lunes, 6 de junio de 2022

Traditio symboli (CXXX)

 

Ser cristianos, hermanos, es ser confesores de la fe, es ser apóstoles, es participar del carisma profético de Cristo, porque Jesucristo es profeta. 

Un momento. Los profetas anunciaban al Mesías, Cristo es más que un profeta, Cristo es el Mesías y resulta que no pasó anunciándose a sí mismo, sino que anunciaba el Reino de Dios.

Habéis estudiado lo que significa el profeta que esperaba a Israel, este profeta del que Dios había dicho a Moisés: “El que le escuche vivirá y el que lo rechace será erradicado del pueblo”.

Otra cita inventada. O será que la biblia de Kikónides no es la Biblia de la Iglesia Católica.

Este profeta de quien fue profetizado que el que le escucha vivirá. Muchísima gente no lo ha escuchado; muchos tienen la idea de que si sois buenos Dios os ama y si sois malos os castiga.

Hay catecúmenos que se tragan que si haces trampas con el diezmo diosito te pedirá cuentas, y si llega a oídos de un kikotista y este te maldice, te morirás en menos de un mes, por defraudador. Lo contó varias veces uno en sus comentarios en el blog para defender lo partidario de los diezmos que es diosito.

No conocen la misericordia que se ha manifestado en Jesús, y Dios quiere que lo mostréis vosotros en esta generación, porque sabéis que por el Bautismo sois profetas, sois sacerdotes y sois reyes. Hoy vais tomando conciencia de vuestro Bautismo, por vuestro Bautismo sois profetas, apóstoles, "enviados", estáis asociados a la misión de Cristo y la misión de Cristo es dar vida en esta generación a todos los hombres. Este es el profeta que da vida: "Yo suscitaré para vosotros, en medio de vosotros, un profeta: el que lo escuche vivirá y el que no lo escuche será extirpado del pueblo, morirá".

¿A alguien le extraña que los neocatecúmenos piensen que si son buenecitos Dios los quiere, pero si son malos y no escuchan, serán castigados?

Pero lo que dice la verdadera cita es: «Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande. Si alguno no escucha mis palabras, las que ese profeta pronuncie en mi nombre, yo mismo le pediré cuentas de ello. Pero si un profeta tiene la presunción de decir en mi nombre una palabra que yo no he mandado decir, y habla en nombre de otros dioses, ese profeta morirá» (Dt, 18, 18-20). Es decir, lo que Dios anuncia es que suscitará profetas tal y como pidió el pueblo en el desierto, que no querían volver a escuchar a Dios por temor a morir de espanto y preferían intermediarios. No anuncia a Cristo, anuncia a profetas semejantes a Moisés. Cristo, insisto, es mucho más que Moisés, incluso si Kiko, que se tiene por un nuevo Moisés, no lo entiende.

Hoy, en esta generación. debemos llevar esta palabra de vida. Esto es ser profetas: llevar esta palabra que da vida, porque el hombre no vive solo de pan, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios. Y la Palabra que salió de la boca de Dios y se hizo carne es Jesús, nuestro Señor.

Hay un fallo evidente en ese razonamiento: nadie puede dar de lo que no tiene.

Os invito a vivir esta fiesta con alegría, a estar presentes en ella: en los cantos, en las oraciones que haremos, en la palabra que escucharemos. Nos preside el Vicario Episcopal de esta zona con los demás vicarios: en esto vemos que es una celebración maravillosa. Están aquí con nosotros vuestros respectivos párrocos, los presbíteros itinerantes; hoy la Iglesia está presente como vuestra madre, que os está ayudando, gestando en la fe, que os hace redescubrir, revivir los tesoros impresionantes de vuestro Bautismo. Lo está haciendo ahora, como se comprometió con vosotros a través del padrino; este compromiso hoy se cumple a través de este neocatecumenado. Lo que vuestro padrino dijo el día del bautismo (os prestó su fe y se comprometió con esa respuesta a desarrollar lo que significaban esos signos, lo que significaba ese sacramento) hoy lo está haciendo la Iglesia a través de este proceso de gestación, lo está haciendo con cada uno de vosotros.

Mucha farfolla a fin de enmascarar los engaños, porque es falso que la Iglesia esté detrás de los desmanes del kikismo, aunque los consienta con la inacción de los malos pastores.

