miércoles, 17 de enero de 2024

El adversario de Dios

 

Los judíos no creen en la existencia de un adversario de Dios, es decir, no creen en el demonio como ángel caído que guerrea contra Dios. Al contrario, en el judaísmo, el demonio es un fiel servidor de Yahvé que jamás hace nada sin el beneplácito de Éste.

Lo que pasa es que el Dios de los judíos no es omnisciente y, en consecuencia, para enterarse de lo que hay en el interior del hombre, de cualquier hombre, tiene que enviarles pruebas y barrabasadas y observar la reacción de cada uno. Un pobre tipo el Dios de los judíos.

A lo que iba. Al carecer de omnisciencia y también de escrúpulos, el Dios de los judíos manda lepra a algunos para ver qué hacen, a otros los hace ciegos de nacimiento, otras veces manda una pandemia mundial y se queda a mirar a ver qué pasa o incita a sus criaturitas a pecar y pecar sólo por entretenerse. Pero no se ocupa personalmente de maldecir a nadie con padecimientos variopintos, para eso está Satán, su buen amigo, su servidor, que es el que se ocupa de chinchar y meter el dedo en el ojo, siempre por encargo del diosito sin omnisciencia ni ética ni pundonor.

Así de tristes son las cosas en el judaísmo. No merece la pena pasarse la vida entera intentando agradar a Dios, porque el día que Él decida averiguar de una vez qué es lo que tienes dentro, te envía un cáncer o algo peor y se queda tan fresco.

¿Os suena?

Espero que sí, porque el kikismo es, en parte, una copia mala de errores del judaísmo.

Por eso el diosito del kikismo es el que mandó la cóvid, el que hace que haya tanta adicción a la pornografía entre las filas del CNC, el que les tiene dando vueltas y más vueltas sin alcanzar jamás la tierra prometida de la conversión.

Ahora ya sabéis que el diosito del kikismo no es el Dios de los Cristianos, solo es un sucedáneo.

El verdadero Dios, el que predicó Cristo y predica la Iglesia, no necesita enviar penurias para saber lo que cada quien lleva dentro. El verdadero Dios es el que nació de María.

Dicen que Eva fue formada de la costilla de Adán, carne de su carne y hueso de su hueso; pues Cristo fue formado de María y en María, y comparte su carne y su sangre.

El verdadero Dios es el que, expulsado el hombre del paraíso por haber intentado lo de “seréis como dioses”, se arremanga y se abaja hasta nosotros a fin de poder elevarnos a la dignidad de “hijos de Dios”; el verdadero Dios es el que decide, gratis total y sin diezmos ni bolsas negras, enviar a su Hijo hecho hombre para que el hombre adquiera, por adopción, la divinidad.

En el Cristianismo el demonio no es un peón de un diosito sádico que juega a hacer tropezar a sus criaturas, en el Cristianismo el demonio goza de la misma libertad que el ser humano y, en su libertad, es él quien ha decidido ser sádico y hacer tropezar a todo el que pueda.

En el kikismo, en cambio, es diosito quien manda todos los males cuando le peta y porque le peta, y es entonces cuando aparece el demonio para probarte, para averiguar si te revelas contra el diosito maldecidor o no. Ese es su papel, muy semejante a lo que cuentan los judíos.

Y todavía dicen que no son judaizantes.

 

lunes, 15 de enero de 2024

Pecadores a la fuerza

 

No falla. Es publicar en el blog una entrada en la que se desenmascara cualquier aspecto del CNC contrario a la doctrina católica y los amorosos neohermanos saltan a degüello.

Es lo que les sale de dentro.

Y entre llanto, rechinar de dientes, rasgado de vestiduras y empolvoramiento de la barba emiten los mantras de siempre: “¡Persecución!”, “Desde fuera no se entiende” y demás mentiras recurrentes. Es que son muy teatreros. Y como además son incapaces de amar al otro, que es Cristo, no ven que sus palabras están cargadas de juicios.

No ven, esta es la verdad, pero dicen que ven, por lo que su pecado permanece.

Uno de ellos, lento de entendederas y empecinado en el error, insiste en aferrarse a la errada idea de que el ser humano no puede dejar de pecar, está incapacitado para no pecar hasta que en algún momento, por arte de magia, diosito lo señala con el dedo y, desde ese acontecimiento singular, ya no peca más.

