Si
alguien quiere entender lo que voy a contar, le propongo un ejercicio muy
sencillo: que entre en internet y lea los comentarios de blogs como CruxSancta.
Encontrará cientos de testimonios de personas heridas por el Camino
Neocatecumenal: abusos de autoridad, abusos espirituales, conciencias
intervenidas, matrimonios presionados, décadas perdidas. Son miles, de países y
de generaciones distintas, y todos cuentan esencialmente lo mismo.
Pero hay
algo que llama la atención y es que la inmensa mayoría de esos testimonios
son anónimos. Los que hemos dado la cara con nombre y apellidos somos un
puñado que no llega a cinco. Cuando tantas personas tienen tanto miedo a
contar la verdad habrá que averiguar qué les ocurre a los que salen de este
armario.
Yo puedo
responder a esa pregunta, porque soy uno de esos "menos de cinco".
Hace
unos días publiqué en este blog un artículo titulado «El
Camino Neocatecumenal: la verdad que sus miembros no se esfuerzan por ocultar».
En este artículo empiezo diciendo que "cuando criticas a una estructura
sectaria, la respuesta nunca va al contenido; va a ti. Te diagnostican. Te
etiquetan. Tienen que hacerlo para tranquilizar su conciencia y convencerse de
que no están tirando su vida a la basura". Lo firmé, como firmo todo lo
que escribo, con mi nombre, mis apellidos y mis veinte años vividos dentro. Y
se han dado toda la prisa por darme la razón: han respondido atacándome a mí.
Su
triste respuesta ha sido la calumnia. Ni un argumento, ni un dato, ni un
desmentido. Tan solo sembrar la sospecha sobre mi honradez, atribuirme
veladamente hechos que jamás he cometido. Y lo han hecho del modo más vil y
cobarde que existe: sin dar la cara, desde el anonimato.
Me duele
la calumnia porque es rastrera y no busca otra cosa más que sembrar la duda y
el odio, pero me alegra constatar hasta qué punto los neocatecúmenos no
tienen ni un solo argumento para rebatir mi razonamiento, el cual no es una
simple sutileza, porque cuestiona cada uno de sus actos y deja al
descubierto la verdadera naturaleza del movimiento neocatecumenal: una secta
coercitiva.
Hay un
detalle que no deja de tener gracia. Los kikos creen ser los únicos a
quienes guía el Espíritu Santo, y están convencidos de que los que nos
vamos —y en general todo el que no pertenece a su movimiento— hemos sido
engañados por el demonio. Es su idea obsesiva, el miedo que les persigue día y
noche. Pues bien: resulta que diábolos significa, literalmente, «el
calumniador». Llevan la vida entera combatiendo al diablo y han acabado
trabajando para él.
Por eso
cientos de heridos callan su nombre: porque han visto muchas cosas y saben lo
que este movimiento ha hecho y sigue haciendo con quien discrepa, critica o se
marcha. Lo veremos más abajo en palabras del propio fundador: al que se va
se le declara destruido, mala persona, endemoniado y destructor de su familia.
Y se actúa en consecuencia.
En mi
caso a día de hoy todo está documentado, cada texto, cada fecha, cada autoría
rastreable, y esa vía seguirá su curso donde debe seguirlo, que es el juzgado,
porque la calumnia no es una opinión sino un delito. Y dejarla pasar no
es una opción.
El
anonimato es una confesión
Jesús,
en el momento más peligroso de su vida, delante del sumo sacerdote, dijo: «Yo
he hablado abiertamente ante el mundo... y no he dicho nada a escondidas» (Jn
18,20). Y cuando un guardia le golpeó, respondió: «Si he hablado mal,
muestra en qué; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?» (Jn 18,23).
Ahí está todo: el que tiene la verdad la firma, el que tiene razones las
muestra, y el que solo tiene miedo y consignas pega y se esconde, porque
«todo el que obra el mal aborrece la luz» (Jn 3,20).
Conviene,
eso sí, no confundir los dos anonimatos que aparecen en este artículo,
porque no son iguales. El herido que calla su nombre se esconde de
un movimiento que castiga, y su anonimato responde a un miedo que le enseñaron.
