Lo siguiente es un testimonio que llevaba demasiado tiempo perdido por el blog.
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Los responsables del destrozo
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MIS SEGUNDOS ESCRUTINIOS. EL MIEDO.
Quiero hablar de ello para vomitarlo y no se me quede en la cabeza como un
runrún que me daña como si lo hubiera vivido ayer mismo otra vez.
Para empezar, hicimos la convivencia en el Valle de los Caídos con otras comunidades
de Madrid. En esos casos el equipo catequista que lleva la convivencia no es el
de una sola parroquia.
Hacen un equipo con los matrimonios responsables de catequistas o catequistas
jefes, por así decirlo, de cada parroquia.
Luego se reparten las tareas: que si la catequesis de las Vírgenes Necias, que
si la de los Talentos, las de la eucaristía, las de los nuevos salmos (que
estaban prohibidos cantar hasta que no se hace ese paso).
Nuestro catequista era un hombre alto y corpulento. Muy bien vestido siempre
(de hecho muy pijo), se notaba que su posición social era buena y debía ser un
profesional con un cargo importante. Digo todo esto porque su imagen transmitía
mucha autoridad, aderezada con una chulería y una forma de ser seca y cortante.
Ese tipo de personas que infunden miedo sin haber hablado. TEMOR. DESASOSIEGO.
Era capaz de cruzarse contigo en un pasillo, mirarte fijamente durante metros y
metros y no molestarse en responder a tu tímido "hola". HIRIENTE.
INCISIVO. UN CHULO, no porque yo lo diga, es que era algo que él mismo sabía y
explotaba. Le hacía mucha gracia permitirse ser como era. Me consta que mucha
gente del Camino no le tragaba, ya fuera entre los del vulgo (catecumenos) o
las altas esferas (catequistas responsables de otras parroquias).
No le tosía nadie. Era muy buen gestor, muy inteligente y rápido, muy eficaz.
No me habría gustado estar en el pellejo de sus inferiores en el trabajo. En el
arzobispado gozaba de buena reputación y colaboraba en una serie de asuntos que
por supuesto habían delegado expresamente en él.
Tenía otra faceta, era muy tierno y sensiblón, se echaba a llorar cuando estaba
sufriendo por algún acontecimiento en su vida muy duro. De esos que impactan en
el Camino, que se convierten en leyendas kikiles. Así que verle así después de
que te hubiera torturado producía un conflicto interno bastante extraño. De
repente te dabas cuenta que podías sentir misericordia por él, como si fuera un
niño grande bastante capullo que en el fondo no es tan malo, tiene su
corazoncito.
Tener un catequista así añade un plus de miedo considerable. ERA TEMIDO Y
TEMIBLE. Nunca podías adelantarte a él. Nunca sabías por dónde iba a salir. Era
un auténtico sabueso. Entraba a matar y se cebaba. Siempre tenían que pararle
los pies los de su equipo. Este tío habría hecho un buen tándem con Rafael el
Cruel y algún otro de esa calaña. bueno, en el Camino deberíamos intercambiar
"calaña" por "categoría". Cuanto más ca++++ es un
catequista, mayor es la fama y la gloria que le preceden.
MIS SEGUNDOS ESCRUTINIOS: EL DAÑO
El primer ensayo de qué era escrutar lo tuvimos en la propia convivencia. Cada
jefe de catequistas sacó a un catecúmeno suyo al estrado (el papelito al azar
sacado de la bolsa).
Le tocó a una señora de unos 70 y pico años. Una buena mujer, toda la vida en
la Iglesia, siempre prudente y muy cariñosa con todos, servicial, siempre de
buen humor. Un encanto de mujer. De formación universitaria y dedicada a la
investigación. O sea, tonta no.
El carnicero empezó a afilar sus cuchillos. La buena mujer lee sus respuestas a
la encuesta y tarda como mucho un minuto en leerla. No podía ser. Eso no podía
ser. Una señora sin grandes complicaciones en su vida, demasiado fácil todo.
Ahí había demonio encerrado, fijo. Esa es la mentalidad del Camino.
