Cada cierto tiempo aparece por el blog un “buenista” que asegura que el CNC que él conoce es un camino de flores: los kikotistas son el no va más de la comprensión, la comunidad es un dechado de amor y preocupación por el otro, la humildad está a la orden del día en todos los actos de los hermanos y, sobre todo, todos son libérrimos y nadie nadie nadie ha padecido ni padece coacción alguna.
Y voy yo y no me lo creo.
La piedra fundacional del CNC es la obediencia ciega, irracional, descerebrada y sumisa al kikotista. Es así desde sus inicios y es así en todos sitios; la obediencia al kikotista no se plantea como una opción, sino como una obligación para poder caminar. Quien no obedece es vilipendiado, se le estigmatiza con el sambenito de ser un soberbio, de estar engañado por el demonio, de haber traicionado a Dios y se le “invita” a dejar la comunidad.
No por casualidad todos los neocatecúmenos se saben el mantra que dice “Quien obedece no se equivoca”. Se lo saben porque es el primer kikomandamiento. Pero sucede que además de ser falso ese mantra es contrario a la doctrina de la Iglesia.
Santo Tomás lo explica muy bien. Hay una obediencia buena y saludable y hay una falsa obediencia anticristiana.
Porque la obediencia, para ser buena, ha de ser racional, no puede ser ni incondicional ni ciega. No le valen kiko mantras del estilo “Tú ahora no lo entiendes, obedécenos, que más adelante lo verás”. No, la obediencia cristiana pide explicaciones de lo que no entiende, y solo obedece si se convence de que lo que se le reclama no es contrario a la caridad ni a la justicia. Porque no se puede usar la obediencia como excusa ni eximente para pisotear y patear la ley de Dios.
El cristiano solo le debe obediencia a Dios, la obediencia a otros es por transmisión y delegación de la autoridad divina, por tanto, una obediencia a quienes no respetan la caridad y la justicia que son la base de la ley de Dios es una falsa obediencia, un fraude.
Parece mentira que los kikos no quieran entender esto, pero así sucede.
Hay más motivos por los que la obediencia se vuelve improcedente. El más grave es el ya tratado: nunca jamás se debe obedecer a un kikotista que busque imponer una mentira, una injusticia, ese tal debe ser desobedecido y debe ser denunciado su proceder. Y tal denuncia no es un juicio, es una obligación moral.
Tampoco hay ninguna razón ni motivo para obedecer cuando el mandate se entromete en cuestiones fuera de su ámbito de autoridad. Por ejemplo, cuando pretende disponer que relaciones afectivas son según Dios y cuales, no; o cuando trata de imponer su criterio, que no su autoridad porque carece de ella, en la observancia del diezmo, que es un abuso ajeno a la Iglesia, o de la apertura a la vida, que solo compete a los matrimonios.
Y en cuanto al límite de la autoridad de un kikotista conviene aclarar varias cosas. Primera, nadie, sea o no kikotista, sea o no presbi, sea o no muy sensible, tiene derecho a inmiscuirse en el fuero interno de una persona. Dejarse avasallar en ese campo significa volver a la esclavitud de la que nos rescató Cristo.
Segunda, los kikotistas carecen de autoridad real en la Iglesia. No son catequistas, no son colaboradores de la Evangelización, no son parroquianos, solo son testigos de Kiko el sensible. No están formados, preparados ni acreditados para guiar a nadie hacia Dios.
Por eso, mucho ojo con obedecerles, son ciegos guiando a tuertos.

Ese mantra diabolico de "el que obedece no se equivoca" es lo más falaz que existe y en kikonides te lo venden como si fuera algo "biblico", lo ironico es que eso es un invento kiko que se ha trasladado a ciertos grupos como uno que fue acusado y disuelto hace poco que usaba la misma errada consigna.
ResponderEliminarPor eso ves el poco de entogaos locos, tristes y esquizofrenicos, siendo de todo menos cristianos.