Carmen prosigue la lectura:
«Nuestro episodio está situado al final del ciclo de Jacob y Esaú, que es útil recorrer desde el principio, al menos en sus líneas generales, para trazar el conflicto entre los dos hermanos con su carga de contradicciones. El nacimiento de Jacob está descrito en Gn 25,19-27, y llama la atención inmediatamente cómo desde el principio su existencia está indisolublemente ligada la de su hermano Esaú. Los dos son gemelos, concebidos juntos.
Este texto, por un lado, nos pone frente la inaudita gratuidad de estos nacimientos, puro don del Señor de lo imposible, que oye la oración y hace fecundo el seno de una madre estéril, una gratuidad aún más estupenda por la sobreabundancia: Habría bastado un hijo, pero en el seno lleva dos hijos. Por otro lado, es justamente esta sobreabundancia y generosidad de hijos lo que se transforma rápidamente en ocasión de combate, de competición y de lucha. Lo que por parte de Dios es un don se percibe de diferente manera por parte de los hombres que no saben vivir la diversidad de sus vidas en la comunión, sino que piensan que la propia identidad exige el afirmarse en detrimento de la del otro. Con el relato de estos dos hermanos gemelos, que aún antes de nacer luchan en el seno materno, pelean y se molestan recíprocamente, la Biblia anuncia “el misterio del otro”, el problema actual y de siempre, el aprender a compartir la única tierra que es de todos porque pertenece al único Dios, no en competencia los unos con los otros, prevaricando y destruyéndose mutuamente, sino acogiéndose y amándose.
Jacob más que Esaú es el hermano (Gn 25,26), es decir el que no posee ninguna autonomía propia y, desde su nacimiento, está agarrado al primogénito, lo tiene en su puño agarrándole el talón. Por eso fue llamado Jacob: La etimología de su nombre está explicada por la imagen irónica de agarrar el talón. Hay aquí un juego de palabras entre "aqev" (que significa talón) y "Ya-aqov" como si se dijese: "Fue llamado Jacob, porque le ponía la zancadilla su hermano". En Gn 27,36 hace derivar el nombre del verbo "aqav" que significa "talonear o suplantar". En este contexto en que se relata el engaño con que Jacob arrebataba la bendición que correspondía por derecho al primogénito, Esaú exclama: "¿Quizá porque se llama Jacob me ha suplantado ya dos veces?".
Jacob es, pues, por definición "el suplantador", el "zancadilleador" de su hermano. Sabemos que para la mentalidad semítica el nombre era otra cosa muy distinta a un sonido convencional; más bien expresaba la realidad esencial, contenía algo de la naturaleza de la persona que llevaba ese nombre. Jacob, en su nombre, lleva la realidad de su ser; está señalado como el suplantador, el embrollón, el prevaricador de su hermano. Y está obsesionado por su hermano, al que permanece agarrado en la definición de su propio nombre, en una relación de competición, de lucha y de odio».
Sabiendo esto que para Israel es importantísimo -ahora entenderéis los profetas y todo- hasta para llamar los profetas a Israel a conversión dicen que todo hermano engaña, y para ellos la palabra es “jacobear”. O sea, que igual que Jacob es este pueblo.
«Nace agarrando el talón de su hermano, así que, si el recién nacido Esaú hubiera podido hablar, le hubiera dicho: "¡Déjame!", como el hombre misterioso contra el que luchará de adulto en el vado de Yabboc (Gen 32,27).
Esta parece ser la tara psíquica y moral que pesa sobre la conciencia del patriarca. No podrá reposar tranquilo; donde quiera que vaya será constitutivamente "el que engaña su hermano". La tradición profética, de hecho, retendrá de él sobre todo esta imagen negativa (cf. Is 43,27). En Jr 9,3 el profeta, condenando la corrupción moral de Judá con la expresión hebrea: "Kal-achaqov ya qov" (que se podría traducir: Todo hermano está especializado en engañar -jacobear-), parece hacer alusión al nombre de Jacob en su papel de suplantador o de taloneador. Véase también Sal 1,10; 49,6, Os 12,3-4, Jn 1,47, donde Jesús, propósito de Nataniel, al que ha visto bajo la higuera, exclama como si se tratase de algo inaudito: "Ahí tenéis un israelita de verdad (Jacob recibirá el nombre de Israel), en quien no hay engaño" (dolos).
La hostilidad entre Jacob y Esaú recuerda a aquella entre Caín y Abel que concluye con el fratricidio. El pecado contra el hermano, que no es aceptado en su diversidad hasta ser eliminado es el aspecto que la narración patriarcal intenta reemprender con el asunto de Jacob y Esaú para manifestar cómo la relación hostil de los hermanos es restaurada por el Señor, que enseña como reabsorber el odio para que florezca el amor».
Esto es lo que vamos a ver hoy que es donde yo quiero centrar la celebración de la Reconciliación, cómo salir del odio, cómo salir de la rivalidad, cómo salir verdaderamente de ti mismo; esto es lo que Dios va a mostrar con esta revelación de la palabra de Jacob.
«En la relación con el
hermano se cuestiona la verdad de su propia identidad. En el relato, Jacob
tiene que dejar el país prometido por Dios a sus padres a causa del odio de su
hermano que quisiera matarlo para vengarse. Tendrá que quedarse en Jarán, etc.
El misterio terrible de la presencia de Dios envuelve la existencia de Jacob,
sobre todo en su salir y entrar de la tierra prometida. Ambos movimientos están
condicionados por la relación de Jacob con su hermano; ¿había huido por el odio
de su hermano o también quizá porque no era posible vivir en la tierra
prometida mientras odiaba?
Ahora bien, la posibilidad de volver al país está de nuevo condicionada por el hermano que allí habita. El hermano es el paso obligado, el puente humano construido en el Jordán para poder entrar en la tierra prometida».
O sea no puede entrar en la tierra prometida, en la paz, en la vida eterna, en la presencia de Dios sin reconciliarse con su hermano. Como ve que eso es imposible porque su hermano sale a matarlo y él está aterrorizado, ¿quién podrá hacer eso? Que es lo que nos pasa todos: en las comunidades, en la familia, en las naciones, en todas partes es lo mismo: LA ALTERIDAD DEL OTRO.
La primera vez que yo conocí Kiko en un barrio de Palomeras, jovencillo y tal, yo venía ya de Israel con una serie de experiencias, me dijo que había tenido una visión y dije: ¡uy, éste cómo está! De buenas primeras, sin conocerme de nada, me cuenta sus visiones, dice que la Virgen le había dicho de formar pequeñas comunidades donde el otro es Cristo. Pues este OTRO -que él todavía ni lo entiende- es el problema que se nos va a presentar aquí y que nos va a servir hoy. El otro. ¿Quién es el otro?
Quizá el fallo por el que los frutos del CNC son agraces es que, debido a su manía de considerar a todos subhumanos, todavía no han descubierto quién es el otro.





