viernes, 25 de septiembre de 2026

De profesión, sus sablazos (II)

 


Eso de tener por profesión los sablazos es un vicio bastante extendido en el Camino, no exclusivo de un solo equipo de kikotistas itinerantes ni de un solo país. Como prueba, un testimonio venido de Colombia.

 

«Hola, saludos desde Colombia. 

Envío esta info por su interés, cualquier dato adicional no duden en contactarme por este medio, tengo bastante info al respecto.

 

Aquí en Colombia, en el centro del país, desde hace más de 10 años el CNC construyó una casa de retiros lujosa y opulenta que denominaron “Santa María de Mambré”, en un terreno de varias hectáreas, el relato difundido por los catequistas entre las comunidades es que el terreno supuestamente fue donado, lo cual es visto como una “gracia de Dios”. A partir de esto, y con el fin de construir el resort neocat, desde el comienzo y año a año se instruye “en libertad” a todas las comunidades de la zona a comprar o vender unos boletos de rifa. Si al final sobran boletos, cómo responsables “invitamos” e insistimos “en libertad” a los hermanos a comprar los sobrantes entre todos, ya que los catequistas itinerantes de la zona nos indican que no se pueden devolver boletos sin vender. Casi nunca sobra ninguno, la presión de grupo hace lo suyo.

Adicional a lo anterior, para recaudar fondos para la casa que nunca se ha terminado de construir, se usa una modalidad de aporte “voluntario” mes a mes a través de unos sobres que se entregan a los hermanos de las comunidades, estos sobres se recogen en un día señalado, y se deben depositar en una bolsa que debe ser sellada y marcada con el nombre de la comunidad y parroquia, estos deben ser entregados a los catequistas de la zona. Este recaudo, obviamente es adicional a los demás gastos mensuales que requiere un caminante (seminarios, convivencias, colectas, diezmos, etc).

Otra manera de conseguir recursos para construir la casa, es a través de “subastas”, estas “subastas” consisten en reunir a todos los hermanos de una zona, publicitar y hablar maravillas del proyecto, luego de realizar una labor plena de convencimiento, entonces se invita a los hermanos a donar parte de la infraestructura y utilería del proyecto (baños, grifos, puertas, ventanas, camas, etc.), es importante aclarar que no se trata de cualquier elemento que de manera voluntaria se quiera donar, deben ser elementos exclusivos e indicados por los catequistas en una lista que se proyecta a todos con precios y cantidades, cuyos valores comparados en el mercado resultan ser elevados, lo anterior se justifica en la calidad y el lujo de los elementos, porque en el camino estamos llamados a la “dignidad”.  A todo esto se le llama “subasta” porque luego de terminar la labor persuasiva se invita a los hermanos “voluntariamente” a levantarse y manifestar delante de todas las comunidades qué elemento se compromete a donar. A continuación una gran mayoría empieza a levantarse uno a no indicando nombre, comunidad y el elemento que quiere donar con su precio, luego vienen los aplausos y la autosatisfacción personal de contribuir y  sentirse “amado” por el CNC.  

No siendo suficiente lo anterior, los catequistas de la zona invitan insistentemente a las jubiladas o jubilados solteros o en viudez a irse a prestar sus servicios de manera gratuita a la casa, justificado en el llamado a la misión de las viudas o como alternativa monacal, a los demás hermanos se invita a donar su tiempo y esfuerzo para realizar jornadas de aseo y mantenimiento de la casa, justificado en “el servicio” “la donación” “no vivir para uno mismo”. Se hace mucho énfasis en que para prestar servicios permanentemente en la casa, cada uno debe cubrir su seguridad social, por eso se prefiere a los jubilados. Una forma muy sutil del movimiento de evadir obligaciones laborales.

Recientemente se ha optado por enviar a las chicas en descubrimiento vocacional a vivir la experiencia de un tiempo en la casa, mientras se define el lugar de su vocación, a algunas se les indica como su lugar de vocación la casa, y allí permanecen de manera permanente al servicio del CNC.

