Empecemos por el lenguaje. Hay términos que funcionan como candados: una vez pronunciados, prohíben seguir hablando. Toda organización coercitiva los colecciona —"obediencia", "humildad", "lealtad", "unidad"— y la más eficaz de la colección es "perdón".
El mecanismo es de una sencillez pavorosa. A la víctima que empieza a nombrar su dolor se le dice: debes perdonar. Y se añade el candado moral o teológico: si no perdonas, el problema eres tú (estás en pecado, estás resentida, estás anclada en el pasado). En una sola frase se ha conseguido todo: la víctima ya no habla de lo que le hicieron, habla de lo que ella no consigue hacer. El foco se ha desplazado del verdugo a la víctima. El interrogado ya no es el agresor: es el agredido, sometido a examen permanente sobre la calidad de su perdón.
Es algo tan obvio que podría entenderlo un niño pequeño: es como si a quien acaba de ser atropellado le preguntáramos, tirado aún en el asfalto, si ya le ha dado un regalo al conductor. Y le dijéramos que, hasta que no se lo dé, el malo es él.
La psicología: lo que el perdón exigido le hace a un ser humano
La psicología del trauma es clara en su punto de partida: la recuperación de una víctima exige, ante todo, un respeto exquisito a sus sentimientos y a su voluntad. Exige seguridad, validación y tiempo. Y exige algo esencial: que su rabia sea reconocida como legítima.
Porque la rabia de la víctima no es una enfermedad ni un pecado: es un sistema de alarma que funciona correctamente. Es la parte sana de la persona diciendo "esto que me hicieron estuvo mal". La indignación tras el daño cumple la misma función que el dolor físico tras la quemadura: señala, protege, orienta. Apagarla a la fuerza no cura nada; solo deja a la persona sin brújula dentro de su propio sufrimiento.
Exigir el perdón de forma prematura ataca exactamente ese punto. Le dice a la víctima que su alarma es el problema. Que su rabia la degrada. Que su dolor, si dura, es un fallo moral suyo. La literatura sobre grupos coercitivos tiene un nombre para esta operación: inversión de la culpa. El grupo daña y el dañado se examina. Es la firma psicológica de toda relación de abuso, individual o colectiva: el maltratador nunca pregunta "¿qué te hice?", pregunta "¿por qué sigues así?".
Y hay algo más. El agresor pone sobre la víctima una carga que ella no eligió y que, con frecuencia, tendrá que aprender a llevar durante toda la vida. Superar es a veces una palabra demasiado grande; convivir es la palabra honesta. Pues bien: la exigencia de perdón añade una segunda carga sobre la primera. A quien ya lleva la piedra del trauma se le cuelga además la piedra de la culpa por no perdonar. Doble peso, mismo hombro. Y quien cuelga la segunda piedra suele presentarse como acompañante, pastor o terapeuta del alma.
Digámoslo con claridad: un perdón exigido no es perdón; es sumisión con nombre piadoso. El perdón real —cuando llega, si llega— es el final libre de un proceso, nunca su condición de entrada. Confundir el fruto con el requisito es, en términos psicológicos, revictimizar.
La sociología: a quién sirve el perdón administrado
En toda operación social conviene preguntarse quién gana. Sigamos el rastro del perdón institucional, paso a paso.
Gana el agresor. Su petición de perdón —a menudo escenificada por él mismo— le tranquiliza la conciencia, le rebaja la condena social y, bien administrada, le aleja de la penal. Obsérvese un fenómeno constante: el agresor no suele huir del perdón; corre hacia él. Lo convoca, lo escenifica, lo administra. Elige el escenario (la comunidad, no el juzgado), elige el público (los suyos, no un juez), elige el idioma (la falta moral, no el delito). El perdón administrado por el propio ofensor es el único tribunal donde el acusado dicta la sentencia de su caso. Por eso lo prefiere a cualquier otro.