Que hoy, por vuestra adhesión a este signo, el Espíritu Santo crezca en vosotros y haga crecer vuestra fe: nos haga crecer hasta la altura de la cabeza, hasta la medida de nuestra testa, la medida en que el mundo ve al Padre -porque quien ve al Hijo ve al Padre- y la Iglesia se convierte en Sacramento de Salvación para que el mundo vea el amor que Dios tiene por cada uno de ellos. Acojamos a Cristo que viene a nosotros -el Vicario con sus apóstoles, los presbíteros- que viene a tomarnos como su Esposa, viene a tomarnos como una madre, como el esposo que viene para darnos lo que más quiere, lo que da origen a la vida; el ser de la vida, el esperma del Espíritu que no ha abandonado a la Iglesia: el kerygma, el Credo, el símbolo de nuestra fe.

Se le da bien hacer lío. Ya no se sabe si la Iglesia es el esposo, la madre, la madre del esposo o el marido de la madre. Ni si viene a dar o a recibir. Y, en caso de dar, antes Kiko aseguró que los catecúmenos que llegaban a este ritual había escuchado infinidad de veces el kerigma, pero jamás habían oído el símbolo de la fe, por lo que mezclar ambas cosas solo es hacer más lío.

La Iglesia viene con una riqueza enorme, viene a invitarnos a predicar, viene a asociarnos a Cristo, a incorporarnos a su vida.

Esa afirmación, hecha a bautizados, es totalmente incorrecta.

Si el Señor nos hace comprender esto, la grandeza, la belleza, la maravilla que es todo esto. Espero que el Señor, con su Espíritu presente aquí en medio de nosotros, nos haga participar a todos.

Ya sabes, si te quedas igual que entraste siempre va a ser culpa tuya por no comprender, por no participar, por no seguirle el jueguecito a uno muy sensible.

Recibimos a Cristo, el Presidente de la asamblea, y a todos los presbíteros cantando "Te verán los reyes".

 

sábado, 4 de junio de 2022

Desobediencia que evita equivocaciones

 

La virtud de la desobediencia

por Juan Carlos Ossandón Valdés
publicado en la Revista Roma n.° 74, Julio 1982
visto en Non possumus

 

Parece que un error de imprenta se deslizó en el título de este artículo. Porque ¿quién no sabe que la virtud de la obediencia se opone al vicio de la desobediencia? ¿Se puede desobedecer? No, nunca. Y, sin embargo. . .

Hay un pero muy grave a esta afirmación, un pero que habría que escribir con mayúscula: Nuestro Señor Jesucristo, ejemplo en todos los actos de su vida. . . desobedeció; es decir, nos dio ejemplo de la práctica de la virtud de la desobediencia.

¿Es o no una desobediencia que un niño de doce años se fugue de su casa y se esconda durante tres días de modo que sus padres no lo puedan encontrar? Podrá decirse que Jesús se limitó a no pedir permiso para quedarse en Jerusalén, de lo que se siguió que sus padres andu­viesen angustiados buscándolo sin poderlo hallar (Cfr. Lc. II, 41-50). Pero todo niño de doce años sabe perfectamente que debe pedir permiso, más aún la Infinita Sabiduría que lo habitaba. Podrá insistirse aún y sostener que Jesús hizo esto para probar a sus padres y purificarlos en su amor hacia Él. Muy bien dicho, pero no podía utilizar un medio ilícito y aquí parece que lo usó; por lo que debe decirse que es lícito desobedecer y, por lo tanto, hay una virtud que debería llamarse así: la virtud de la desobediencia.

El diálogo padres-Hijo que viene al final de la narración nos lo explica todo.

María reprende al Niño, con toda la delicadeza con que se puede reprender al Mesías: “Hijo, ¿por qué nos has hecho así? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote”. María sabía perfectamente que Jesús no ignoraba cómo y cuánto lo habían buscado y cuán grande había sido su dolor, pero deseaba saber la razón del comportamiento de su Hijo. Este responde: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que me ocupe de las cosas de mi Padre?”. Con lo cual Jesús nos da la clave de toda su desobediencia legítima: la que obedece a una autoridad más alta.

Toda autoridad humana, y en este mundo todas lo son, incluida la eclesiástica, reciben su poder de Dios nuestro Señor y Creador. Por lo que la obediencia a tales autoridades implica un límite pasado el cual, se cae en el vicio del servilismo al que se opone lo que hemos llamado, de modo hiperbólico, la virtud de la desobediencia. Pues, como dice San Pedro: “Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres”. (H 29).