Todo lo anterior se promueve en los diferentes encuentros y reuniones, pero de manera especial en una reunión “sorpresa” que se lleva a cabo una vez al año, digo en forma sarcástica “sorpresa”, porque siempre se hace por la misma época, entonces ya muchos saben de que se trata, a pesar de eso, acuden varias personas porque todo encuentro con los catequistas es un “encuentro con Jesucristo”, es “recibir una palabra”. El encuentro básicamente consiste en publicitar la casa, contar su historia, presentarla a quienes no la conocen, mostrar fotos y videos de las construcciones y “la gracia” que significa el resort para la Iglesia y para todos, todo esto con el fin de incentivar la venta de boletas, la donación de tiempo y dinero para el proyecto.

Por último se indica que como el CNC no tiene bienes a nombre suyo, la casa pertenece a una fundación que se llama Sagrada Familia de Nazareth, y que la casa está al servicio de toda la Diócesis, de la Iglesia. Sin embargo toda la casa es de estética neocat y casi que de uso exclusivo de las comunidades.

Dejo link del sitio:

  https://www.instagram.com/explore/locations/315814731/casa-de-convivencia-santa-maria-de-mambre/?hl=es».

 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

El perdón como mordaza

 


Empecemos por el lenguaje. Hay términos que funcionan como candados: una vez pronunciados, prohíben seguir hablando. Toda organización coercitiva los colecciona —"obediencia", "humildad", "lealtad", "unidad"— y la más eficaz de la colección es "perdón".

El mecanismo es de una sencillez pavorosa. A la víctima que empieza a nombrar su dolor se le dice: debes perdonar. Y se añade el candado moral o teológico: si no perdonas, el problema eres tú (estás en pecado, estás resentida, estás anclada en el pasado). En una sola frase se ha conseguido todo: la víctima ya no habla de lo que le hicieron, habla de lo que ella no consigue hacer. El foco se ha desplazado del verdugo a la víctima. El interrogado ya no es el agresor: es el agredido, sometido a examen permanente sobre la calidad de su perdón.

Es algo tan obvio que podría entenderlo un niño pequeño: es como si a quien acaba de ser atropellado le preguntáramos, tirado aún en el asfalto, si ya le ha dado un regalo al conductor. Y le dijéramos que, hasta que no se lo dé, el malo es él.

La psicología: lo que el perdón exigido le hace a un ser humano

La psicología del trauma es clara en su punto de partida: la recuperación de una víctima exige, ante todo, un respeto exquisito a sus sentimientos y a su voluntad. Exige seguridad, validación y tiempo. Y exige algo esencial: que su rabia sea reconocida como legítima.

Porque la rabia de la víctima no es una enfermedad ni un pecado: es un sistema de alarma que funciona correctamente. Es la parte sana de la persona diciendo "esto que me hicieron estuvo mal". La indignación tras el daño cumple la misma función que el dolor físico tras la quemadura: señala, protege, orienta. Apagarla a la fuerza no cura nada; solo deja a la persona sin brújula dentro de su propio sufrimiento.

Exigir el perdón de forma prematura ataca exactamente ese punto. Le dice a la víctima que su alarma es el problema. Que su rabia la degrada. Que su dolor, si dura, es un fallo moral suyo. La literatura sobre grupos coercitivos tiene un nombre para esta operación: inversión de la culpa. El grupo daña y el dañado se examina. Es la firma psicológica de toda relación de abuso, individual o colectiva: el maltratador nunca pregunta "¿qué te hice?", pregunta "¿por qué sigues así?".

Y hay algo más. El agresor pone sobre la víctima una carga que ella no eligió y que, con frecuencia, tendrá que aprender a llevar durante toda la vida. Superar es a veces una palabra demasiado grande; convivir es la palabra honesta. Pues bien: la exigencia de perdón añade una segunda carga sobre la primera. A quien ya lleva la piedra del trauma se le cuelga además la piedra de la culpa por no perdonar. Doble peso, mismo hombro. Y quien cuelga la segunda piedra suele presentarse como acompañante, pastor o terapeuta del alma.

