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domingo, 30 de marzo de 2025

Banderas rojas gigantes

 


Para cerrar el tema de los abusos espirituales, hay una serie de banderas rojas a las que debería prestar atención cualquiera que esté pensando en sumarse a un grupo o asociación o ya forme parte de uno. Son indicadores de que el grupo puede ser nocivo para la salud anímica, mental, espiritual e incluso física de sus integrantes.

Estas son algunas de las principales banderas rojas, según los entendidos en detección, análisis y erradicación de tendencias abusivas y sectarias:

Idealización del fundador/iniciador.

Es venerado y reverenciado como si fuese un ser infalible y cuasi divino. No se admite la menor crítica a su persona, ni a sus ideas. Se ha aceptar sin cuestionamiento cuanto dice y hace; tampoco se admiten críticas a cómo viste, cómo vive, que deja de hacer o de decir… Los seguidores lo imitan en el estilismo, la gesticulación, los ademanes, las expresiones...

Secretismo.

No se puede contar a “los de fuera” lo que sucede dentro del grupo, porque no lo entenderían; e incluso dentro del grupo, los más antiguos no pueden contar a los más jóvenes lo que se hace según se avanza en la organización, para que lo reciban como una sorpresa cuando les toque, dicen.

Distanciamiento de los ajenos al grupo.

Aunque sean parientes, aunque se conviva con ellos. Puesto que hay muchas cosas que no se pueden compartir con los que no están en el grupo, que exige cada vez más tiempo y medios, el distanciamiento es inevitable. Es más, se acaba por cuestionar la bondad de cualquier actividad que no sea por y para el grupo.

Demonización del que disiente.

Puesto que el mandamás se considera infalible, cualquier argumento en contra de su criterio es tenido, en el mejor de los casos, por un engaño del demonio, en el peor, se considera traidor al disidente. Y se actúa en consecuencia.

Ausencia de límites.

Las órdenes del mandamás no se cuestionan, sean las que sean, aunque invadan el ámbito privado de sus seguidores, aunque se entrometa en cómo viven su sexualidad los demás, o en como educan a sus hijos o en con quién se relacionan los jóvenes.

La ausencia de límites es especialmente virulenta para con quien ose manifestar cualquier crítica. Si no se puede negar la verdad de lo criticado, se ataca el honor y la dignidad del crítico y, si hace falta, de su entorno familiar. Todo vale, no solo la maledicencia, también la calumnia.

Negación de la realidad.

Esta característica en particular es la que hace que sea extremadamente difícil dialogar con uno de ellos. Cuando la realidad demuestra que la infalibilidad del líder es una falsa quimera, se escudan en una supuesta realidad superior que no está al alcance de todos: «Desde fuera no se puede entender», «Hay que vivirlo para entenderlo», ese tipo de tretas mentales para negar la realidad objetiva.

Sentimiento de elección.

Aparejado con lo anterior, se les inculca el sentimiento irracional de haber sido elegidos para la gloria. Y se les hacen promesas imposibles de que si persisten en el grupo, sometidos en todo a gran líder, entonces algún día también ellos alcanzarán la infalibilidad y pseudo divinidad, mientras que si dejan el grupo o si su obediencia es tibia entonces no solo no obtendrán nada, sino que hasta lo que tengan lo perderán.

    La perdición espera fuera.

Nadie que haya entrado en el grupo puede abandonarlo y salir impune, les dicen. Fuera espera el llanto y el rechinar de dientes a todo aquel que sea infiel al gran líder.

    Rigidez anti-inculturación.

Las ideas, palabras, ocurrencias e instrucciones del gran líder han de conservarse y preservarse inmutables se implante donde se implante el grupo. Si algo propio de grupo choca con la cultura local, es obvio que lo que hay que cambiar es la cultura local, no las costumbres del grupo.

     Exigencia de exclusividad.

Toleran muy mal o no toleran que se pretenda compatibilizar la pertenencia al grupo con otras actividades y responsabilidades de la misma temática. Por ejemplo, a quien entra en el CNC se le invita a dejar las devociones o actividades religiosas que tuviese hasta entonces: si es de Legión de María, que lo deje; si es diácono, que ponga el CNC por delante del diaconado; si está en el coro parroquial, que mejor se centre en el "carisma" de salmista kikil...

