miércoles, 3 de junio de 2020

Redemptoris Mater en tiempo de pandemia



El vídeo de la celebración de Pentecostés en el RM de Galilea no está disponible. ¡Qué raro! ¿No?
Pero no pasa nada. Hay otros vídeos de tal evento por distintos RM del mundo que permiten darse cuenta de que cada quien hace un poco lo que le da la gana con aquello de tomar precauciones frente a la covid-19.
Así, en el RM de León (España), algunos mojan el pan en el vino compartido.

Moja uno a la vez que el celebrante comulga el pan, sentado
...moja otro (el que se levantaba en la foto precedente)...
...y otro...
...y otro más (ya podían haber esperado en pie a que les tocase acercarse al cáliz)
Como lo de la intinción no pueden hacerlo todos a la vez, comulgan de uno en uno ¡y no se hunde el mundo! Y cuando los demás han acabado de comulgar, el presidente comulga el vino restante.
¡Ug! Cómo me pica la cabeza
Para acabar, en la misma sala de usos múltiples donde han tenido la vigilia, se bailotea y se charla afablemente, como si fuese un local cualquiera.
Luego está lo que se hizo en el RM de La Paz (Bolivia). Es interesante observar que mientras que los sacerdotes permanecen en pie con el cuerpo de Cristo en las manos, los demás se sientan como si estuviesen en el salón de su casa y lo que sostuviesen fuese un canapé.

Por cierto, el kikono del fondo, feísimo, como todos los kikonos.
Comunión del pan. Los que saben, en pie, los demás sentadísimos
Y a la hora de comulgar con el vino, sin subterfugios, que se vea bien como todos los revestidos comparten el mismo cáliz.



Cuando la misa concluye, se produce un hecho concreto chusco: alguien debería decirles a esos chicos que lo de bailotear revestidos no es procedente.
El baile de los pitufos revestidos
También puede verse lo que hacen en el RM de Managua (Nicaragua): con hostias y tres cálices tamaño individual y los sacerdotes comulgan ANTES y los laicos se acercan en procesión ¡y no pasa nada!


Comunión: primero los celebrantes
Luego los demás, solo con pan y marchando en procesión

En el RM de Asunción (Paraguay), está un viejo conocido de este blog. Se le ve serio y circunspecto en el vídeo, pero es que hay ciertos problemillas en el RM de Asunción que serán objeto de otra entrada. 
El caso es que aquí optaron por lo siguiente: La comunión con aquello que la de kategoría superior llamó "papelitos". El presidente da a comulgar a quien concelebra con él y a continuación comulga el pan. Él solo, antes que nadie.
Entonces ofrece el vino al concelebrante, que moja su pedazo de pan y comulga.

Luego el presidente comulga con el vino.
Y luego reparte el pan -por más que a las de kategoría superior les parezca un papelito- a todos los demás. Sin vino y todos DESPUÉS de la comunión de los sacerdotes. Y no pasa nada.