Digámoslo con claridad: un perdón exigido no es perdón; es sumisión con nombre piadoso. El perdón real —cuando llega, si llega— es el final libre de un proceso, nunca su condición de entrada. Confundir el fruto con el requisito es, en términos psicológicos, revictimizar.

La sociología: a quién sirve el perdón administrado

En toda operación social conviene preguntarse quién gana. Sigamos el rastro del perdón institucional, paso a paso.

Gana el agresor. Su petición de perdón —a menudo escenificada por él mismo— le tranquiliza la conciencia, le rebaja la condena social y, bien administrada, le aleja de la penal. Obsérvese un fenómeno constante: el agresor no suele huir del perdón; corre hacia él. Lo convoca, lo escenifica, lo administra. Elige el escenario (la comunidad, no el juzgado), elige el público (los suyos, no un juez), elige el idioma (la falta moral, no el delito). El perdón administrado por el propio ofensor es el único tribunal donde el acusado dicta la sentencia de su caso. Por eso lo prefiere a cualquier otro.

Ganan los mandos intermedios. Durante décadas se ha dicho que el problema de las instituciones religiosas era el clericalismo, y hemos imaginado sotanas. El clericalismo no es un asunto de ordenación: es un asunto de poder. Dale a cualquier persona —consagrada o laica— autoridad sobre las conciencias de otras, y ante el escándalo reproducirá el mismo gesto con fidelidad absoluta: protegerá al de arriba, sacrificará al de abajo y llamará a eso lealtad, prudencia o fidelidad a Dios. No defiende a un hombre: defiende la estructura de la que depende su pequeño poder. Si cae el agresor, se agrieta el sistema que lo hizo "responsable" de algo. Y para no caer el sistema mismo sacrifica a la víctima. La sociología de las organizaciones lo constata en iglesias, partidos, familias, empresas y federaciones deportivas: la estructura se protege a sí misma con las manos que tenga disponibles.

Gana la institución. El perdón colectivo y ritual —el comunicado solemne, el acto penitencial, la página que se pasa— transforma un escándalo criminal en un capítulo espiritual ya cerrado. Es el lavado de imagen perfecto, porque se ejecuta con el vocabulario de las víctimas y en nombre de los valores más altos. La institución que "pide perdón" sin abrir archivos, sin apartar responsables y sin reparar a nadie no está haciendo penitencia: está haciendo manipulación.

Pierde la víctima. Se queda con su carga, con su alarma desactivada a la fuerza, con su comunidad cerrando filas al otro lado y con la sospecha añadida de ser ella la que "no sabe pasar página". La comunidad que debía ser refugio se convierte en guarida. Y las guaridas no protegen al herido: protegen al animal que se esconde en ellas.

¿En qué se convierten un sacerdote que abusa de un menor y quienes lo encubren?

Descodificador: qué significa cada frase

Las palabras suenan a una cosa y nombran otra. Descodifiquemos las fórmulas más repetidas del perdón administrado:

·        "Debes perdonar": suena a sabiduría; nombra una orden que clausura el proceso de curación antes de que empiece.

·        "Pedimos perdón" (en boca de la institución): suena a arrepentimiento; nombra una operación de imagen mientras no incluya verdad, justicia y reparación.

·        "Fue algo ajeno a nosotros, un mal externo": suena a explicación, pero es cinismo puro y una manera perversa de eludir responsabilidades.

·        "Busquemos la justicia divina" (o "resolvámoslo internamente"): suena a elevación; nombra la exigencia de que la víctima renuncie a la justicia humana, la única que el agresor teme.

·        "Si no perdonas, el problema eres tú": suena a diagnóstico; nombra un chantaje que convierte el dolor de la víctima en culpa de la víctima.

