Como se puede ver y leer en la entrada precedente, el Camino utiliza la festividad de los Reyes Magos para juntar a las comunidades de la parroquia.
Hay parroquias donde se representa un auto de los Reyes Magos para los niños de catequesis y sus familias al que sigue un ágape. Allí donde se ha instalado el CNC lo usual es que se prescinda de auto (tradición de religiosos de misa de 12) y de invitar a gente ajena a las comunidades. La “visita de los Reyes Magos” se orquesta para que sea en un horario diferente y en un salón de usos múltiples solo para ellos, con las puertas bien cerraditas.
Se supone que el jolgorio está orientado específicamente para los más pequeños, pero se invita a todos los neocatecumenales: abuelos, solteros, casados sin hijos, presbis, seminaristas, chachas… y todo el que quiera puede acercarse a “sus majestades” a hacer su petición, es decir, a expresar el anhelo de su corazón, porque en el Camino dicen que se toman la vida muy en serio y no pierden el tiempo con tonterías de pedir un oso de peluche o un coche de bomberos. No. Al jolgorio de los Reyes Magos kikos se va a expresar delante de toda la familia, que está con los oídos muy atentos, el anhelo más profundo del corazón.
Previamente hay una arenga para que los presentes entiendan que diosito los colmará en la medida en que se lo tomen en serio y se sinceren. Es decir, que quien no arriesgue y salga del paso confesando una chuminada, recibirá una chuminada como “bendición” a través del Rey Mago de turno.
Este es el juego. La forma de jugarlo se puede leer en la entrada anterior: familia por familia se acercan al Rey, no de uno en uno, sino todos en manada, y han de expresar un deseo y asentir con educación a lo que el Rey diga, como si fuesen palabras sabias inspiradas por el mismo Dios.
La madre de la entrada anterior así se lo asegura a su hija pequeña: los demás Reyes Magos que visiten el colegio o que paseen en cabalgata por aquí o por allí no valen, por más que sus disfraces o su maquillaje sea mejor, porque de lo que se trata es de fingir que lo que reciben de un kiko disfrazado son “palabras de vida eterna”.
Y esta madre está tan abducida, tan alienada, tan enceguecida, que aunque sabe que todo es barniz y teatro y que el tipo que tiene delante se va a limitar a contestar con los matras kikos que ha memorizado, hace una hora de cola solo para que le cuenten milongas a ella, a su marido y a sus hijos.
De hecho, podéis constatar que esta madre no incluye en su descripción del jolgorio lo que fuera que “el rey Baltasar” dijera a los hijos menores, solo comenta el diálogo con los mayores.
¿Por qué? ¿No era un jolgorio pensado para niños?
Porque los niños son la excusa. En el CNC los niños no tienen cabida ni lugar, se los abandona al cuidado de niñeras sin ninguna consideración, que para eso ser afectivos es un defecto gordísimo en el Camino, e incluso cuando se simula que hay una reunión para ellos, en realidad es para reforzar el kikismo entre los caminantes, no entre los niños, que no pintan nada hasta que no tienen su propia comunidad.
Así se entiende que una chica de dieciocho años salga del paso pidiendo paciencia (Es obvio que si hubiese pedido castidad, o templanza para no emborracharse o drogarse o ver porno, con los padres allí mismo, se le habría caído el pelo) y el reyecito de las presuntas “palabras de vida eterna” se descuelgue con la película neocatecumenal de la imposibilidad de soportar a los hermanos, al padre y a la madre.
«¿No puedes con tus hermanos, con tu madre, con tu padre? Te parece que son insoportables, que te quitan tu espacio, que no saben tratarte...».
Es que esa es la típica familia neocatecumenal: nueve hermanos y todos mal avenidos entre ellos, pues todos tienen iluminado que el otro es el enemigo, el que te destruye, el que no te deja espacio… ¿Qué les darán de comer para tener semejante imagen distorsionada de lo que es una familia?
Entonces, el primer mantra kiko que esgrime el falso Baltasar untado de betún es que la familia es un infierno, sin paliativos, que ellos son muy sensibles y llaman a las cosas por su nombre.
