SANTA MISA DE LA SOLEMNIDAD DE
PENTECOSTÉS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Basílica de San Pedro - Altar de la
Cátedra
Domingo, 31 de mayo de 2020
«Hay diversidad de
carismas, pero un mismo Espíritu» (1 Co 12,4). Así escribe el apóstol Pablo a
los corintios; y continúa diciendo: «Hay diversidad de ministerios, pero un
mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios» (vv. 5-6).
Diversidad y unidad: San Pablo insiste en juntar dos palabras que parecen
contraponerse. Quiere indicarnos que el Espíritu Santo es la unidad que reúne a
la diversidad; y que la
Iglesia nació así: nosotros, diversos, unidos por el Espíritu Santo.
Kiko el atorrante: «Juntos durante
tantos años, todos con el mismo lenguaje» (carta publicitaria de
Pentecostés 2020).
Kiko el atorrante unos años antes (para dejar claro que esto
viene de origen): «-¿Puedo hablar en el
Camino? -No, en el Camino se obedece y si no te gusta te vas, esto es así» (Tostón publicitario Cuaresma 2011).
Vayamos, pues, al
comienzo de la Iglesia, al día de Pentecostés. Y fijémonos en los Apóstoles:
muchos de ellos eran gente sencilla, pescadores, acostumbrados a vivir del
trabajo de sus propias manos, pero estaba también Mateo, un instruido
recaudador de impuestos. Había orígenes y contextos sociales diferentes,
nombres hebreos y nombres griegos, caracteres mansos y otros impetuosos, así
como puntos de vista y sensibilidades distintas. Todos eran diferentes. Jesús no los había cambiado, no
los había uniformado y convertido en ejemplares producidos en serie.
Kiko el atorrante: «Juntos durante
tantos años, todos con el mismo lenguaje» (carta publicitaria de
Pentecostés 2020).
Kiko el atorrante
hace una década: «Así que este año vais a obedecer, y los jóvenes no se van
a bailar con los amiguitos y las amiguitas después de que se han puesto de
acuerdo en Facebook. Primero porque no van a tener Facebook, que vais a echar a
la basura Facebook y el ordenador» (Tostón publicitario Adviento 2010).
No. Había dejado sus
diferencias y, ahora, ungiéndolos con el Espíritu Santo, los une. La unión —la
unión de la diversidad— se realiza con la unción. En Pentecostés los Apóstoles
comprendieron la fuerza unificadora del Espíritu. La vieron con sus propios
ojos cuando todos, aun
hablando lenguas diferentes, formaron un solo pueblo: el pueblo de Dios,
plasmado por el Espíritu, que entreteje la unidad con nuestra diversidad, y da
armonía porque en el Espíritu hay armonía.
Kiko el atorrante: «Juntos durante
tantos años, todos con el mismo lenguaje» (carta publicitaria de
Pentecostés 2020).
Kiko el atorrante hace
algunos años: «A lo mejor le tienes que decir a tu hijo: mira, quizá
Dios no te llamó al cristianismo, la fe no es de todos, hijo mío. A lo mejor a
ti no te ha llamado Dios, así que coge tu Facebook y dedícate a tu vida, que tu hermanita pequeña, tu
madre y yo nos vamos con el Señor. Sé libre, hijo mío, sé libre. ¿Tú quieres ir
al mundo? No se puede amar al mundo y a Jesucristo. Decide, elige» (Tostón publicitario subliminal
sobre como machacar a los hijos Adviento 2010).
Pero volviendo a
nosotros, la Iglesia de hoy, podemos preguntarnos: “¿Qué es lo que nos une, en
qué se fundamenta nuestra unidad?”. También entre nosotros existen diferencias,
por ejemplo, de opinión,
de elección, de sensibilidad. Pero la tentación está siempre en querer defender a capa y espada las
propias ideas, considerándolas válidas para todos, y en llevarse bien sólo con
aquellos que piensan igual que nosotros. Y esta es una fea tentación que
divide.
Kiko el atorrante: «¡Murmurar
contra Dios! Como murmurar contra los catequistas. No se puede murmurar de los
catequistas. Porque entonces, si yo murmuro de los catequistas dejo de creer
que son enviados de Dios, porque han hecho esto mal; y esto; y esto; ya no se
puede crecer en la fe, ya el Camino no viene de Dios (…) Si nos juzgáis se
acabó, tenéis que dejar inmediatamente el Camino. Además, Dios os corregirá,
porque yo no vengo aquí a hablar por mi cuenta, yo hablo en nombre de otro. El
que a vosotros escucha a mí me escucha, dice Cristo». (Tostón publicitario
Cuaresma 2011).