Todos tenemos que tener una historia pasada truculenta, llena de rebeldía y
maldición, no aceptada, un presente en el que por fin te ves tal cual eres, un
saco de mierda de pecados innombrables y escondidos, y por supuesto unas
idolatrías como catedrales a todos esos tópicos que siempre señalan: el sexo,
el dinero, el poder, el prestigio, etc. etc.
Pero por más que la torturó delante de doscientas personas la buena mujer no
daba más de sí, con lo cual el cabreo y la frustración del catequista fue
supina. Otros catequistas escrutaron a alguno de sus catecúmenos y la verdad es
que su forma de hacerlo era más educada, no tan sanguinaria, pero ya podíamos
salir de allí con algo muy clarito: nos íbamos a cagar, con perdón. Esto ya era
un cambio muy drástico en la forma de estar en el Camino.
Como en mi comunidad éramos bastantes, las jornadas de escrutes fueron
numerosas y maratonianas. Teníamos que hacer ayuno absoluto desde por la
mañana, como nos decían nuestros catequistas "para ir en tensión". El
ayuno era un arma para luchar contra las tentaciones del demonio, que durante
ese paso serían fortísimas. "Nuestro cuerpo siempre pide que le demos
gustirrinín, con el ayuno combatimos".
Aquello era dantesco. Salvo algún caso -casualmente el de hijos de catequistas
de otras parroquias, de sus propios hijos (no entiendo que unos padres puedan
escrutar a sus hijos)- hubo situaciones en las que muchos apretaban los puños
para soportar la indignación y la rabia de ver cómo machacaban a un hermano de comunidad
de esa manera. Estábamos en general pasándolo todos muy mal, sufres viendo el
dolor de los demás ahí arriba sentados y tratados como trapos, sufres por ti
mismo.
Había momentos en que se nos salía el corazón por la boca de las palpitaciones
que nos daban. Gritos del catequista que debían estar escuchando hasta en la
luna, una violencia desatada, hasta el extremos de que tuvieron que sujetarle
con un hermano "que no se dejaba, que estaba cerrado por el demonio",
al que casi le pega. Tiró al suelo con furia, esa agenda donde van tomando
apuntes sobre cada cual que se sienta en la silla de torturas.
Supongo que en todas las comunidades será así. En mi parroquia todos los
catequistas del equipo tenían su propia agenda, supongo que cuando tienen que
decidir si un hermano pasa el paso (valga la redundancia) tirará cada uno de
agenda y lo pondrán en común.
Es muy desagradable estar ahí sentado y que según hablas el que te está
escrutando vaya tomando notas, también que se pasen papelitos entre catequistas
y se lo hagan llegar al que te escruta, como dándole pistas de "ve por
aquí" o "tira para allá".
Es una sensación de absoluta vulnerabilidad, todo te hace sentir como un gusano
que casi ni tiene derecho a la vida de lo ciego que estaba, de sus muchos pecados
y adoración a todo menos a Dios. Todo centrado en romperte en público, te
rompen, te hacen quebrar. Y lo más terrible es que cuando ya te soltaban y
podías regresar a tu sitio, te decían eso de "ánimo hermano, Dios te
ama".
¿Cómo te pueden decir eso después de haberte violado psicológicamente en nombre
de Dios? ¡¡Dios no hace esas cosas!!
Realmente es una PARAONIA.
MIS SEGUNDOS ESCRUTINIOS EN EL CAMINO NEOCATECUMENAL:
EL DESTROZO.
Después de haber descrito ese ambiente de "la Casa del Terror", contaré
lo más importante de mis segundos escrutinios. Quiero vomitarlos, cada vez que
los recuerdo me dan arcadas, se me revuelven las tripas. Así que a vaciar el
estómago, y entonces comenzará la mejoría.
Yo era una jovencita muy acomplejada y callada en general. Mi autoestima hacía
años que ya no existía. Ya había recibido unas cuantas guantadas de la vida. Un
hermano que cayó fulminado en cuestión de horas por una enfermedad entonces
incurable, con 10 años. Haber perdido todo, nuestra casa, nuestro colegio,
nuestros amigos de clase... por una situación económica dramática, había días
que no había para comer. Vestíamos con ropa que nos daban unas señoras muy
pijas.
Yo en plena adolescencia, iba vestida con ropa de señorona porque no tenía otra
cosa. No podía salir de casa como hacían el resto de jóvenes porque no teníamos
ni un chavo. No podía usar transporte público. En fin, todo así.
