca fue mi caso, pero al principio me preguntaba si sería real que los kikotistas tendrían un discernimiento providencial digno del mismo Salomón.
Entonces llegaron los segundos escruticidios y resolví mis dudas: Cero en discernimiento y por debajo de cero en lo que a empatía y habilidades sociales se refiere. Lo que verdaderamente dominaban los kikotistas eran los mantras kikiles y la pose de sabios greco-romanos, y con tan fútiles medios pretendían estar allí por designación divina y episcopal -en ese orden o a la inversa, que lo mismo da porque ambas eran falsas- para transmitirnos la voluntad de Dios para nuestras erradas vidas con vistas a nuestra conversión y posterior salvación.A lo largo de las sesiones de escruticidios vi como lo que ellos llamaban -y otros tomaban por- discernimiento no era sino un conglomerado de recetas precocinadas.
Por ejemplo, para quien estuviese ennoviado con uno de fuera del kikismo, el veredicto invariable era que estaba haciendo un ídolo de su noviazgo y se conminaba a esa persona a poner a prueba si la relación venía de Dios. La prueba era bien sencilla, si la parte ajena aceptaba entrar al Camino, significaba que Dios daba su visto bueno, en otro caso, era imprescindible cortar para no contrariar a Dios.
Por el contrario, si ambos novios caminaban no se ponía en duda la solvencia divina de la relación, incluso si los afectados confesaban mantener relaciones sexuales. Se les amonestaba con cariño, se les decía que eso no estaba bien, se les animaba a regularizar la situación, pero nada más, ni veían idolatría ni ofensa a Dios pues, como dice Kiko en alguno de los mamotretos, eso es un absurdo y un moralismo ya que el ser humano no tiene poder para ofender a Dios y sabido es que los cristianos adultos no son moralistas.
Había más recetas-tipo: Pasados los 25 años, los jóvenes sin compromiso era “invitados” a hacer “una experiencia seria” en un convento o seminario. Los que estaban enemistados con algún pariente, padre o hermano, tenían que correr a pedir perdón por haber juzgado a dicha persona. Lo de menos eran las circunstancias que hubiesen motivado el enfado, era irrelevante quien fuese el ofensor y quien el ofendido, el escruticiado tenía que humillarse y pedir perdón para no contrariar a Dios y a los kikotistas.Además había preguntas improcedentes -y casi siempre indecorosas- y dictámenes-tipo en función de las respuestas. Por ejemplo, en el caso de los matrimonios, las preguntas de rigor eran si estaban abiertos a la vida y quien era el cabeza de familia; en el caso de los solteros, si vivían en castidad y, más importante, si veían pornografía y hacían cochinadas en soledad. Ante esas preguntas fuera de lugar, lo peor que se podía hacer era negar el pecado, porque el ataque, la caza y el derribo de “los buenecitos” era el deporte favorito de los kikotistas. Por tanto, si querías evitar la masacre y salir con tan solo un par de cogotazos cariñosos tenías que ser vicioso y pecador -o decir que lo eras-, de lo contrario, se cobraban tu pellejo para exponerlo en su kikosalón.
O al menos hacían lo posible, en piña con el responsable de la comunidad, para cobrarse tu pellejo.
He presenciado muchas de tales cacerías que les han salido bien debido a la información privilegiada que obraba en poder de los kikotistas -en ocasiones sin que el escrutado se explicase quien había traicionado su confianza y les había ido con el cuento-, al apoyo explícito del responsable y al silencio cómplice de la comunidad.
Pero también he visto casos en los que el escruticiado salió respondón. Recuerdo el caso de un hombre ya mayor, esposo, padre, abuelo de varios nietos y empresario, al que pretendían someter a su superior criterio, como si fuese un mocoso adolescente frente a unos adultos. Este abuelo vino a decirles que cuando se les pasase la tontería volvieran para hablar de igual a igual, porque jamás les reconocería un estatus de superioridad moral.En este blog se ha dicho unas cuantas veces: ningún kikotista, ni Kiko ni sus adláteres, tiene más autoridad que la que tú quieras darle.