Ganan los mandos intermedios. Durante décadas se ha dicho que el problema de las instituciones religiosas era el clericalismo, y hemos imaginado sotanas. El clericalismo no es un asunto de ordenación: es un asunto de poder. Dale a cualquier persona —consagrada o laica— autoridad sobre las conciencias de otras, y ante el escándalo reproducirá el mismo gesto con fidelidad absoluta: protegerá al de arriba, sacrificará al de abajo y llamará a eso lealtad, prudencia o fidelidad a Dios. No defiende a un hombre: defiende la estructura de la que depende su pequeño poder. Si cae el agresor, se agrieta el sistema que lo hizo "responsable" de algo. Y para no caer el sistema mismo sacrifica a la víctima. La sociología de las organizaciones lo constata en iglesias, partidos, familias, empresas y federaciones deportivas: la estructura se protege a sí misma con las manos que tenga disponibles.
Gana la institución. El perdón colectivo y ritual —el comunicado solemne, el acto penitencial, la página que se pasa— transforma un escándalo criminal en un capítulo espiritual ya cerrado. Es el lavado de imagen perfecto, porque se ejecuta con el vocabulario de las víctimas y en nombre de los valores más altos. La institución que "pide perdón" sin abrir archivos, sin apartar responsables y sin reparar a nadie no está haciendo penitencia: está haciendo manipulación.
Pierde la víctima. Se queda con su carga, con su alarma desactivada a la fuerza, con su comunidad cerrando filas al otro lado y con la sospecha añadida de ser ella la que "no sabe pasar página". La comunidad que debía ser refugio se convierte en guarida. Y las guaridas no protegen al herido: protegen al animal que se esconde en ellas.
¿En qué se convierten un sacerdote que abusa de un menor y quienes lo encubren?
Descodificador: qué significa cada frase
Las palabras suenan a una cosa y nombran otra. Descodifiquemos las fórmulas más repetidas del perdón administrado:
· "Debes perdonar": suena a sabiduría; nombra una orden que clausura el proceso de curación antes de que empiece.
· "Pedimos perdón" (en boca de la institución): suena a arrepentimiento; nombra una operación de imagen mientras no incluya verdad, justicia y reparación.
· "Fue algo ajeno a nosotros, un mal externo": suena a explicación, pero es cinismo puro y una manera perversa de eludir responsabilidades.
· "Busquemos la justicia divina" (o "resolvámoslo internamente"): suena a elevación; nombra la exigencia de que la víctima renuncie a la justicia humana, la única que el agresor teme.
· "Si no perdonas, el problema eres tú": suena a diagnóstico; nombra un chantaje que convierte el dolor de la víctima en culpa de la víctima.
· "No juzguéis": suena a Evangelio (Mt 7,1); nombra la prohibición de señalar delitos, aplicada siempre al débil y nunca al poderoso.
· "Todos somos pecadores" (o "nadie es perfecto"): suena a humildad; nombra la disolución del delito concreto en un océano de culpa genérica donde el agresor y el agredido quedan misteriosamente igualados.
Este último punto merece más extensión. "Todos somos pecadores" es la gran lavadora moral. Si todos somos pecadores, nadie es criminal. Si nadie es criminal, no hay tribunal, hay confesionario. Y del confesionario se sale absuelto, recolocado y con la imagen intacta.
La distinción que lo cambia todo: falta y delito
Aquí está el corazón del problema, y hasta que no lo separemos caeremos una y otra vez en la trampa.
El pecado —la falta moral— pertenece al orden de la conciencia. El delito pertenece al orden de la justicia. El pecado se confiesa; el delito se denuncia. La falta la perdona quien la sufre o la absuelve Dios; el delito lo juzga un tribunal en nombre de todos. Son dos planos distintos, y las instituciones llevan siglos ganando tiempo e impunidad con su confusión deliberada.
Porque cuando un delito se trata como falta moral, ocurren tres cosas, siempre las mismas. Primera: el proceso se vuelve secreto, porque la conciencia es secreta (la reunión discreta sustituye a la denuncia pública). Segunda: la reparación se vuelve simbólica, lágrimas, gestos y propósitos de enmienda donde correspondía un procedimiento con consecuencias. Tercera, y decisiva: la víctima desaparece del procedimiento, porque en el tribunal de la conciencia solo hay dos actores, el culpable y su Dios (o el culpable y su institución). La víctima no tiene silla en ese despacho. Nunca la tuvo.