 

Cualquier que encuentre una "realidad" así, más le vale escapar cuanto antes.

 

viernes, 11 de junio de 2021

Ponencia de Jacques Poujol sobre grupos abusivos (y IV)

 

Las dificultades más corrientes de las víctimas 

-La negación: al principio no se es consciente de ser víctima de abusos. Si alguien le indica las disfunciones del grupo, no lo acepta, responde con argumentos enlatados (“Eso es como tú lo ves”, “Estás engañado por el demonio”, “Eres un rebelde, crucifica la razón y obedece”, etc.). Cree firmemente que es libre de abandonar el grupo cuando quiera

-La obediencia ciega a la autoridad: vive en un estado de sumisión absoluta a la autoridad analizado por Stanley Milgram. Según sus experimentos en psicología social si la orden viene de una autoridad legítima la mayoría de la gente hace lo que se le manda sin tener en cuenta la naturaleza de lo ordenado. Es lo mismo para la víctima del grupo abusivo, la autoridad no se puede equivocar, obedece incluso en caso de conflicto de conciencia.

-La ambivalencia: la violencia espiritual que la persona sufre se puso en práctica de forma medida y progresiva y al principio con su acuerdo y para su “felicidad”. Entró voluntariamente en la ratonera. La persona sufre por tanto un sentimiento de ambivalencia en su discernimiento. No puede separar entre lo que recibe del grupo que le hace bien y los efectos nocivos del funcionamiento del mismo grupo que la destruye.

-La ansiedad: sufre ansiedad pensando en la ruptura y en la salida. Tiene miedo de vivir la responsabilidad del fracaso. Prefiere esperar a que la echen.

Estas características tienen consecuencias graves sobre las víctimas de abuso:

-Mala autoimagen, identidad deformada, ligada a una vida espiritual construida sobre la culpabilidad, la vergüenza y la negación de los deseos personales.

-Mala imagen de Dios: la víctima lo percibe como un Ser exigente, imprevisible, nunca satisfecho, que fija objetivos inaccesibles, severo, dispuesto a castigar y humillar funcionando con el modelo “te doy para que des”. Por lo mismo, está convencida de que el demonio está siempre al acecho para aprovechar cualquier asomo de debilidad e invadir. El cristiano abusado duda de que Dios sea su abogado, lo ve más bien como acusador. 

 -Obsesión por el cumplimiento religioso de ciertas oraciones, ayunos, limosnas, presencia en reuniones… La víctima busca trucos para que Dios se mueva. Si no se mueve, si no escucha, es que le falta fe. Teme disgustar a Dios, no sea que le envíe un cáncer o algo peor.

-Amalgama entre Dios y comunidad abusiva, entre el discurso de los responsables y la voluntad de Dios.

-Dificultad en poner límites, en decir “No” sin sentirse culpable. La víctima ha aprendido a no poner límites porque debe renunciar a sí misma.

-Dificultad en confiar: la desconfianza gana a la vigilancia.

-Falta de comprensión o ignorancia de los textos bíblicos, en particular de los que describen nuestra identidad en el marco de la alianza.

-Confusión entre la buena culpabilidad, ligada a la transgresión de un mandamiento divino y la vergüenza. Esta culpabilidad es un indicador útil para señalar que tenemos un mal comportamiento. Al contrario la vergüenza constituye una acusación de nuestra propia persona. En un grupo abusivo, la víctima tiene vergüenza, incluso si no ha hecho nada malo. La vergüenza se convierte en la base de su conducta.

En resumen, la fe de esa persona es tóxica, actúa como un veneno que la intoxica cada día en las diferentes facetas de su vida.

¿Cómo ayudar a las víctimas? 

Toma de conciencia

¿Cuál es el principio de base para ayudar a la víctima? Que el abuso espiritual fractura el pensamiento de la persona que es víctima. No puede haber reparación sin toma de conciencia de esa fractura por parte de la víctima, seguida de un trabajo cognitivo (a nivel de pensamiento y creencias) para comprender esta fractura.