El calumniador que calla el suyo se esconde de la verdad y pretende
burlar el Código Penal. Su anonimato confiesa una malicia. Pero los dos señalan
al mismo culpable: un movimiento que ha conseguido que calumniar al de fuera se
considere una virtud cristiana y que decir la verdad sea pecar contra el
Espíritu Santo.
La mera
insinuación en público ya es delito
Cegados
por el odio, insinúan sin afirmar, creyendo que así evitan el delito. Publican
en blogs y redes sospechas graves, en este caso sobre mi vida, disfrazadas de
preguntas o de insinuaciones. “solo son preguntas”, decía una de ellas, como si
el signo de interrogación los protegiera. Pero el Código Penal castiga imputar
delitos con temerario desprecio hacia la verdad (art. 205) y más aún si se hace públicamente (art. 206). Lo
que importa no son los signos de puntuación, sino el mensaje: sembrar la duda
en público ya es calumniar. No es nada nuevo: la primera calumnia fue
también una pregunta —“¿De verdad os ha dicho Dios…?” (Gn 3,1)
Y aquí
viene lo que mis calumniadores no han entendido. Para atacarme a mí tienen
que inventar; para responderles yo, en cambio, me basta con citar. Con
fuentes y palabra por palabra: frases del fundador del Camino
Neocatecumenal, Kiko Argüello, recogidas de sus propios mamotretos y
catequesis y recopiladas por el blog CruxSancta en su sección «Frases
K». No las escribo yo; las dijo él. Léanse despacio.
Sobre
vuestros hijos.
A los
padres del Camino se les enseña esto: «Nos volvemos ansiosos por nuestros hijos
porque constantemente estamos pensando en la muerte. Ahora os hago una
pregunta: ¿Por qué se piensa en la muerte del bebé? Te lo digo: PORQUE TÚ LA
DESEAS EN TU SUBCONSCIENTE» (mamotreto del shemá). Decirle a una madre o
a un padre que desean la muerte de su bebé no es teología: es demolición
psicológica de una persona.
Sobre sí
mismo.
«Yo (Kiko
Argüello, de profesion pintor , compositor y predicador) soy
imagen del amor que Cristo os tiene, de modo que quien me ve a mí ve a Cristo,
y quien ve a Cristo ve el amor del Padre por ti»
(Adviento 2022). Y también: «Cuando yo os anuncio el kerigma, en este momento
aumenta vuestra fe, en este momento se da la salvación» (mamotreto 6). Y por si
quedaba alguna duda del tamaño de la misión: «O nosotros salvamos el mundo o
aquí no se salva nadie» (mamotreto 4).
Sobre la
mujer.
«¿Que la
mujer no quiere humillarse ante su marido? ¡Pues que se vaya al infierno!».
«Pues tenías que arrodillarte y besarle los pies a tu marido». «No sé qué
Camino habéis hecho y qué hemos hecho nosotros con vosotros, ¡si no os hemos
enseñado a humillaros!» (las tres citas: inicio de curso 2017-18) (Pascua
2008). Y para las mayores tiene reservado un porvenir de servicio doméstico:
«alguna hermana, ya adulta» para las missio ad gentes y explica el
porqué sin sonrojarse — que la gente no piense que los dos varones «son una
pareja gay» — y entonces «metemos una hermana, que hace de madre, de
hermana, que les hace la comida…».
Sobre la
amenaza como pedagogía.
«¡Considérate
el último y el peor de todos! No sea que te llegue algo muy grave […] no
solamente un cáncer, algo peor quizás» (Cuaresma 2013). «Por eso, el
Señor se asegura de que venga una enfermedad, una prueba, para que se vea
si lo que habíamos construido se colocó sobre la roca o en la arena. Y gracias
a Dios muchas personas caen».
Sobre la
obediencia.