Jesús explica su proceder precisamente con esta doctrina: tenía que ocuparse en las cosas de su Padre, por lo que tuvo que desobedecer a sus padres legales. En otras palabras, estrictamente hablando no existe ninguna virtud de desobediencia, sino que existen casos en los que hay que desobedecer a la autoridad inferior para obedecer a la superior.

El problema está en saber cuándo se puede aplicar esta doctrina y cuándo no. Porque a la hora de cumplir con cargas públicas, o ser lla­mados al servicio militar ¡cuántos quisieran encontrar que tienen que practicar esta virtud! Pero ninguno de nosotros ha recibido, ni recibirá, una orden emanada de Dios Padre que le obligue a desobedecer a las autoridades legítimamente constituidas, tanto civiles como eclesiásticas, que para el caso obedecen a la misma doctrina. De modo que no pode­mos basarnos en una inspiración interior para hacer tal y la famosa objeción de conciencia carece de todo valor objetivo.

¿Queda, pues, en nada lo que hemos llamado la virtud de la desobe­diencia? Por supuesto que no. El servilismo, y así ha sido llamado por los grandes moralistas, sigue siendo un vicio y, como tal, es necesario evi­tarlo si queremos salvar nuestra alma. Y podemos caer en servilismo ante cualquier autoridad.

Todos sabemos que Santo Tomás de Aquino es el Doctor cuya doc­trina más ha recomendado el magisterio pontificio en estos últimos siglos. Pues bien, él dice que los religiosos, que tienen voto de obediencia, como sabemos, no deben obedecer a su superior en aquellas órdenes que sean contrarias a la ley de Dios o a la regla de la Orden. Pero el Santo va más lejos y extiende el mismo criterio a los obispos (prelados) (3. Th. II – II q. 104 a. 4-5-6). Los obispos son el medio, el puente (pontífice), entre Dios y el hombre; por lo que parece que siempre debemos obedecerlos, so pena de que se corte el puente y no podamos llegar a Dios. Santo Tomás responde que ellos también son enseñados por la ley natural y por la Revelación, por lo que deben ser fieles a ellas, y si lo son, entonces son verdaderamente puentes entre Dios y el hombre; en caso contrario dejan de serlo. Como todo el mundo sabe, cada au­toridad tiene su esfera de poder delimitada por la ley: si se sale de ella carece de poder, lo que nos autoriza a desobedecerlo.

Resumiendo. La obediencia rige siempre y no admite excepciones cuando se trata de obedecer a Dios. Si se trata de cualquier otra auto­ridad, pública o privada, civil o religiosa, debe evitarse el vicio del ser­vilismo por lo que la obediencia encuentra un límite; o como diría Aris­tóteles, consistirá en un justo medio. Este límite puede ser determinado atendiendo a dos factores:

a) Que la orden esté dentro de la jurisdicción del que manda: auto­ridad que se extralimita deja de ser autoridad.

b) Que no se oponga a una orden de una autoridad superior. Dios, autoridad superior a todas, con su ley determina inmediatamente qué orden la viola, y, por lo mismo, no debe ser obedecida.

El primer punto creemos que no necesita mayor explicación, pues dependerá de lo que la ley determine como el campo de atribuciones propio de cada autoridad. Esto suele estar claro en la legislación misma y bastará referirse a ella.

El segundo punto sí que requiere una mayor explicación. Veamos el caso más simple y que sirve de modelo a cualquier otro. No podemos obedecer al alcalde que obra contra una orden emanada del ministerio del interior, ni al cura que actúa contra las determinaciones episcopa­les; porque cada autoridad subalterna se rige por lo que la autoridad superior ordene. Llegamos así a dos autoridades supremas, cada una de las cuales no reconoce autoridad superior: el jefe del Estado y el Sumo Pontífice. ¿Carecerán, pues, de límite?

La ley de Dios obliga a todos. Nadie escapa a su imperio, incluido el Papa. Por lo mismo, cualquier orden emanada de una autoridad hu­mana que se oponga a la ley divina debe ser desobedecida. Nuevamente Jesús nos da el ejemplo. Puede consultarse a Mt. XV, 1-9 o bien a Mc. XVI, 5-12, etc., en que Jesús nos dice que hay que obedecer a los fari­seos y escribas, autoridades en Israel, pero no hacer las cosas como ellos las hacen y precaverse de sus doctrinas, además de acusar a los mismos de inventar leyes contrarias a la ley de Dios y defender ciertas desobediencias cometidas por sus discípulos, porque las órdenes y tra­diciones de las autoridades de entonces evacuaban el sentido de la ley mosaica.