lunes, 1 de junio de 2020

Iglesia: unidad en la diversidad. Kikismo: uniformidad zombificante



SANTA MISA DE LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Basílica de San Pedro - Altar de la Cátedra
Domingo, 31 de mayo de 2020
«Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu» (1 Co 12,4). Así escribe el apóstol Pablo a los corintios; y continúa diciendo: «Hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios» (vv. 5-6). Diversidad y unidad: San Pablo insiste en juntar dos palabras que parecen contraponerse. Quiere indicarnos que el Espíritu Santo es la unidad que reúne a la diversidad; y que la Iglesia nació así: nosotros, diversos, unidos por el Espíritu Santo.
Kiko el atorrante: «Juntos durante tantos años, todos con el mismo lenguaje» (carta publicitaria de Pentecostés 2020).
Kiko el atorrante unos años antes (para dejar claro que esto viene de origen): «-¿Puedo hablar en el Camino? -No, en el Camino se obedece y si no te gusta te vas, esto es así» (Tostón publicitario Cuaresma 2011).
Vayamos, pues, al comienzo de la Iglesia, al día de Pentecostés. Y fijémonos en los Apóstoles: muchos de ellos eran gente sencilla, pescadores, acostumbrados a vivir del trabajo de sus propias manos, pero estaba también Mateo, un instruido recaudador de impuestos. Había orígenes y contextos sociales diferentes, nombres hebreos y nombres griegos, caracteres mansos y otros impetuosos, así como puntos de vista y sensibilidades distintas. Todos eran diferentes. Jesús no los había cambiado, no los había uniformado y convertido en ejemplares producidos en serie.
Kiko el atorrante: «Juntos durante tantos años, todos con el mismo lenguaje» (carta publicitaria de Pentecostés 2020).
Kiko el atorrante hace una década: «Así que este año vais a obedecer, y los jóvenes no se van a bailar con los amiguitos y las amiguitas después de que se han puesto de acuerdo en Facebook. Primero porque no van a tener Facebook, que vais a echar a la basura Facebook y el ordenador» (Tostón publicitario Adviento 2010).
No. Había dejado sus diferencias y, ahora, ungiéndolos con el Espíritu Santo, los une. La unión —la unión de la diversidad— se realiza con la unción. En Pentecostés los Apóstoles comprendieron la fuerza unificadora del Espíritu. La vieron con sus propios ojos cuando todos, aun hablando lenguas diferentes, formaron un solo pueblo: el pueblo de Dios, plasmado por el Espíritu, que entreteje la unidad con nuestra diversidad, y da armonía porque en el Espíritu hay armonía.
Kiko el atorrante: «Juntos durante tantos años, todos con el mismo lenguaje» (carta publicitaria de Pentecostés 2020).
Kiko el atorrante hace algunos años: «A lo mejor le tienes que decir a tu hijo: mira, quizá Dios no te llamó al cristianismo, la fe no es de todos, hijo mío. A lo mejor a ti no te ha llamado Dios, así que coge tu Facebook y dedícate a tu vida, que tu hermanita pequeña, tu madre y yo nos vamos con el Señor. Sé libre, hijo mío, sé libre. ¿Tú quieres ir al mundo? No se puede amar al mundo y a Jesucristo. Decide, elige» (Tostón publicitario subliminal sobre como machacar a los hijos Adviento 2010).
Pero volviendo a nosotros, la Iglesia de hoy, podemos preguntarnos: “¿Qué es lo que nos une, en qué se fundamenta nuestra unidad?”. También entre nosotros existen diferencias, por ejemplo, de opinión, de elección, de sensibilidad. Pero la tentación está siempre en querer defender a capa y espada las propias ideas, considerándolas válidas para todos, y en llevarse bien sólo con aquellos que piensan igual que nosotros. Y esta es una fea tentación que divide.
Kiko el atorrante: «¡Murmurar contra Dios! Como murmurar contra los catequistas. No se puede murmurar de los catequistas. Porque entonces, si yo murmuro de los catequistas dejo de creer que son enviados de Dios, porque han hecho esto mal; y esto; y esto; ya no se puede crecer en la fe, ya el Camino no viene de Dios (…) Si nos juzgáis se acabó, tenéis que dejar inmediatamente el Camino. Además, Dios os corregirá, porque yo no vengo aquí a hablar por mi cuenta, yo hablo en nombre de otro. El que a vosotros escucha a mí me escucha, dice Cristo». (Tostón publicitario Cuaresma 2011).