Era un auténtico bicho raro. Quisiera o no, no podía pasar desapercibida. ¿Qué
hace una chavala de 16/17 años con una blusa de satén con unos pantalones ya
con color de ala de mosca por lo viejos (solo tenía esos) y unos zapatos de
abuela? Solo salir a la calle era un suplicio.
Ese aspecto es fundamental para comprender parte de mi escrutinio. No hay que
ser muy espabilado para saber por dónde iba a entrar una de las estocadas. Mi
imagen era lo más antifemenino del mundo. Parecía todo menos una chica
jovencita en edad de arreglarse para gustar a los chicos, maquillarse, que si
falditas, el pelo bien peinadito... la coquetería, en definitiva. Yo no llevaba
ni pendientes (y el pelo me lo cortaba yo). Conclusión: yo no era femenina.
Algo había ahí.
Por otra parte, yo vivía una situación de maltrato psicológico y físico por
parte de una persona que no voy a mencionar porque no viene al caso. Además no
tenía nada que ver con el Camino. Esa situación de abuso y vejación venía ya de
tiempo atrás. Se trataba de un hombre. Esto lo subrayo porque también es
importante para la interpretación que los catequistas iban a hacer de mi vida.
Por supuesto, salió que yo me rebelaba ante esa situación, era un auténtico
sufrimiento intenso y mantenido, no era cosa de un día o de dos. Yo vivía
continuamente atemorizada, sabiendo que otra vez volvería a sufrir pero sin
poder escapar ni controlar nada.
Es necesario aclarar que en aquella época en España de eso no se hablaba, era
un tabú, algo que quedaba en la más estricta intimidad. Ahora la sociedad está
concienciada de que esas cosas deben ser denunciadas. Pero entonces no. No podías
hablar con nadie de ello, eso se escondía. Era esa filosofía de "por algo
será", "algo habrás hecho". El sentimiento de culpa era
devastador.
Total, que siguiendo esa línea, me preguntaron si yo amaba a esa persona a
pesar del daño que me hacía. Yo respondí que no. Era obvio. Me preguntaron si
entonces salía juicio de mi corazón. Pues sí, claro, era lo más normal, no?
Ahora paso a las conclusiones que hizo mi catequista -iluminado por el espíritu
santo e contrabando- y las correspondientes sentencias para poder continuar en
el Camino.
Sentencia 1:
Tú no amas a tu enemigo, tienes que amarlo como Dios te ama a ti. Con tus
pecados, tú maltratas a Jesucristo y Él te ama sin límites, tú eres su enemiga
y da la vida por ti.
Tienes que pedir perdón a esa persona que te hace eso y decirle que no lo
aceptas, que lo juzgas cuando te maltrata, pero que Jesucristo es fuerte para
convertir mi corazón de piedra. Que Él me invita a amarlo en la dimensión de la
cruz con un amor que no conoce el mundo, bla, bla, bla...
Tardé un año y pico o dos en poder cumplir esto que mis catequistas me mandaban
en nombre de Dios y de la Iglesia, pero como me habían preguntado si lo iba a
hacer, si les obedecería, y yo dije que sí, pues pude pasar los Segundos
Escrutinios.
Hacer lo que me habían ordenado para poder seguir a Cristo era algo que me
resultaba imposible y todos y cada uno de los días que iban pasando sin que yo
lo cumpliera era como escuchar en mi mente que yo no amaba a Dios. Y que si
Dios no me amaba entonces solo me esperaba que me echasen al fuego eterno,
porque fuera del Camino en el que precisamente Dios me había puesto solo
existía la muerte, el infierno.
El día D lo elegí por pura desesperación. Ya no podía más con esa tortura
mental. Era mejor un rato de infierno que el infierno eterno.
Cuando tuve a esa persona cerca, decidí empezar a caminar hacia él. Estaba
paralizada, las piernas no me respondían. Los brazos y las manos se movían
descontroladamente, como haciendo espasmos. La cabeza igual. La boca seca y temblando
no me dejaban articular ni una palabra. Me eché a llorar cuando lo tenía a
medio metro. Le dije todo lo que me ordenaron. Me moría de miedo. No sabía si
me iba a meter un guantazo que me tirase al suelo. Era algo tan irracional, tan
contra natura, que era como si el tiempo se hubiera detenido. No veía,
literalmente. Ni siquiera lo veía ya a él. Creo que era del puro pánico.