De modo que sin ningún mérito por parte del individuo, solo por capricho divino, se pasa al extremo contrario: por el dedo de diosito la persona queda incapacitada para obrar el mal.

Aunque también y a la misma vez, este neocatecúmeno sostiene que todos los seres humanos practican el pecado hasta el mismísimo momento de su muerte, y que actúan así porque no está en sus manos la posibilidad de no pecar. Pero es normal en los kikos decir una cosa y su contraria en la misma frase. Quizá piensen que así acertarán con alguna de las dos opciones.

Pues no es este el caso.

Cuentan los Evangelios que los discípulos le pidieron a su maestro que les enseñase a rezar…

«Vosotros orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal» (Mt 6, 9-13).

Si fuese correcto que para el hombre es imposible dejar de caer en la tentación, porque así le place a Dios, sería absurdo que Jesús, que también es Dios, enseñase algo contrario a su voluntad.

Por tanto, quien sostiene que pecar es inevitable hace mentiroso y tramposo a Dios.

Lo que el Evangelio muestra y demuestra es que el hombre necesita de Dios para no pecar, no que esté abocado inevitablemente y de por vida a pecar.

Y dice también la Biblia que Dios no se hace esperar: «El Señor está cerca de todos los que le invocan, de todos los que le invocan en verdad» (Sal 145, 18), «No permitirá que tu pie resbale; jamás duerme el que te cuida (…) El Señor te cuidará; de todo mal guardará tu vida» (Sal 121).

Ahora bien. Queda claro que es imprescindible el auxilio de Dios para que el ser humano no peque, pero ¿es suficiente este auxilio de Dios para no caer en la tentación?

No. Nunca.

El cuidado amoroso del Padre es condición necesaria, pero no suficiente porque así lo ha querido Él. Hace falta además la voluntad del hombre de no pecar.

Por tanto, quien niega que el ser humano puede optar por el bien frente al mal, que es el caso de los neocatecumenales, o bien niega el auxilio de Dios, en cuyo caso está renegando de la biblia, que es Palabra de Dios, o bien no cree en el libre albedrío humano, es decir, no cree en la doctrina cristiana. O ambos.

Y este es el quid del asunto.

La praxis neocatecumenal demuestra que el kikismo reniega de ambas verdades.

Respecto al auxilio divino, como ya se ha dicho, la herejía que los neocatecumenales han recibido y que a su vez transmiten es que diosito ha de dejarte pecar a fondo para que te conozcas a ti mismo. Por tanto, ya puedes rezar todos los padrenuestros que quieras que de nada te van a servir en lo que se refiere a no pecar. Pecarás porque no lo podrás evitar, puesto que diosito así lo dispone.

Respecto al libre albedrío, el kikimo asegura que por el miedo a la muerte todos son esclavos del maligno. Y si son esclavos, es obvio que no son libres en su obrar, no hacen lo que quisieran, hacen lo que les ordena su amo y señor.

Que esto último sea incongruente con el punto anterior les trae sin cuidado a los neocatecumenales, porque el kikismo no está para sutilezas. Y mucho menos está para defender la verdad. Al contrario, consecuencia de que el tinglado neocatecumenal se sustente en mentiras es que las contradicciones e incoherencias son parte de su entramado.

Porque si el ser humano fuese esclavo del maligno e incapaz de no pecar, como ellos dicen, entonces ese abismo de pecado que según el neocatecumenado es imprescindible para llegar a conocerse a sí mismo, solo podría llevar a conocer al demonio, jamás a uno mismo. Es más, el pecador sería inocente de sus crímenes por ser forzados, no voluntarios, y en consecuencia, imponer castigos a la víctima del demonio no sería justicia, sería complicidad con el mal.

Y en tal caso, el diosito de los pobres neocatecumenales sería un monstruo. 

Ello les obliga al retorcido «Dios te ama pecador», según el cual Dios no tiene en cuenta la ética y moralidad de obras y acciones, sino que los últimos y los peores se salvan por delante de todos porque lo que cuenta, dicen, es reconocerse pecador y ya.

Quizá por eso tengan una epidemia de adictos a la pornografía en el CNC: cosechan lo que han sembrado.

 

sábado, 13 de enero de 2024

Itinerario de deformación católica

 

No sé si sabéis que el término “neocatecúmeno” se impuso para no confundir a quienes están en el CNC con los verdaderos catecúmenos.