Pero esta es una fe
construida a nuestra imagen y no es lo que el Espíritu quiere. En consecuencia,
podríamos pensar que lo que nos une es lo mismo que creemos y la misma forma de
comportarnos. Sin embargo, hay mucho más que eso: nuestro principio de unidad
es el Espíritu Santo. Él nos recuerda que, ante todo, somos hijos amados de Dios; todos iguales, en
esto, y todos diferentes. El Espíritu desciende sobre nosotros, a pesar
de todas nuestras diferencias y miserias, para manifestarnos que tenemos un solo Señor, Jesús, y
un solo Padre, y que por esta razón somos hermanos y hermanas.
Y los kikotistas ni son señor ni son padre, solo son intrusos.
Empecemos de nuevo
desde aquí, miremos a la Iglesia como la mira el Espíritu, no como la mira el
mundo. El mundo nos ve de derechas y de izquierdas, de esta o de aquella
ideología; el Espíritu nos ve del Padre y de Jesús. El mundo ve conservadores y
progresistas; el Espíritu ve hijos de Dios. La mirada mundana ve estructuras
que hay que hacer más eficientes; la mirada espiritual ve hermanos y hermanas
mendigos de misericordia. El Espíritu nos ama y conoce el lugar que cada uno tiene
en el conjunto: para Él no
somos confeti llevado por el viento, sino teselas irremplazables de su mosaico.
Kiko el atorrante: «-¿Puedo hablar en el
Camino? -No, en el Camino se obedece y si no te gusta te vas, esto es así» (Tostón publicitario Cuaresma 2011).
Regresemos al día de
Pentecostés y descubramos la primera obra de la Iglesia: el anuncio. Y, aun
así, notamos que los Apóstoles no preparaban ninguna estrategia; cuando estaban
encerrados allí, en el cenáculo, no elaboraban una estrategia, no, no
preparaban un plan pastoral. Podrían haber repartido a las personas en grupos,
según sus distintos pueblos de origen, o dirigirse primero a los más cercanos
y, luego, a los lejanos; también hubieran podido esperar un poco antes de
comenzar el anuncio y, mientras tanto, profundizar en las enseñanzas de Jesús,
para evitar riesgos, pero no. El Espíritu no quería que la memoria del Maestro
se cultivara en grupos cerrados, en cenáculos donde se toma gusto a “hacer el
nido”. Y esta es una fea enfermedad que puede entrar en la Iglesia: la Iglesia
no como comunidad, ni familia, ni madre, sino como nido. El Espíritu abre, reaviva,
impulsa más allá de lo que ya fue dicho y fue hecho, Él lleva más allá
de los ámbitos de una fe tímida y desconfiada.
En cambio, algunos solo tienen permitido repetir los mismos
mantras una y otra vez, lo que ponen los kikotretos y nada más.
En el mundo, todo se
viene abajo sin una planificación sólida y una estrategia calculada. En la
Iglesia, por el contrario, es el Espíritu quien garantiza la unidad a los que
anuncian. Por eso, los apóstoles se lanzan, poco preparados, corriendo riesgos;
pero salen. Un solo deseo los anima: dar lo que han recibido. Es hermoso el
comienzo de la Primera Carta de San Juan: “Eso que hemos recibido y visto os lo
anunciamos” (cf. 1,3).
Finalmente llegamos
a entender cuál es el secreto de la unidad, el secreto del Espíritu. El secreto
de la unidad en la Iglesia, el secreto del Espíritu es el don. Porque Él es
don, vive donándose a sí mismo y de esta manera nos mantiene unidos, haciéndonos
partícipes del mismo don. Es importante creer que Dios es don, que no actúa
tomando, sino dando. ¿Por qué es importante? Porque nuestra forma de ser
creyentes depende de cómo entendemos a Dios. Si tenemos en mente a un Dios que arrebata, que se impone,
también nosotros quisiéramos arrebatar e imponernos: ocupando espacios,
reclamando relevancia, buscando poder.
Kiko el atorrante, ayer: «¿Que hay aquí unos chicos que dicen: yo no quiero? Que se vayan,
se pueden ir marchando»
(Tostón tras la JMJ 2000).