Esa etapa es verdaderamente difícil para la víctima. Es doloroso reconocer que se ha abusado de uno a causa de la vergüenza, cólera y desprecio que se siente. Cada vez que el abusado intenta trabajar sobre sí mismo tiene la impresión de pagar otra vez el hecho de que se haya abusado de él. Tiene la impresión de revivir lo que pasó cuando en realidad le gustaría olvidarlo.

El acompañamiento comienza por esa toma de conciencia. Admitir el abuso marca el principio de la liberación. Tiene que conseguir decir: “Ninguna debilidad justifica que se abuse de mí”.

Cuando hay esa toma de conciencia, hay que tener cuidado en no dar respuestas hechas a sus preguntas (por qué Dios ha permitido esto, por qué la maldad de esa gente, sin embargo se van a salvar…), respuestas que sean prefabricadas, frases hechas que ahorran el pensar. Ahora bien, la persona tiende a esperar un comportamiento abusivo, autoritario. Incluso está tentada de meterse en otro grupo abusivo. Al acompañante espiritual le pide respuestas hechas, decisiones tomadas en su lugar. No hay que ceder a esta facilidad sino permitirle hacer un trabajo cognitivo con el fin de renovar su forma de pensar. Ha sufrido fuertes manipulaciones mentales, necesita encontrarse y reconstruirse.

El trabajo de reconstrucción

Con la toma de conciencia de haber sufrido un abuso, la víctima tiene que trabajar al nivel de las falsas creencias. Hay que explicarle el sistema abusivo, porqué y cómo entró y porqué se quedó.

En esa etapa debe reencontrarse con los sentimientos que hubiera debido experimentar en el momento del abuso pero que hubo de reprimir. El principal es el de cólera. La víctima debe ser consciente de que es raro que los que abusan se arrepientan y reconozcan sus equivocaciones. Este reconocimiento implicaría una salida del sistema de los responsables. Sin embargo, la víctima debe pasar por esta etapa, debe enunciar lo que le gustaría oír de parte de los responsables pues eso le permite ceder y poner ese problema en manos de Dios que es quien juzga justamente.

A lo largo del proceso de acompañamiento de la víctima es también necesario que consiga hacer suyas las siguientes declaraciones:

-Fui víctima de un abuso espiritual, esto es un crimen contra mi persona, incluso si entré voluntariamente en el grupo.

-No soy responsable de este abuso, a pesar de lo que haya vivido de positivo en ese grupo o con tal persona.

-No debo cubrir mi pasado con el olvido, la vergüenza o el secreto. Debo hacerle frente para sentirme mejor.

-No soy responsable del futuro del grupo del que salí. Dios no reprocha a las personas su ignorancia. No puedo ser responsable del mal que cometí cuando estaba en el sistema abusivo. Sin embargo, puedo reconocer sus efectos sobre la gente y asumir las consecuencias.

Aprender a salir de un sistema abusivo

La víctima debe renunciar a intentar cambiar el grupo y debe protegerse abandonándolo. No es posible hacer evolucionar un sistema abusivo.

Existen tres posibles actitudes frente a un grupo así, resumido en la regla de las tres R: Revuelta, Reforma, Revolución

La revuelta de la víctima es justa y tiene base. Sin embargo debe comprender que la reforma no es posible. Si no se convence de ello sigue prisionera de sus creencias incluso aunque se aleje físicamente del grupo. De hecho necesita una revolución en el sentido copernicano, hacer su revolución, es decir, salir del sistema.

Cuando la persona abandona, es el momento de recordarle que no es responsable de los que se quedan, aunque puede rezar por ellos. No tiene vocación de salvar a la gente del sistema, lo primero que debe hacer es protegerse. De hecho, si piensa que es indispensable encontrarse con los responsables del grupo abusivo más vale que lo haga acompañada.

Este encuentro debe tener lugar por petición suya y con condiciones. No tiene como objeto ser un ajuste de cuentas sino un momento en el que la víctima expresa su sufrimiento por no haber sido escuchada y comprendida, por haber sido objeto de abuso. Pero es importante que entienda que no tiene que dar explicaciones puesto que es víctima y no culpable, que es difícil que las reciba y que no se trata de un encuentro de reconciliación.

El perdón es una etapa ulterior posible, si los responsables del abuso reconocen sus equivocaciones. Porque si se niegan a reconocerlas ¿qué habría que perdonar?