Pero esta es una fe construida a nuestra imagen y no es lo que el Espíritu quiere. En consecuencia, podríamos pensar que lo que nos une es lo mismo que creemos y la misma forma de comportarnos. Sin embargo, hay mucho más que eso: nuestro principio de unidad es el Espíritu Santo. Él nos recuerda que, ante todo, somos hijos amados de Dios; todos iguales, en esto, y todos diferentes. El Espíritu desciende sobre nosotros, a pesar de todas nuestras diferencias y miserias, para manifestarnos que tenemos un solo Señor, Jesús, y un solo Padre, y que por esta razón somos hermanos y hermanas.
Y los kikotistas ni son señor ni son padre, solo son intrusos.
Empecemos de nuevo desde aquí, miremos a la Iglesia como la mira el Espíritu, no como la mira el mundo. El mundo nos ve de derechas y de izquierdas, de esta o de aquella ideología; el Espíritu nos ve del Padre y de Jesús. El mundo ve conservadores y progresistas; el Espíritu ve hijos de Dios. La mirada mundana ve estructuras que hay que hacer más eficientes; la mirada espiritual ve hermanos y hermanas mendigos de misericordia. El Espíritu nos ama y conoce el lugar que cada uno tiene en el conjunto: para Él no somos confeti llevado por el viento, sino teselas irremplazables de su mosaico.
Kiko el atorrante: «-¿Puedo hablar en el Camino? -No, en el Camino se obedece y si no te gusta te vas, esto es así» (Tostón publicitario Cuaresma 2011).
Regresemos al día de Pentecostés y descubramos la primera obra de la Iglesia: el anuncio. Y, aun así, notamos que los Apóstoles no preparaban ninguna estrategia; cuando estaban encerrados allí, en el cenáculo, no elaboraban una estrategia, no, no preparaban un plan pastoral. Podrían haber repartido a las personas en grupos, según sus distintos pueblos de origen, o dirigirse primero a los más cercanos y, luego, a los lejanos; también hubieran podido esperar un poco antes de comenzar el anuncio y, mientras tanto, profundizar en las enseñanzas de Jesús, para evitar riesgos, pero no. El Espíritu no quería que la memoria del Maestro se cultivara en grupos cerrados, en cenáculos donde se toma gusto a “hacer el nido”. Y esta es una fea enfermedad que puede entrar en la Iglesia: la Iglesia no como comunidad, ni familia, ni madre, sino como nido. El Espíritu abre, reaviva, impulsa más allá de lo que ya fue dicho y fue hecho, Él lleva más allá de los ámbitos de una fe tímida y desconfiada.
En cambio, algunos solo tienen permitido repetir los mismos mantras una y otra vez, lo que ponen los kikotretos y nada más.
En el mundo, todo se viene abajo sin una planificación sólida y una estrategia calculada. En la Iglesia, por el contrario, es el Espíritu quien garantiza la unidad a los que anuncian. Por eso, los apóstoles se lanzan, poco preparados, corriendo riesgos; pero salen. Un solo deseo los anima: dar lo que han recibido. Es hermoso el comienzo de la Primera Carta de San Juan: “Eso que hemos recibido y visto os lo anunciamos” (cf. 1,3).
Finalmente llegamos a entender cuál es el secreto de la unidad, el secreto del Espíritu. El secreto de la unidad en la Iglesia, el secreto del Espíritu es el don. Porque Él es don, vive donándose a sí mismo y de esta manera nos mantiene unidos, haciéndonos partícipes del mismo don. Es importante creer que Dios es don, que no actúa tomando, sino dando. ¿Por qué es importante? Porque nuestra forma de ser creyentes depende de cómo entendemos a Dios. Si tenemos en mente a un Dios que arrebata, que se impone, también nosotros quisiéramos arrebatar e imponernos: ocupando espacios, reclamando relevancia, buscando poder.
Kiko el atorrante, ayer: «¿Que hay aquí unos chicos que dicen: yo no quiero? Que se vayan, se pueden ir marchando» (Tostón tras la JMJ 2000).
