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| "Esposos espirituales" de turismo por Venecia |
Sabido es que Kiko no duda en sostener una cosa y su contraria en función de sus intereses. Y que la falta de coherencia se transmite a sus loros amaestrados.
Algunas veces la falta de racionalidad es sangrante.
Por ejemplo, en su esfuerzo por idear supuestas “virtudes heroicas” en la vida de categoría superior de la usualmente depresiva Carmen, no han dudado en presentarla como virgen consagrada, casada espiritualmente con “la misión”.
¿Qué misión?
La misión de kikotizar al mundo junto con Kiko.
Los cristianos de verdad no alardean de haber presuntamente recibido una misión divina a menos que la Iglesia lo refrende. Pero el kikismo es otra cosa y no consiente otro "refrendador" que no sea la caprichosa voluntad de uno muy sensible.
Así que, por las bravas y en plan autorreferencial, como siempre, los siervos neocatecumenales se dedican a declarar a Carmen virgen consagrada a la kikotización, a despecho de que ellos saben que Carmen jamás recibió tal consagración de parte de nadie. Al revés, el instituto misionero Misioneras de Cristo Jesús no la admitió a los votos perpetuos, quizá porque no le vieron intención de respetar un voto de obediencia, y ella se pilló un rebote y decidió reunir un grupo de amigas que la siguiesen a Bolivia o algún sitio parecido del otro lado del charco, pero sin votos ni envío de la Iglesia ni nada de nada, solo su proyecto personal ("No te proyectes, hemana").
Lo de las amigas tampoco funcionó y entonces se juntó con Kiko, otro que no tiene ninguna consagración encima. Total, que Carmen fue una seglar, sin más, igual que Kiko. Y además, dado que no tenía voto de pobreza, una seglar bien situada en el plano económico gracias a la herencia de su padre.
Pero, y aquí viene la gran incongruencia neocatecumenal, eso de ir por libre sin ningún compromiso formal, sin votos, sin consagración, sin renuncia a los bienes, a la familia y a los caprichos es algo que no se le permite a las jóvenes o no tan jóvenes neocatecumenales a las que seducen con la monserga de la orden de vírgenes consagradas… al kikismo.
Intentan vender que son mujeres que han discernido que su vocación es servir a la Iglesia por amor a Cristo, pero la verdad es que solo las quieren para chachear en semivacíos y atender a equipos kikinerantes. Son usadas por unos muy kikos como cocineras, limpiadoras, lavanderas, cuidadoras de niños y mayores… Su señor es el kikismo, viven sometidas a ello y solo a ello.
Y además a los más sensibles entre los kikistas les ha gustado tanto la idea del sometimiento vitalicio al kikismo que lo han extendido a las comunidades tunicadas, pues ese y no otro es el objetivo del matrikikonio espiritual, alias ketubá, término que es una apropiación ilícita de un rito judío.
Otra de las incoherencias más demoledoras es precisamente la rabiosa oposición a dejar el gueto para diluirse en la vida parroquial, tan rabiosa como para desear la muerte de un Papa antes que obedecer. ¿No dice Kiko que es perentorio convertir a la sociedad? ¿No sostiene que ya no quedan cristianos, que todos necesitan redescubrir su Bautismo? ¿No insiste en que en a las parroquias solo van religiosos naturales que nada saben de Dios, que hay que evangelizarlos? Y sin embargo, incoherentemente, el mismo que parece estar tan preocupado por la, juzga él, raquítica fe de esta generación dispone, por encima de las órdenes del Papa, que los neocatecúmenos no están para hacer algo por sus conciudadanos ni ahora ni nunca, sino que por siempre han de mantenerse apartados de ellos, en salas privadas y con las puertas cerradas.
Pero, y ahora se retuerce todavía más la lógica racional, si una familia decide que se siente llamada a evangelizar, entonces Kiko decreta que eso es maravilloso, estupendo y que, por supuesto, no pueden evangelizar a sus conciudadanos ni juntarse con los parroquianos a secas, sino que lo que hay que hacer es enviarlo a algún país muy muy lejano, donde no conozcan el idioma, ni el alfabeto, ni las costumbres, ni las normas de conducta, porque será a los habitantes de ese país muy muy lejano a los que hay que convencer para que dejen de pisar su parroquia de siempre, si es que la pisaban, y en cambio se sumen al club de los que se juntan en salas privadas y tras puertas cerradas.
¿Tiene sentido algo de todo esto?
¿Por qué lo permiten los obispos?

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