Érase una vez una iglesia antigua y elegante a la que llegó un presbikiko ignorante.
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| Santa María, en Plainfield, Nueva Jersey, tal y como era |
Como ha sucedido más de una vez y en más de un lugar por todo el haz de la tierra, el presbikiko, era un siervo inútil, pero obediente y fiel a sus maestros amaestradores, de modo que cuando estos visitaron la iglesia antigua y elegante y torcieron el gesto ante lo que veían, al presbikiko se le abrieron los ojos del entendimiento y comprendió que el edifico había envejecido mal, que lo que era adecuado en otra época, había devenido en espacios caducos con un estilo inapropiado e incluso indigno, y que para salvar a esta generación tan necesitada de predicación era necesario estar dispuesto a mancharse las manos para realizar grandes obras, literalmente.
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| Iglesia de Santa María, en Plainfield |
En honor a la verdad, el presbikiko, cuya alienación no era completa, se resistió al principio, pues le parecía inmoral ejecutar una reforma total sin informar de ello a la feligresía que iba a pagarla, pero los sesudos, adultos, inspiradísimos y libérrimos maestros amaestradores le explicaron con misericordia, paciencia y algunos gritos, que la opinión de los religiosos de misa de doce no interesa a nadie, que ni siquiera la opinión de un borriquillo cretino, por muy presbikiko que fuese, interesaba a nadie, y que él había sido enviado allí por Dios para callar, acatar y servir a sus maestros amaestradores.
Gracias a su discernimiento, ellos sabían qué era lo que Dios quería para esa construcción. Para Dios poca o ninguna importancia podía tener el hecho de que la primera piedra hubiese sido colocada en 1875, que la obra, diseñada por el arquitecto Jeremiah O’Rourke y de estilo gótico alto victoriano, quedase finalizada en 1880 o que en 1985 fuese incluida en el Registro Nacional de Lugares Históricos. Nada de eso tiene importancia ni valor cuando uno conoce la voluntad de Dios.
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| Santa María en enero de 2018. Ya hay moqueta verbenera, pero todavía hay Sagrario |
Para empezar, algo que los maestros amaestradores con su gran moisés al frente no pueden resistir es la presencia de un altar tridentino. No pueden con ello; ante la mera visión del tabernáculo dorado encima del altar les entra un sudor frío, les crujen los dientes y les da cagalera.
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| Otra panorámica del interior |
Tampoco soportan los comulgatorios, no les gustan los reclinatorios, prefieren los murales antes que las imágenes de santos, los suelos enmoquetados, también tienen su propio estilo en lo que se refiere a sitiales, aunque tengo entendido que Kiko prefiere llamarlos syntronos, que suena más primitivo… En suma, había muchísimo trabajo que hacer.
Y se hizo por etapas.
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| Aquí ya hay mural y alfombras, redistribución de bancos -sin reclinatorio- y ha desaparecido el balaustre |
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| Por último, se cambiaron los sitiales |
¿A que el resultado es muy kiko, digo, muy kuko? ¿A que esos colores chillones no invitan al recogimiento, el silencio o la oración? ¿A que el gran mural es un churro que solo puede gustar al vanidoso del firmante y a su cohorte de lamebotas?
Pues de eso se trata.
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| ¡La invasión de la moqueta alcanza toda la iglesia! |
P.D. Conviene que se sepa que la pobre parroquia devastada dispone y disponía de salas de usos múltiples -por lo menos de una- para que los amigos del tenebrismo cutre decorativo hicieran sus reformas estetikikas, y de hecho las hicieron, como se ve a continuación.
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| Otro enmoquetado salón de usos múltiples. Sin embargo, falta el metacrilato |
Ellos, los amigos de lo cutre tétrico tenebroso estilístico, se juntan en esas salas tan feas, pero eso no era suficiente, porque también se sienten llamados a imponer su neoestetikika al mundo entero. Por eso destrozaron otra iglesia histórica. Una más.