En otras palabras, si un superior me ordena realizar un acto peca­minoso y me consta que no hay motivo dirimente, debo desobedecerle. Incluso tal desobediencia me parece debe extenderse a aquellos actos que podrían justificarse en sí, pero que traerán, como directa conse­cuencia, actos contrarios a la ley moral o a la santa religión, o provo­carán un escándalo que es mi deber evitar.

En algunos países, por encima del jefe de Estado está la constitu­ción escrita, e, incluso, hay un tribunal que puede anular una ley por ser contraria a ella. En la Iglesia, por encima del Sumo Pontífice está la Tradición, por lo que Suárez no duda en acusar de cisma al Papa que osara abolir todas las ceremonias eclesiásticas afirmadas por la tradición apostólica y cita en su apoyo al Cardenal Cayetano y a Torquemada (De Caritate disp. 12, sec. I n.º 2).

Es que la obediencia no es ciega ni propia de robots: es humana, es inteligente y libre. Y todo hombre culto y versado es capaz de juzgar la conducta de su Presidente a la luz de la constitución política de la Nación y de la ley moral; como asimismo, juzgar la actitud de su obispo a la luz de las Sagradas Escrituras y la Tradición.

Cada autoridad puede mandar en la medida en que se somete a la autoridad de que depende. Y cualquier súbdito tiene derecho a invocar una autoridad superior para negar su obediencia. El punto es importante y delicado. En ello va nuestra salvación eterna.

 

jueves, 2 de junio de 2022

Parábola del caminante sin rumbo

 

“Lo importante es caminar”, insisten algunos. 

Pues no. Porque si uno está al borde del abismo y camina, se pega la leche.

Vamos por partes. Lo primero para caminar es saber dónde narices está uno. En el frontispicio del templo de Delfos estaba escrita la frase “conócete a ti mismo”. Por tanto, antes de empezar a andar, a ver dónde está cada uno, porque difícilmente se emprende una ruta sin definir el punto de partida. Punto de partida: el propio conocimiento. Y ya es asunto complejo.

Sigo. Vamos  a poner un ejemplo. Supongamos que el punto de partida es Madrid, lugar de trabajo de un servidor. ¿Y el punto de llegada? ¿Dónde quiero ir? Imaginen respuestas: busco el sol; quiero ir a la felicidad plena; mi meta es la plenitud; solo deseo ser yo; el amor me puede. Genial… Y eso ¿está al norte, al sur, al este…? Mientras se lo piensa podría darse una vueltecita por El Escorial, que tiene mucho que ver. Malamente una ruta definida sin detallar dónde quiero llegar.

Al final resulta que, en ejercicio de mayeútica que haría palidecer al mismo Sócrates, y sigamos con los griegos, hemos conseguido arrancar que lo que a uno realmente le apetecía era conocer Monforte de Lemos. ¿Puedo saber por qué? ¿Para comer lacón con grelos con unos primos, para una reunión de trabajo, para descansar en vacaciones, para recorrer caminos rurales, para…? Porque claro… eso también hace que nos planteemos el viaje de una manera o de otra. Pues ya sólo queda definir el cómo llegar. ¿Avión a Santiago? ¿Tren? ¿Coche? ¿Caminar? ¿Acémila o afín? Uno evalúa, elige, decide… Y hasta se vuelve a preguntar si realmente hay un por qué para ir a Monforte. Y entonces sí, comienza el camino que le llevará al destino soñado.

Es que si no se dan estos pasos uno corre muchísimos peligros. El primero el de estar al borde de un precipicio y como no era consciente, despeñarse y palmarla. Pero hay otros no menos peliagudos. Por ejemplo, acabar como los locos en el patio del frenopático. Andar dando vueltas como burro atado a la noria. Mucho cansarse para no ir a ningún sitio. Y otro más. Porque si uno echa a andar sin pensar por dónde y a dónde, le puede pasar que de repente se encuentre a la altura de Ocaña, agotado, y diciéndose que qué leches hace ahí cuando le están esperando sus primos de Monforte con el lacón con grelos.

Caminar es peligroso si no se sabe a dónde o por dónde. Un servidor pretende el encuentro con Cristo. Y como camino, la vida en la Iglesia. Y camino, aunque a veces me canso e incluso voy para atrás. Pero como no sepas ni desde dónde, ni a dónde, ni cómo, ni por qué… cuanto más camines, peor. Y encima, te agotas.

 

Leído aquí.