El segundo es que es diosito en persona quien ha dispuesto que esto sea así.
«El Señor te los ha puesto ahí para tu conversión».
No es que la familia de esta chica esté mal, es que por algún insondable misterio ella necesita precisamente esa familia infernal para convertirse. ¡Ah! Eso lo explica todo. Diosito es buenísimo, es la chica, Nazareth, la que es un desastre sonriente, es su forma de ser la que ha forzado a diosito, en pro de su conversión, a hacer de su familia un infierno.
El tercer mantra es aclarar a la chica que a pesar de ser la culpable de la situación familiar que vive, no tiene que esforzarse por cambiar. Ya le regalará diosito la conversión cuando a él le pete. Y como es imposible que se convierta mientras a él no le pete mejor que lo deje estar hasta que todo suceda sin ningún esfuerzo por su parte.
«Entonces podrás ser paciente, amable, servicial, humilde, buena, y te saldrá sin esfuerzo».
Más o menos lo mismo sucede con los hermanos mayores. El que se quita de en medio pidiendo humildad (de nuevo, con padres y hermanos delante, no va a entrar en hechos concretos, por lo que la función de teatro ¿de qué sirve?), recibe el mantra de que el que pide humildad ha descubierto que es un soberbio y la soberbia es la puerta a todos los vicios y pecados. ¡Muy bien, Miguel, has descubierto que eres el último y el peor de todos!
«Como todos nosotros, eres un soberbio. Esta es la realidad. Pues te diré que la soberbia es el principio de otros pecados que vienen con ella: la lujuria, la pereza, el egoísmo, la insatisfacción permanente, la increencia, etc.».
El primogénito quizá pensó que se libraría de la bronca si pedía la fe, al fin y al cabo se supone que todos los neocatecúmenos calientan metacrilato año tras año y tostón tras tostón precisamente en la esperanza de recibir alguna vez la fe. Pero también para él hubo capón. Es más, Baltasar lo acusó de mentiroso.
«Di la verdad, no estás rezando nada».
Es que la bola de cristal es muy útil para descubrir las mentiras de los demás.
La madre recibe también su ración de mantras kikos.
El primero, el de la afectividad, que en Kikónides es malísima: «Sé libre de tus afectos hacia tus hijos, porque en el fondo, tú tienes miedo a sufrir».
Estableciendo un paralelo, Santa Mónica tuvo que ser una afectiva terrible que lo que en realidad quería era no sufrir. ¡Pues no! La responsabilidad hacia los hijos está en la naturaleza de la paternidad. Es antinatural preocuparse por los ajenos antes que por los hijos. Desear lo mejor para ellos, y Santa Mónica tenía claro que lo mejor es la fe y la vida eterna, no es afectividad, es coherencia.
El segundo tiene que ver con el uso de la palabra Iglesia. Ya se sabe que Kikónides no es la Iglesia, así que el falso Baltasar se apresura a explicar que se puede «estar en la Iglesia y no haberse enterado de nada». Sin ir más lejos, todos los religiosos de misa de 12, según Kiko, no se enteran de nada. Por eso hay que atinar con lo que se pide. Está muy feo que parezca que un kiko se conforma con algo que vale como 20 en lugar de aspirar a lo que vale como 100.
El tercer mantra es el de la promesa.
«Él ha hecho una promesa con vosotros, Dios es fiel y no dejará que se pierdan».
Esta presunta promesa de no dejar que se pierdan los hijos es la que ata y mantiene a muchos dentro del CNC. Les venden que sus hijos, pase lo que pase y aunque la realidad demuestre que se han vuelto adictos al porno o a las drogas, serán salvos siempre que todos ellos perseveren dentro de la comunidad. Porque la segunda parte de este mantra es que el que deje la comunidad recibirá de diosito toda suerte de maldiciones.
Esto explica que los kikos se gusten tanto tal y como son y no tengan el menor interés por cambiar, sino que se regodeen en sus pecados. ¡Qué más da ser los últimos y los peores de todos si diosito no dejará que se pierdan!