De aquí se sigue la conclusión central de este estudio: un delito no es susceptible de perdón o no perdón; es susceptible de justicia. Que la víctima perdone o no perdone es soberanamente irrelevante para lo que la sociedad —y la propia comunidad creyente— debe hacer con el delincuente. Preguntarle a una víctima por su perdón antes que por su denuncia es mezclar los planos. Y en esa mezcla, muchas veces sin querer, la revictimizamos.
Que la víctima perdone o no nunca fue el tema. El tema es que alguien le puso una carga encima, y que esa carga tiene un autor y unos responsables.
La religión: el perdón del Evangelio no es este
Jesús nunca, ni una sola vez, le exige el perdón a una víctima reciente. A los heridos los cura, los abraza, los pone en pie, les devuelve la dignidad delante de todos. La exigencia la reserva para los fuertes: para los que atan cargas pesadas y las echan sobre los hombros de los demás sin mover un dedo (Mt 23,4). Para las estructuras que cuidan su fachada mientras dentro hay muerte tiene una palabra exacta: "sepulcros blanqueados" (Mt 23,27). Y para quien escandaliza a los pequeños, la frase más dura que salió de su boca: más le valdría una piedra de molino al cuello (Mt 18,6).
Repárese en un detalle que lo resume todo: la piedra de molino y el setenta veces siete están en el mismo capítulo del mismo evangelio. Mateo 18. La institución cita siempre el segundo versículo y jamás el primero. Que cada cual saque sus conclusiones sobre quién edita el Evangelio y para qué.
Lo sagrado, en el Evangelio, son las personas. Cuando una estructura decide que lo sagrado es su imagen, podrá seguir llamándose religiosa, pero ha cambiado de religión: ya no adora a Dios; se adora a sí misma.
Devolver el perdón a su dueño
El perdón es un tesoro. Por eso lo robaron. Convertido en obligación, en examen y en cortina de humo, lleva siglos sirviendo para someter conciencias, acallar víctimas y blanquear atrocidades. Repensarlo no es rebajarlo: es rescatarlo.
Repensar el perdón significa tres devoluciones. Devolverlo a su dueña: solo la víctima puede perdonar, cuando ella quiera y si ella quiere. Devolver el delito a la justicia: lo que es delito se denuncia, se investiga y se juzga, y ningún rito lo sustituye. Devolver a la comunidad su tarea verdadera, que nunca fue preguntar por el perdón sino algo más humilde y más exigente: creer a la víctima, nombrar el delito como delito, colaborar con la justicia y decir la verdad aunque duela, y sostener al herido todo el tiempo que haga falta, sin ponerle plazos ni deberes espirituales. Ser refugio, no guarida.
La única pregunta legítima ante alguien que carga con un peso que otro le puso encima no es "¿ya has perdonado?". Es la pregunta de quien se acerca de verdad: "¿Quieres que te ayude a llevarlo?" Todo lo demás —el calendario del perdón, la contabilidad del rencor, el examen de la rabia, las ceremonias que el ofensor organiza para perdonarse a sí mismo— pertenece a los que atan fardos. Y a esos, el Evangelio ya les dijo lo que tenía que decirles.

Ahora imagínate que te manden a pedir perdón a la tumba de tu agresor porque lo que desatas en la tierra lo desatas en el cielo y así mágicamente le concedes la salvación al alma de aquel.
ResponderEliminarA mi ex novio le tocó ir a pedirle perdón a su papá en la tumba por juzgarlo por haberlo abandonado.
A mi hermana le tocó ir a pedir perdón en la tumba de su abusador por haberlo juzgado.
Mantras muy kikos, eso de que lo que desatas en la tierra y bla bla supuestamente es un tiquete para tu salvación porque te hace buen cristiano perdonar y pedir perdón por juzgar.
EliminarA la víctima le preguntan si ya ha perdonado, pero al verdugo le alaban su pecado y le dicen ánimo que vais bien, esta es la miserable praxis dentro de las comunidades de la secta camino neocatecumenal!