Kiko el atorrante, hoy: «Juntos durante tantos años, todos con el mismo lenguaje» (carta publicitaria Pentecostés 2020).
Pero si tenemos en el corazón a un Dios que es don, todo cambia. Si nos damos cuenta de que lo que somos es un don suyo, gratuito e inmerecido, entonces también a nosotros nos gustaría hacer de la misma vida un don. Y así, amando humildemente, sirviendo gratuitamente y con alegría, daremos al mundo la verdadera imagen de Dios. El Espíritu, memoria viviente de la Iglesia, nos recuerda que nacimos de un don y que crecemos dándonos; no preservándonos, sino entregándonos sin reservas.
Kiko el atorrante, tal día como ayer: «Nos querían matar, querían quitar la misa de las pequeñas comunidades, y que fuéramos a misa con todos» (Tostón en Puerto Rico 2017).
Queridos hermanos y hermanas: Examinemos nuestro corazón y preguntémonos qué es lo que nos impide darnos. Decimos que tres son los principales enemigos del don: tres, siempre agazapados en la puerta del corazón: el narcisismo, el victimismo y el pesimismo.
El narcisismo, que lleva a la idolatría de sí mismo y a buscar sólo el propio beneficio. El narcisista piensa: “La vida es buena si obtengo ventajas”. Y así llega a decirse: “¿Por qué tendría que darme a los demás?”. En esta pandemia, cuánto duele el narcisismo, el preocuparse de las propias necesidades, indiferente a las de los demás, el no admitir las propias fragilidades y errores.
Kiko el atorrante: «Yo no me tengo que justificar contigo». (Tostón publicitario Cuaresma 2011).
Pero también el segundo enemigo, el victimismo, es peligroso. El victimista está siempre quejándose de los demás: “Nadie me entiende, nadie me ayuda, nadie me ama, ¡están todos contra mí!”. ¡Cuántas veces hemos escuchado estas lamentaciones! Y su corazón se cierra, mientras se pregunta: “¿Por qué los demás no se donan a mí?”. En el drama que vivimos, ¡qué grave es el victimismo! Pensar que no hay nadie que nos entienda y sienta lo que vivimos. Esto es el victimismo.
Kiko el atorrante: «Que los enemigos han hecho lo posible para que el Camino tiene que acabar en la parroquia, y eso de celebrar la Misa por su cuenta se acabó» (Tostón publicitario Cuaresma 2008).
Por último, está el pesimismo. Aquí la letanía diaria es: “Todo está mal, la sociedad, la política, la Iglesia...”. El pesimista arremete contra el mundo entero, pero permanece apático y piensa: “Mientras tanto, ¿de qué sirve darse? Es inútil”. Y así, en el gran esfuerzo que supone comenzar de nuevo, qué dañino es el pesimismo, ver todo negro y repetir que nada volverá a ser como antes.
Kiko el atorrante que segura que todos se divorcian, todos fornican, todas abortan más de tres veces antes de la mayoría de edad y todos se emborrachan: «Así, la gente en Europa, no llegan esa edad porque se suicidan antes (…) Pero como nadie tiene hijos, pues hay muchos ancianos que están completamente solos» (Delirio en el tostón publicitario Cuaresma 2018).
Cuando se piensa así, lo que seguramente no regresa es la esperanza. En estos tres —el ídolo narcisista del espejo, el dios espejo; el dios-lamentación: “me siento persona cuando me lamento”; el dios-negatividad: “todo es negro, todo es oscuridad”— nos encontramos ante una carestía de esperanza y necesitamos valorar el don de la vida, el don que es cada uno de nosotros. Por esta razón, necesitamos el Espíritu Santo, don de Dios que nos cura del narcisismo, del victimismo y del pesimismo, nos cura del espejo, de la lamentación y de la oscuridad.
Hermanos y hermanas, pidámoslo: Espíritu Santo, memoria de Dios, reaviva en nosotros el recuerdo del don recibido. Líbranos de la parálisis del egoísmo y enciende en nosotros el deseo de servir, de hacer el bien. Porque peor que esta crisis, es solamente el drama de desaprovecharla, encerrándonos en nosotros mismos. Ven, Espíritu Santo, Tú que eres armonía, haznos constructores de unidad; Tú que siempre te das, concédenos la valentía de salir de nosotros mismos, de amarnos y ayudarnos, para llegar a ser una sola familia. Amén.