Catecúmeno, por su propia definición, es quien está en proceso de formación sobre la doctrina cristiana previo al Bautismo. Cuando la formación es posterior al acceso a los Sacramentos, para diferenciarlo del catecúmeno, se le puso -dicen que la ocurrencia fue del arzobispo Aníbal Bugnini- el nombre de neocatecúmeno.

Lo importante, es que se presupone que el neocatecumenado es, ante todo, formativo: «Reconozco el Camino Neocatecumenal como un itinerario de formación católica» (San JP II en 1990), pese a que su praxis demuestra que como herramienta educativa es muy muy incompetente pues ningún teólogo tarda veinte o más años en recibir el título, en cambio, en el CNC tras cuatro o más lustros, los que quedan siguen igual que al principio, sometidos en todo a otros tampoco titulados, todos ellos sin alcanzar la adultez jamás.

Por otra parte, la naturaleza formativa implica que el CNC está orientado a quienes desconocen la doctrina cristiana y no creen en los dogmas de la Iglesia por el simple hecho de que los ignoran, y no se puede creer en lo que se ignora. Tal vez crean en una potencia cósmica superpoderosa o sean animistas o simplemente hayan caído en las supersticiones, los signos del zodiaco, el horóscopo y demás tontadas, pero no hay fe sin razón (encíclica Fides et ratio). Y para razonar hay que saber.

Entonces, el CNC, reconocido como itinerario de formación y nada más, es solo para gentes ignorantes de los dogmas y creencias del Cristianismo. Y que no acaben jamás de caminar da idea de que siguen ignorantes durante toda su vida. Lo cual, por desgracia, no está lejos de la realidad.

La Iglesia establece en el RICA (Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos) que tras el catecumenado, es decir, tras el aprendizaje, tras adquirir el conocimiento que sustenta la fe, el punto de partida es el Bautismo y la meta es la Eucaristía.

El Bautismo es la puerta que se abre para que el catecúmeno deje de serlo y adquiera la condición de hijo de Dios y miembro de la Iglesia. La Eucaristía es más, quien recibe la Eucaristía recibe a Cristo, recibe a Dios, se “diviniza” en Cristo. Por eso, la Eucaristía es la meta. En el Bautismo está Dios, en la Eucaristía recibida, Dios y quien comulga son uno.

Sin embargo, en el CNC, hay una distorsión y la Eucaristía pasa a ser una actividad semanal más en la que lo importante es la comunidad que se junta a cantar y bailar, a contar y escuchar y, con cierta frecuencia, a despellejarse unos a otros; y se reserva para el final de la presunta etapa formativa una “renovación del Bautismo” que busca ser el no va más de los ritos sacramentales.

Sucede también que, en su afán de dotar de significado profundo y de trascendencia a esa renovación bautismal de todo punto innecesaria y sin carácter sacramental -por más que se pretenda lo contrario-, declaran ineficaz el Bautismo recibido antes de hacer el neocatecumenado.

Sostienen en el CNC que el bautismo allá en la infancia del neocatecúmeno fue un hecho fortuito fruto de la tradición social de la época, o motivado por el qué dirán de los vecinos, o como un ritual de religiosidad natural, y también dicen que por eso mismo es ineficaz. Y aunque no lo fuera, su eficacia habría caducado porque a uno muy sensible así le peta. Y ese es el motivo por el que, tras culminar el itinerario, hay que hacer una pantomima en el agua del Jordán.

No se dan cuenta o no quieren ver que la eficacia de un Sacramento no depende de la fe ni de la buena voluntad ni del compromiso personal de quien lo recibe o de sus padrinos. El cristiano no se hace a sí mismo en función de sus méritos, es Dios quien lo hace, es el compromiso de Dios con la humanidad lo que hace eficaz el Bautismo, sea cual sea la situación del bautizando y de sus padrinos.

A ver si lo expreso bien: nada que haga el hombre puede dañar la eficacia del Bautismo recibido, porque en ese acto, es Dios quien se compromete con el bautizando a quien adopta como hijo. Y la adopción de Dios es para siempre.

Ello no significa que el recién nacido para la Iglesia no precise alimento y formación para su fe, sino que no tiene lógica que el culmen de la formación sea una especie de duplicado cutre del rito de filiación divina.