ResponderEliminarEl perdón como estrategia de manipulación, hace poco alguien del camino me ha comentado que los segundos escrutinios le han servido bastante porque al volver a mirar su historia con la mirada de Cristo ha podido enfrentar uno de sus mayores complejos en la vida porque miró sin miedo y ha podido perdonarse y perdonar a quién le haya causado daño, sin embargo, sufre de ansiedad y depresión, va al psicólogo quién le recomienda que se tome un respiro del camino y de las ideas que allí le meten porque está guardando una emoción la cual está saliendo a través de otras formas como la depresión.
ResponderEliminarMe hace pensar en mi hermano, que tiene un terreno psicologico muy fragil.
EliminarEs muy fiel al kamino, no falta nada, se pasa el tiempo en cosas cristianas, hizo todo lo que se lo decían en los eskrutiños. Mientras kamina desde los 13 años, se ha vuelto bipolar a los 20. esta persuadido de que el kamino le salvó la vida.
Pero nunca he visto a alguien más obsesionado con su "historia", sus sufrimientos de juventud, etc... está completamente encerrado y esclavo de todo eso, y nos hace la vida imposible a los otros miembros de la familia por sus obsesiones, sus rencores sin fin y su violencia, escondidos detras del barniz de "perdon". Me juzga enormemente porque he dejado el kamino con mi marido. El se cree muy buen cristiano y lo hace todo con espiritu legalista.
Estuviera mucho mejor con una buena terapia (que nunca hizo)y más ocio.
El kamino te hace enfermo, mientras te mantiene en la ilusion de que te está sanando.
No aporta nada que puede realmente ayudar a alguien psicologicamente. Uno se queda marineando en sus problemas, con la culpabilidad por encima.
Lo que es el colmo cuando lo que te venden es la sanacion de tu historia y la felicidad "gratis" etc.
La bipolaridad es una enfermedad mental mayor. Es difícil atribuir su aparición exclusivamente al cnc, pero desde luego poco bien le hace el camino a alguien con esa enfermedad.
EliminarPues por eso se inventan el cuento de la cruz gloriosa, para hacerte adicto al sufrimiento y para generar sufrimiento donde no lo hay, por eso dentro de su praxis enseñan que el otro es tu enemigo, que eres pecador y jamás vas a dejar de serlo.
EliminarA mi me pasa con mi padre que en sus eukas y en su komunidad es un hombre alegre, jovial y sociable, pero a sus hijos nos desprecia porque le enseñaron a no hacer de sus hijos una idolatría y que somos un sufrimiento, somos 6 y lo que no entiendo es para que les dicen que se abran a la vida si es para odiar a sus propios hijos, entonces los hijos crecen y deben entrar a la komunidad por mandato kikino porque están traumatizados y deben sanar la historia solo a través del kamino a la nad y en los primeros te mandan a pedirle perdón a tu padre por juzgarlo, pero él no nos ha pedido perdón por su violencia y su desprecio, la idea es que la víctima sea revictimizada y el verdugo sea alabado y aumente su pecado
8:37 no me he expresado bien si se entendía que atribuía la bipolaridad de mi hermano al cnc. Como dices, es una enfermedad compleja que tiene varias causas serias.
EliminarPero quería poner el acento en el hecho de que el está persuadido de ser en el buen camino de sanacion -por eso desprecia los medidos eficaces para vivir mejor- mientras está claro que el kamino le hace más daño que bien, si ni siquiera puede cumplir su promesa mas basica de darle un poco de paz y en contrario le mantiene en el sufrimiento y el juicio.
En mi comunidad caminaba un bipolar esquizofrenico aunque era una enfermedad de nacimiento practicamente, en la comunidad lo sacaban de quicio juzgandolo por todo.
EliminarLos psiquiatras le aconsejaron no ir a la kikomunidad.
Claro que esto no fue del agrado de kikotistas y toda la parafernalia kikina, que le dijeron que habia que obedecer a Dios antes que a los médicos.
El tipo terminó divorciandose y kikonides le echaba en cara su pecado.
