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La consigna de este año en el anuncio publicitario de Cuaresma ha sido clarísima y nada novedosa, a saber, que todo el que deja la comunidad es porque ha sido engañado por el maligno. El abandonador puede pensar que no ha sido por eso, sino porque está harto de tomaduras de pelo, de bolsas, de injusticias, de desplantes y desprecios, pero si le parece eso es, precisamente, porque el demonio le ha engañado. Y sin la comunidad, todos caen en las garras de ese que engaña a los que se van.
En resumen, receta típica de secta: en el mundo reina el maligno y todos son hijos suyos menos los últimos y los peores, a quienes el consumo habitual de kikotina les preserva.
Traducción, va a ser que ni con el matrikikonio, imitación cutre del rito judío de la ketubá (y dudo mucho que los amados hermanos hebreos aprecien que se trivialicen sus tradiciones), evitan que muchos se liberen y no vuelvan más.
Lo cuenta a continuación un colaborador del blog:
Hace tres años me fui de la comunidad.
No fue un berrinche ni una pelea. Fue asfixia. Yo estaba viviendo con un clima interior de muerte: una angustia existencial constante, como si la fe se me hubiera convertido en una habitación sin ventanas. Me di cuenta de que, si seguía así, iba a perder algo esencial: la honestidad conmigo mismo y la paz. Así que me fui. No “contra” nadie. Me fui por supervivencia espiritual.
Después de salir, empezó otro capítulo.
No me quedé en la rabia ni en el chisme. Me puse a estudiar con seriedad, como quien se sienta a reconstruir su casa desde los cimientos: Biblia con método, teología digna, teología sistemática, y derecho canónico. Esos estudios no me hicieron menos creyente; me hicieron más libre. Me devolvieron lenguaje para nombrar lo que viví, y me dieron herramientas para distinguir entre Cristo y una estructura concreta, entre fe y miedo, entre conciencia y control.
En este tiempo mi esposa siguió en la comunidad. Eso ha sido muy difícil, dos mundos y dos visiones, no es fácil.
Hoy, 20 se febrero 2026, fui al anuncio de Cuaresma del Camino Neocatecumenal con mi esposa .
Fui por una razón simple: quería escuchar de primera mano cómo estaban contando el encuentro con el Papa León XIV. Yo ya había oído versiones, ya estaba enterado de cómo lo estaban “tratando” y reinterpretando, pero quería comprobar si era verdad. Entré sin ansiedad. Entré con paz. Entré con una conciencia adulta: no a la defensiva, pero tampoco ingenua.
Y me encontré con lo mismo.
No necesariamente las mismas palabras, pero sí el mismo mecanismo: el miedo como hilo conductor. Por un lado, la macarrónica "homilía" de la catequista italiana quien salió con la idea de que si escuchas “cosas raras” y te dejas engañar, el demonio te saca y “mañana no estarás aquí”; la duda presentada como peligro espiritual. Por otro lado, el Anuncio del presbikico instalando la infraestructura: obediencia a catequistas y a líneas, no defenderse, permanecer en el ritmo comunitario —Palabra, Eucaristía, convivencia, comunidad— como si eso fuera la garantía principal de estar bien.
Lo noté con claridad, pero ya no me hundió.
Porque hoy yo no entré con el miedo de antes. Entré con herramientas, con fe depurada, y con una certeza que estos tres años me han ido confirmando: yo no me fui de Cristo. Me fui de un modo de vivir la fe que me estaba quebrando por dentro.
Cuando terminó, salí en paz.
No con superioridad, no con ganas de pelear. Con paz y con una convicción serena: irme hace tres años fue lo más honesto que pude hacer. Y estar hoy ahí, escuchar, verificar, y poder irme sin que el miedo me gobierne… también es parte de mi sanación.
La Paz,
R.
«El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Romanos 14,17).

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