«Entonces se fueron los fariseos y consultaron cómo sorprenderle en alguna palabra. Y le enviaron los discípulos de ellos con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres amante de la verdad y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie porque no miras la apariencia de los hombres. Dinos, pues, ¿qué te parece? ¿Es lícito dar tributo a César, o no?
Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo.
Y ellos le presentaron un denario.
Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen y la inscripción?
Le dijeron: De César.
Y les dijo: Dad, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».
Mt 22, 15-21
Este año, la homilía sobre este Evangelio fue de sobresaliente. Nunca nadie me lo explicó mejor.
Y quiero compartir lo aprendido entre los religiosos de misa de 9 de la mañana, que es algo que jamás escuché en el Camino.
Para empezar, en la Judea de Jesús había un sistema monetario mixto que reflejaba tanto el control romano del comercio como la resistencia cultural judía. Se empleaban denarios y otras monedas romanas en los impuestos y el comercio con el exterior, y monedas locales como el shekel (siclo) en los intercambios entre vecinos, las ofrendas y los tributos religiosos. Entre estos últimos, en la época de Jesús el siclo de Tiro era la moneda de plata más común en la región, especialmente para el pago del tributo del Templo.
Había una razón muy obvia para que estuviese prohibido introducir denarios en el Templo de Jerusalén.
Su mensaje.
En la época de la predicación de Jesús, el emperador romano era Tiberio. Y a los historiadores les ha resultado muy fácil saber cómo era su moneda porque, frente a otros emperadores que cambiaban el diseño de los denarios cada poco tiempo, Tiberio lo mantuvo inalterable, con ligeros cambios que mostraban el envejecimiento del emperador y poco más, pero siempre con el mismo mensaje cargado de simbolismo.
En el anverso de la moneda, la cabeza laureada de Tiberio mirando hacia la derecha, acompañada de la inscripción “TI CAESAR DIVI AVG F AVGVSTVS”, que viene a decir “Tiberio es César, hijo del divino Augusto, Augusto”, lo que identifica a Tiberio como heredero legítimo del poder imperial.
En el reverso, una figura femenina sentada en un trono sostiene una rama de olivo y un cetro. Algunos la identifican con Livia, madre del emperador, y otros creen que representa a Pax, la diosa de la paz. Podría ser una imagen alegórica de la Paz representada por Livia. La inscripción “PONTIF MAXIM” reafirma el papel de Tiberio como Sumo Pontífice, el máximo líder religioso del Imperio.
Así pues, el denario de Tiberio no solo fue un medio de pago en la economía romana, sino también una herramienta de propaganda que declaraba a Tiberio divino y, por ello, suma autoridad religiosa.
En suma, una blasfemia para los creyentes judíos. Meter un denario en el Templo habría sido tentar a Dios, porque habría sido aceptar como válido algo de uno que se las daba de divino y también porque Dios había prohibido hacer representaciones humanas, y en la moneda estaba el rostro de Tiberio.
Por eso a las puertas del Templo había mesas de cambistas para que los fieles se deshiciesen de los pecaminosos denarios y los sustituyesen por aceptables siclos de plata con los que pagar el tributo debido al Templo.
Porque esa era otra. Con la dominación romana los impuestos se habían multiplicado para la población. Tenían que pagar a los romanos, pero también tenían que cumplir con el Templo.
En este marco social, unos listillos se acercan a Jesús, le dan un poco de jabón y le hacen una pregunta intencionadamente confusa. ¿Es lícito pagar tributo al César, o no?
Jesús se indigna y lo que contesta es ¿Por qué me tentáis? Y a continuación pide ver la moneda del tributo.
La moneda del tributo.
Repito, para los judíos creyentes, la única moneda válida para el tributo del Templo es el siclo, pero a Jesús le presentan un denario, con la efigie del emperador del momento, con la leyenda de que es hijo del divino Augusto, que él mismo es augusto y que además es el sumo pontífice de la religión oficial del imperio.
No podía estar más clara la respuesta. Esa moneda no era válida para Dios. Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

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