Sigue la explicación sobre el episodio evangélico de la maldición de la higuera.
Ariel Álvarez Valdés
¿Qué quiso decir Marcos con este relato? ¿Acaso pretendió descalificar a todo el pueblo de Israel? Ciertamente no. Sólo a una parte.
En efecto, la narración aparece partida en dos, y en el medio se ha insertado otra escena: la famosa purificación del Templo de Jerusalén, realizada por Jesús. Así, la secuencia queda formada por tres secciones:
a) Jesús no encuentra higos y maldice la higuera (v.12-14);
b) Sigue su camino hacia el Templo, y expulsa a los vendedores (v.15-19);
c) Vuelve a pasar al día siguiente junto a la higuera y ve que se ha secado (v.20-26).
En vez de presentar un relato continuado, donde Jesús increpa al árbol y se seca inmediatamente, Marcos prefiere contar la maldición en un día y sus consecuencias al día siguiente, convirtiendo así este milagro en el único que demoró 24 horas en cumplirse. ¿Por qué? Para introducir en el medio la visita de Jesús al Templo, donde se enojó con los sacerdotes y escribas, reprochándoles que habían convertido la casa de Dios “en una cueva de ladrones”. Así, con el relato de la higuera encerrando y abrazando el incidente del Templo, los lectores podían comprender el mensaje: la higuera maldita, estéril, sin frutos, representa a aquella institución religiosa, con sus sacerdotes y ministros, cuya función ha llegado a su fin y está a punto de desaparecer.
Falta responder a la última pregunta: ¿por qué Marcos relató de esta manera tan curiosa el amargo desenlace del Santuario de Jerusalén?
Desde los primeros tiempos circulaba entre los cristianos el relato del incidente protagonizado por Jesús en el Templo. Allí, al ver la forma poco respetuosa con que los sacerdotes lo administraban, el Maestro de Nazaret intentó purificarlo; esto le valió un altercado con los vendedores de animales, un forcejeo con los cambistas de monedas y una fuerte discusión con los sacerdotes. Fue también el incidente que le costó la vida.
Ahora bien, en las comunidades cristianas de origen pagano, donde vivía Marcos, este episodio resultaba problemático porque en ellas se incidía precisamente en que Jesús había venido a liberarnos de los ritos judíos: de las purificaciones (Mc 7,1-13), el descanso del sábado (Mc 2,23-28), las comidas impuras (Mc 7,19), los ayunos (Mc 2,18-22), la jerarquía religiosa (Mc 12,1-12), el culto (Mc 12,32-33), el Templo (Mc 13,1-2). ¿Por qué entonces, hacia el final de su vida, se iba a preocupar en purificar el Templo? ¿Por qué quiso mejorar la celebración de sus ritos? Era un contrasentido.
Entonces Marcos, para subrayar que más que un acto de purificación, la acción de Jesús contra los vendedores y sacerdotes fue un gesto de rechazo del Templo, creó el relato de la maldición de la higuera y envolvió con él la escena de la purificación. Así, sus lectores podían entender que Jesús no había ido al Santuario a purificarlo, sino a anunciar su pronta desaparición. El marchitarse de la higuera anunciaba que el destino del Templo estaba sellado, y nada podía evitar su inminente fin.
El mismo Evangelio confirma que ése era el significado de la higuera seca. Cuando más adelante Jesús pronuncia su último sermón, comienza hablando de la destrucción del Templo (Mc 13,2). En la mitad vuelve a hablar de su ruina (Mc 13,14) y al final relaciona este hecho con la higuera y sus hojas (Mc 13,28-29). Todo apunta a que, en Marcos, la higuera y el Templo están conectados.
Leído así el texto, se comprenden mejor los detalles aparentemente absurdos, señalados al principio. El hambre de Jesús aquella mañana simboliza sus ansias por hallar frutos en una institución que se había vuelto vacía e inútil. Que no fuera tiempo de higos es una ironía hacia un organismo que se creía con derecho a tener temporadas infecundas. Que el milagro sea punitivo: Jesús no pudo “ayudarlo” porque el Templo ya se había vuelto infructuoso. Y que se hubiera secado “de raíz” representa la ineficacia total de esa antigua institución judía.
Mateo, que escribe para una comunidad cristiana de origen judío, no quiso ser tan duro con el Templo de Jerusalén. Entonces modificó el relato de Marcos, de modo que Jesús primero viviera el incidente del Templo y al otro día maldijera el árbol. Así, los episodios quedaban separados. ¿Y qué significado tiene, entonces, en Mateo el marchitarse de la higuera? Ya no es una enseñanza sobre el fin del Templo, sino sobre el poder de la fe y la oración (Mt 21,18-22).
Si había algo firme y duradero para los judíos, era el Templo de Jerusalén. Según la tradición era indestructible porque Dios habitaba en él. Por eso se había convertido en el centro de sus esperanzas, de su fe, sus sueños, su futuro. Era el signo de la presencia misma de Dios. Y se pensaba que iba a durar para siempre.
Sin embargo, dice san Marcos que un día Jesús, como un peregrino más, lo visitó para la fiesta de Pascua. Allí estaba el edificio sagrado, frondoso como una higuera con miles de hojas, excitando de lejos el hambre de los caminantes. Entonces Jesús sintió hambre del Templo, y quiso comer sus frutos. Pero la institución religiosa no los tenía. Prometía y no daba. Estimulaba el hambre pero no podía saciarlo. Se había ocupado de sus propias hojas, de su belleza exterior, de su prestigio, pero no ofrecía ningún alimento a los que pasaban a su lado por el camino. Entonces Jesús pronunció su sentencia: “ha pasado tu tiempo, que nadie coma de tu fruto”. Estas palabras pusieron fin a un culto nacional estéril, y abrieron las puertas a un nuevo culto capaz de saciar el hambre del mundo.
Hoy son muchos los que en el Camino se aferran a estructuras, celebraciones, ritos, prácticas, como si tuvieran una sacralidad en sí mismas, y fueran a durar perpetuamente. El Evangelio de la higuera enseña que hay que aprender a revisar las realidades eclesiales, y descubrir cuáles dan frutos y cuáles no. Y si encontramos alguna que resulte estéril, seca, decadente, tener la valentía de suprimirla, por más venerabilidad que pretenda poseer. Porque el paso del tiempo relativiza toda institución y nada hay eterno en este mundo, fuera de Dios. Lo atestigua el hoy ausente Templo de Jerusalén.

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