«El hilo
conductor en el camino neocatecumenal es una obediencia perfecta. Porque «si
no hay obediencia al catequista no hay camino neocatecumenal» (mamotreto
1). «No eres tú el que dice si tienes fe o no, te lo diremos nosotros» (mamotreto
2). Es decir, que hasta la fe te la administran otros: la conciencia,
expropiada.
Sobre
los que nos vamos.
«Abandonan
el camino, dejan a Moisés, y la vanguardia del Faraón que los persigue de
cerca cae sobre ellos y los destruye» (catequesis iniciales). Y su
colaborador, el padre Mario, remata que dejar el Camino es «destruir su propia
familia» (kikotesis sobre la familia). Quien sale queda declarado, por
doctrina, destruido, endemoniado y destructor.
La
calumnia no es un exceso: es la doctrina aplicada
Ahora
basta con unir las piezas. En mi artículo anterior describí cómo el Camino
demoniza a sus críticos porque no puede rebatirles. Justamente esto es lo que
han hecho conmigo y además de manera cobardemente anónima. No han tardado
ni una semana en darme la razón.
El
"diábolo" o calumniador está obedeciendo a su iniciador, y a
su ya difunta iniciadora. Porque les han enseñado que quien se va, lo hace
engañado por el demonio y se le puede insultar y denigrar sin ninguna cargo de
conciencia. Así funciona la persona manipulada: hace el mal convencida de
hacer el bien.
El
eslabón que falta.
No me
calumnian «unos kikos»: me calumnian desde dentro de la Iglesia católica
personas formadas durante décadas en un itinerario que ella misma llama «de
conversión». No me atacan «cuatro exaltados»: me atacan discípulos que
aplican lo aprendido en un movimiento con estatutos aprobados por la Santa Sede
(2008), reconocido por Juan Pablo II como «itinerario de formación católica» (Ogniqualvolta,
1990) y con “catequesis” supuestamente revisadas por la Congregación para la
Doctrina de la Fe (2011). Y no son «anónimos que no representan a nadie»:
son el fruto previsible de una pedagogía que se imparte en salones parroquiales,
con conocimiento de párrocos y obispos, desde hace más de cincuenta años.
Las
frases que acabáis de leer se proclaman con micrófono, se imprimen en
mamotretos y se transmiten como formación católica. Sin la Iglesia, el
Camino no duraría ni un día. Por eso la pregunta no es solo qué hace el
Camino con sus críticos, sino qué hace la Iglesia con las palabras de su iniciador,
que lleva más de medio siglo escuchando sin ordenar silencio.
A mis
calumniadores.
Yo estoy
aquí, escribiendo en Religión Digital con nombre, apellidos y cara; y
en las redes, con más de 250k seguidores. Mis artículos están firmados y
mis veinte años dentro, contados a la luz. Vuestras calumnias están
guardadas, fechadas y en las manos que tienen que estar, y os aseguro que de
ellas hablaremos donde la ley manda hablar de los delitos.
Pero os
ofrezco algo mejor que un juzgado: el día que queráis debatir con nombre y
apellidos, aquí me tenéis. Traed vuestros argumentos y yo llevaré los míos.
«Que vuestro hablar sea sí, sí; no, no; lo que pasa de aquí viene del
Maligno» (Mt 5,37). Lo que pasa de ahí —el anónimo, la insidia, la mentira—
ya sabéis de dónde viene. Lo dijo Jesús, no yo.
A los
que habéis salido.
A
vosotros, los miles que testificáis sin nombre, nadie puede reprocharos nada,
porque bastante habéis pagado ya. Vuestro testimonio anónimo también es luz:
gracias a él ya nadie puede sostener que esto somos «cuatro resentidos». Y
sabed una cosa: los que damos la cara firmamos también en vuestro nombre, y
cada firma nuestra lleva dentro miles de nombres callados.
No
quiero terminar sin decir que no les guardo rencor; los entiendo. He
vivido lo que ellos viven y conozco muy bien el nivel de presión, manipulación
y denigración humana al que están sometidos. Son dignos de compasión. Ojalá
puedan despertar algún día.
"El
que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están
hechas según Dios" (Jn 3, 21).
Ramón
Fandos
fandosrj@gmail.com