No me pegó, se limitó a descojonarse de mí, a insultarme, a humillarme, pero no
me pegó. Un milagro gracias a haber confiado en Dios. Así lo entendí yo.
Por cierto, los catequistas me dijeron que tenía que pedirle perdón de ahí en
adelante cada vez que lo odiase y lo juzgase en mi corazón, porque
evidentemente yo era una soberbia que me creía mejor que esa persona, por tanto
mi humildad vendría de reconocer ante esa persona, siempre que fuera necesario,
que por mis pecados yo le juzgaba y no le amaba.
CADA VEZ QUE RECUERDO ESTO SIENTO MUCHA RABIA. LA IGLESIA NUNCA ME HABRÍA
HABLADO ASÍ NI ME HABRÍA IMPUESTO ESE "CASTIGO" EN NOMBRE DE DIOS
PARA MI CONVERSIÓN
Sentencia 2:
No eres femenina y odias a un hombre por lo que te hace. El
demonio te está poniendo por delante la figura de la autoridad, la figura
masculina, como algo horrible que tú no aceptas. Conclusión: eres lesbiana porque
rechazas a los hombres porque a todos los vas a ver siempre como maltratadores.
Por eso no eres femenina ni te arreglas y vas con esas pintas. A partir de
ahora tendrás que venir a las celebraciones maquillada, con falda, con bolso,
zapatos de tacón, etc. Además vamos a comprobar si lo haces porque te vamos a
ver por la parroquia (a veces alguno de ellos venía a darme la paz en la
eucaristía y me miraba las orejas a ver si llevaba pendientes).
Como es lógico, me levanté de aquella silla con el corazón destrozado. Yo
odiaba ir vestida como una señora de sesenta años, me avergonzaba salir así a
la calle para ir a clase, etc. Pero a eso ahora tenía que sumar que parecía una
lesbiana, una marimacho. ¿Cómo podían ponerme como condición para poder seguir a
Cristo que llevase pendientes si no tenía ni para ir en metro al instituto?
¿Zapatos de tacón, bolso, maquillaje, ropa femenina de chicas de mi edad...? Yo
no podía hacer eso... ¿dónde lo regalaban?
O sea, que por un lado resulta que el mismísimo Dios nos había embargado la
casa y todos los bienes familiares para hacernos caer el ídolo de no sé qué.
También el mismísimo Dios había matado a mi hermano para que buscásemos la fe
porque de otro modo no reaccionábamos, no nos convertíamos. ASÍ TAL CUAL LO INTERPRETARON
Y LO DIJERON EN PÚBLICO.
Y resulta que ahora Dios quería que me comprase todo eso -no pudiendo- para ser
su discípula. Tendría que hacer el milagro de los panes y los peces, pero con
pendientes y faldas y todo lo demás. Yo creía en que los catequistas estaban
iluminados por el Espíritu Santo. Por tanto, yo no podía seguir a ese Dios que
me pedía cosas así. No entendía a Dios, la verdad. A ese Dios, no.
Así que mis segundos escrutinios sirvieron para multiplicar exponencialmente mi
autoestima negativa hasta el menos infinito, mis sentimientos de culpa, mis
diarreas mentales de que entonces los maltratos eran para mi conversión, que
era algo querido por Dios para que experimentase cómo tiene que amar de verdad
un discípulo de Cristo.
Encima mi hermano tuvo que morirse siendo un niño de 9 años porque ni mi
familia ni yo nos enterábamos de que Dios me llamaba. Más sentimiento de culpa
y más odio a mí misma...
Y suma y sigue.
UN DESTROZO QUE MARCARÍA MI VIDA PARA SIEMPRE.
UNAS INTERPRETACIONES EN NOMBRE DEL CAMINO, O SEA, EN NOMBRE DE SU DIOS,
TOTALMENTE ALEJADAS DE LAS ENSEÑANZAS DE LA IGLESIA Y DEL DIOS VERDADERO.