Quienes sigan este blog ya sabrán que hay un
paso en el que se hace uso y abuso del Evangelio del ciego de nacimiento (Jn 9).
La elección de Evangelios alrededor de los
cuales soltar los mantras de Kiko no es aleatoria, los Evangelios son los que
dice el RICA, que el CNC usa por aquello de conservar el barniz que le hace
parecer católico, aunque no lo sea, porque su realidad es kikótica.
El caso es que al final del paso hay un
escruticidio en el que unos que se autoproclaman catequistas sin serlo interrogan a los sufridos catecúmenos con intención de
determinar si están o no están maduros para ser enviados por casas ajenas a
predicar el kikismo. Y en ese escruticidio se hace mal uso del Evangelio citado
y se les pregunta a todos si ya han descubierto que estaban ciegos, si les han
puesto barro en los ojos y qué ha sido en concreto eso que ahora ven y antes no veían.
Pues bien, es muy interesante contrastar
cómo actúa Jesús en este pasaje evangélico frente a cómo actúa un adicto a la kikotina con pretensiones de guía de las Kikosas haciendo mal uso de dicho relato.
Para empezar, cuando Jesús se cruza con este
ciego, son sus discípulos quienes le llaman la atención sobre él al achacar su
ceguera a un castigo divino. Esto era usual entre los judíos de entonces: la ceguera, como la lepra y como tantas otras enfermedades y defectos
físicos, era tenida por designio de Dios. Es decir, alguien cometía un pecado
de tal magnitud que Dios se enfadaba y maldecía al pecador con su poder… o a
uno de sus hijos, si le daba por ahí.
Eso
es lo que preguntan los discípulos a su maestro: ¿De quién fue el pecado que
causó esta ceguera, del ciego o de sus padres? Como si hubiesen sido aleccionados
por Kiko, el sensible que achaca todo cáncer a la voluntad divina, en la cabeza
de los discípulos no cabe la posibilidad de que Dios permita que un bebé nazca
ciego sin que el hecho responda a que Él lo ha maldecido. Y si Dios lo ha maldecido,
eso implica que ha habido un pecado muy gordo. O que lo habrá en el futuro,
porque Dios todo lo ve…
En el CNC, un caso así daría para un sabroso
escruticidio en el que los kikotistas emplearían todas las armas a su alcance, las amenazas, los desprecios, las acusaciones y los vaticinios negros y
funestos hasta enterarse de todos los pormenores de la historia de esa familia
maldita por Dios.
La respuesta de Jesús rompe
los esquemas de sus discípulos y no se parece en nada al proceder habitual de
los kikotistas escruticiadores: Jesús no interroga al ciego, no le saca ninguna confidencia y no muestra el menor interés por enterarse de sus pecados, al contrario, niega que Dios se haya fijado en uno solo de los pecados de este o de sus padres. A continuación se inclina hasta el suelo, hace
barro con su saliva y extiende el barro sobre los ojos del ciego.
Por supuesto, este proceder tiene un eco del
Génesis.
El sexto día de la Creación, Dios toma barro
del suelo y modela una criatura a su imagen y semejanza, una criatura destinada
a la Vida.
Ahora, es Jesús quien toma tierra del suelo, hace barro y
lo extiende sobre la criatura imperfecta: cubre la imperfección con el barro
nuevo, la oculta y le da al ciego de nacimiento una nueva
imagen, cambiada debido a ese barro que le tapa los ojos inútiles.
Y le dice al ciego que vaya a lavarse a la
piscina de Siloé.
Sin duda habría otros lugares, quizá más
cercanos, donde el ciego podría haberse lavado la cara para quitarse el barro.
Es más, es dudoso que la piscina de Siloé estuviese destinada a baños rituales
de purificación, porque era muy grande. Fuera como fuese, el hombre no tenía
nada que perder. Fue, se lavó y sus ojos se abrieron y empezó a ver.
La noticia corrió por las calles y llegó
hasta los fariseos, quienes, como vulgares kikotistas, se apresuraron a
demandar explicaciones, a hacer preguntas, a intimidar a los interrogados con amenazas y acusaciones…
Tanto que la alegría de los padres del que fue ciego se trocó en temor: temían
que los fariseos los declarasen enemigos de Dios, por eso dijeron que ellos
no sabían nada y que las preguntas se las hicieran al hijo, que era mayorcito
para contestarlas.
¡Y vaya si lo escrutaron! Una y otra vez,
porque el menda se empeñaba en no dar las contestaciones que ellos, los muy
kikot…, digo, los muy fariseos, querían oír. Porque lo que pretendían era obtener una declaración de que Jesús obraba con el poder del demonio, en suma, que era un pecador y que sus obras eran las de un pecador.
Lo más interesante de este escrutinio feroz es la evolución del que
fue ciego. Cuando los vecinos le preguntan cómo es que ahora ve, el responde: «Ese
hombre que se llama Jesús hizo barro, me untó los ojos y me dijo: “Vete a
Siloé y lávate.” Yo fui, me lavé y vi». Cuando lo interrogan los arrogantes
fariseos, que no se recatan a la hora de proferir juicios contra Jesús, les dice que en su opinión ese hombre «es un profeta». Los ataques de los fariseos contra Jesús
hacen que el que fue ciego tome partido, porque quien se mantiene apático ante
la injusticia y la maldad se convierte en cómplice.
El que fue ciego intenta razonar con los
fariseos, intenta que ellos entiendan que por los frutos se conoce al árbol bueno, pero los fariseos lo expulsan de
mala forma tras cubrirlo de improperios. En suma, el que fue ciego la pifió en el escrutinio y ha sido declarado empecatado de pies a
cabeza y expulsado de la comunidad de los elegidos.
Los fariseos, como los kikotistas, tiene el
poder que los demás les dan. Si un kikotista dice: «A este ni lo saludéis, ni
os acerquéis ni lo miréis», hay mucho akikotado que se cruzará de acera para no rozarse con el declarado endemoniado.
Pero para demostrar que los fariseos, como
los kikotistas, no conocen a Dios ni hablan en su nombre ni lo representan ni
nada por el estilo, es entonces cuando Jesús busca al que fue ciego. No busca a sus padres, busca a quien ha tenido el coraje de preferir la Verdad al favor de los hombres, por influyentes que sean estos hombres.
Y ni antes de abrirle los ojos le importó los
pecados que tuviera ni le hizo reconocerlos en público ni le impuso peajes de trípodes y diezmos obligatorios ni ahora tampoco. No le interroga no le
recrimina nada, sino que se presenta a sí mismo como el Mesías, porque la expresión "Hijo del hombre" que Jesús se aplica, procede del profeta Daniel y se refiere al Mesías.
Había por allí un grupo de fariseos, los kikotistas de entonces, testigos de las pretensiones mesiánicas de Jesús.
No por casualidad, el que fue ciego reconoce
la verdad en las palabras de Jesús y se postra ante él, en cambio, los fariseos
no se enteran de nada, porque ellos son los ciegos, aunque no lo sepan.
Y aquí sí saca Jesús a colación el tema del pecado. No lo ha visto en los padres del ciego ni tampoco en el que era ciego, pero ante la obcecación de los kikot..., de los fariseos, les avisa de que su pecado permanece.
Quien tenga oídos para oír que oiga.