Cuando mencionas que alguien te hizo mal, eres un "justiciero". Ese es un mecanismo para frenar el pensamiento y revertir la culpa.
ResponderEliminarEn las rondas empiezan "hermano perdóname pero te tengo un juicio" y a veces no es un juicio sino una realidad que causa sufrimiento en aquel que empieza pidiendo perdón.
ResponderEliminarcuando yo asistía a la secta era el blanco en las rondas, no iba muy seguido pero cada que aparecía a una convivencia me decían "te pido perdón pero..." y aquí venían las peores humillaciones que jamás había recibido y jamás me metí con nadie de la comunidad en hechos concretos no me gustaba preparar porque duermo temprano, me llegaron hasta acusar de prostituta y fiestera drogadicta solo por no salir en las noches a dejar mi tiempo en las preparaciones, cuando le manifesté a un cura lo que estaba pasando me dijo que debía pedir perdón a la comunidad por no tripodear como se debe, pero a los injuriadores no, esas rondas de experiencia fue lo que me sacó de ese lugar.
EliminarNo hay que defenderse del mal. Por lo tanto si alguien te dice algo en el camino, es necesario soportarlo humildemente, ya que el otro es tu hermano que te corrige con amor en la “dimensión de la cruz”. Hay que dejarse decir las cosas, aunque sean prejuicios, sentimientos, etc., porque así va muriendo nuestro yo, este yo diabólico que todos tenemos, construido socialmente.
EliminarJesucristo en su juicio habló.
EliminarEso de "no defenderse" es relativo.
Es sarcasmo kikil
EliminarKikonides es un gran chiste lleno de sarcasmos y pregones raros
EliminarEso se conoce como destrucción de un orden a través de un conflicto que en resumidas cuentas es cuando una estructura social (komunidad) colapsa debido a tensiones internas o externas que estallan en un enfrentamiento. Este fenómeno se explica principalmente a través de la dialéctica histórica, la cual sostiene que un orden existente genera sus propias contradicciones resultando en un conflicto que destruye el antiguo sistema para dar paso a una nueva realidad.
EliminarEn resumidas cuentas eso de que muera nuestro yo diabólico es simplemente una artimaña más del kikismo para manipular tu conciencia, primero te hacen creer que eres del demonio y empiezan a patear la bolsa llena de animales dormidos para que haya peleas y así se crea una nueva personalidad manipulable entre los captados.
El "Kikomino" funciona como "terapia de grupo" pero al estar conducido por laicos sin preparación alguna en temas de salud mental, todo se vuelve peor que antes.
ResponderEliminarLos enfermos de salud mental son objeto de burla, mofa y son el hazmerreir en las komunas.
Lo del perdón es una estrategia burda de control mental y manipulación.
El responsable que tenía ni perdón pedía a menos que lo acorralaras y encima la "tía" de la comunidad lo defendía. Ya hemos hablado de la figura de la "tia" muy similar a la "capitana feminista".
Este responsable, amparado y protegido por kikotistas, se la pasaba vilipendiando gente en las convivencias.
So pretexto de ponerte en la verdad, tienes que aguantarte opiniones disfrazadas de "consejos". Como una "capitana feminista" que queria ponerme saco y corbata. Locuras así son comunes en las mal llamadas "convivencias".
Con sus laudes largos, desperdicio mi domingo en esa inutil reunion donde simplemente te tienes que aguantar a gente peleando por componer el mundo. Porque el kikomino hace eso: enemista a la gente, fomentando que la comunidad sea un campo de batalla donde te dicen de todo, muchas veces sin coherencia alguna.
En resumen son formas de manipular a la gente. Al final las comunidades todas son controladas por laicos.
Que tiene de malo ser privado? al kikomino no le gusta.
Dios perdonó al rey David por matar a Urías y acostarse con Betsabé, pero no lo libró de las consecuencias de sus actos y lo castigó con la muerte de su primogénito y la constante matanza entre sus hijos.
ResponderEliminarCuando Dios mandó a su profeta a David, le dijo que era un pecador. Cuando manda su profeta a los catequistas, dicen que si hacen algo malo es porque Dios lo permitió para tu bien. Gran diferencia.
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