Kiko el atorrante, hoy: «Juntos
durante tantos años, todos con el mismo lenguaje» (carta publicitaria Pentecostés
2020).
Pero si tenemos en
el corazón
a un Dios que es don, todo cambia. Si nos damos cuenta de que lo que somos es
un don suyo, gratuito e inmerecido, entonces también a nosotros nos gustaría
hacer de la misma vida un don. Y así, amando humildemente, sirviendo
gratuitamente y con alegría, daremos al mundo la verdadera imagen de Dios. El
Espíritu, memoria viviente de la Iglesia, nos recuerda que nacimos de un don y
que crecemos dándonos; no preservándonos, sino entregándonos sin reservas.
Kiko el atorrante, tal día como ayer: «Nos querían matar, querían quitar la misa de las pequeñas
comunidades, y que fuéramos a misa con todos» (Tostón en Puerto Rico 2017).
Queridos hermanos y
hermanas: Examinemos nuestro corazón y preguntémonos qué es lo que nos impide
darnos. Decimos que tres son los principales enemigos del don: tres, siempre
agazapados en la puerta del corazón: el narcisismo, el victimismo y el
pesimismo.
El narcisismo, que
lleva a la idolatría de sí mismo y a buscar sólo el propio beneficio. El
narcisista piensa: “La vida es buena si obtengo ventajas”. Y así llega a
decirse: “¿Por qué tendría que darme a los demás?”. En esta pandemia, cuánto
duele el narcisismo, el preocuparse de las propias necesidades, indiferente a
las de los demás, el no admitir las propias fragilidades y errores.
Kiko el atorrante: «Yo no me tengo que justificar contigo». (Tostón publicitario Cuaresma 2011).
Pero también el
segundo enemigo, el victimismo, es peligroso. El victimista está siempre
quejándose de los demás: “Nadie me entiende, nadie me ayuda, nadie me ama,
¡están todos contra mí!”. ¡Cuántas veces hemos escuchado estas lamentaciones! Y
su corazón se cierra, mientras se pregunta: “¿Por qué los demás no se donan a
mí?”. En el drama que vivimos, ¡qué grave es el victimismo! Pensar que no hay
nadie que nos entienda y sienta lo que vivimos. Esto es el victimismo.
Kiko el atorrante:
«Que los enemigos han hecho lo posible para que el Camino tiene
que acabar en la parroquia, y eso de celebrar la Misa por su cuenta se acabó»
(Tostón publicitario Cuaresma 2008).
Por último, está el
pesimismo. Aquí la letanía diaria es: “Todo está mal, la sociedad, la política,
la Iglesia...”. El pesimista arremete contra el mundo entero, pero permanece
apático y piensa: “Mientras tanto, ¿de qué sirve darse? Es inútil”. Y así, en
el gran esfuerzo que supone comenzar de nuevo, qué dañino es el pesimismo, ver
todo negro y repetir que nada volverá a ser como antes.
Kiko el atorrante que segura que todos se divorcian, todos fornican,
todas abortan más de tres veces antes de la mayoría de edad y todos se
emborrachan: «Así, la gente en Europa, no llegan esa edad porque se
suicidan antes (…) Pero como nadie tiene hijos, pues hay muchos ancianos que
están completamente solos» (Delirio en el tostón publicitario Cuaresma 2018).
Cuando se piensa
así, lo que seguramente no regresa es la esperanza. En estos tres —el ídolo
narcisista del espejo, el dios espejo; el dios-lamentación: “me siento persona
cuando me lamento”; el dios-negatividad: “todo es negro, todo es oscuridad”—
nos encontramos ante una carestía de esperanza
y necesitamos valorar el don de la vida, el don que es cada uno de nosotros.
Por esta razón, necesitamos
el Espíritu Santo, don de Dios que nos cura del narcisismo, del victimismo y
del pesimismo, nos cura del espejo, de la lamentación y de la oscuridad.
Hermanos y hermanas,
pidámoslo: Espíritu Santo, memoria de Dios, reaviva en nosotros el recuerdo del
don recibido. Líbranos de la parálisis del egoísmo y enciende en nosotros el
deseo de servir, de hacer el bien. Porque peor que esta crisis, es solamente el
drama de desaprovecharla, encerrándonos en nosotros mismos. Ven, Espíritu Santo, Tú que eres
armonía, haznos constructores de unidad; Tú que siempre te das,
concédenos la valentía de salir de nosotros mismos, de amarnos y ayudarnos,
para llegar a ser una sola familia. Amén.