·        "No juzguéis": suena a Evangelio (Mt 7,1); nombra la prohibición de señalar delitos, aplicada siempre al débil y nunca al poderoso.

·        "Todos somos pecadores" (o "nadie es perfecto"): suena a humildad; nombra la disolución del delito concreto en un océano de culpa genérica donde el agresor y el agredido quedan misteriosamente igualados.

Este último punto merece más extensión. "Todos somos pecadores" es la gran lavadora moral. Si todos somos pecadores, nadie es criminal. Si nadie es criminal, no hay tribunal, hay confesionario. Y del confesionario se sale absuelto, recolocado y con la imagen intacta.

La distinción que lo cambia todo: falta y delito

Aquí está el corazón del problema, y hasta que no lo separemos caeremos una y otra vez en la trampa.

El pecado —la falta moral— pertenece al orden de la conciencia. El delito pertenece al orden de la justicia. El pecado se confiesa; el delito se denuncia. La falta la perdona quien la sufre o la absuelve Dios; el delito lo juzga un tribunal en nombre de todos. Son dos planos distintos, y las instituciones llevan siglos ganando tiempo e impunidad con su confusión deliberada.

Porque cuando un delito se trata como falta moral, ocurren tres cosas, siempre las mismas. Primera: el proceso se vuelve secreto, porque la conciencia es secreta (la reunión discreta sustituye a la denuncia pública). Segunda: la reparación se vuelve simbólica,  lágrimas, gestos y propósitos de enmienda donde correspondía un procedimiento con consecuencias. Tercera, y decisiva: la víctima desaparece del procedimiento, porque en el tribunal de la conciencia solo hay dos actores, el culpable y su Dios (o el culpable y su institución). La víctima no tiene silla en ese despacho. Nunca la tuvo.

De aquí se sigue la conclusión central de este estudio: un delito no es susceptible de perdón o no perdón; es susceptible de justicia. Que la víctima perdone o no perdone es soberanamente irrelevante para lo que la sociedad —y la propia comunidad creyente— debe hacer con el delincuente. Preguntarle a una víctima por su perdón antes que por su denuncia es mezclar los planos. Y en esa mezcla, muchas veces sin querer, la revictimizamos.

Que la víctima perdone o no nunca fue el tema. El tema es que alguien le puso una carga encima, y que esa carga tiene un autor y unos responsables.

La religión: el perdón del Evangelio no es este

Jesús nunca, ni una sola vez, le exige el perdón a una víctima reciente. A los heridos los cura, los abraza, los pone en pie, les devuelve la dignidad delante de todos. La exigencia la reserva para los fuertes: para los que atan cargas pesadas y las echan sobre los hombros de los demás sin mover un dedo (Mt 23,4). Para las estructuras que cuidan su fachada mientras dentro hay muerte tiene una palabra exacta: "sepulcros blanqueados" (Mt 23,27). Y para quien escandaliza a los pequeños, la frase más dura que salió de su boca: más le valdría una piedra de molino al cuello (Mt 18,6).

Repárese en un detalle que lo resume todo: la piedra de molino y el setenta veces siete están en el mismo capítulo del mismo evangelio. Mateo 18. La institución cita siempre el segundo versículo y jamás el primero. Que cada cual saque sus conclusiones sobre quién edita el Evangelio y para qué.

Lo sagrado, en el Evangelio, son las personas. Cuando una estructura decide que lo sagrado es su imagen, podrá seguir llamándose religiosa, pero ha cambiado de religión: ya no adora a Dios; se adora a sí misma.

Devolver el perdón a su dueño

El perdón es un tesoro. Por eso lo robaron. Convertido en obligación, en examen y en cortina de humo, lleva siglos sirviendo para someter conciencias, acallar víctimas y blanquear atrocidades. Repensarlo no es rebajarlo: es rescatarlo.

Repensar el perdón significa tres devoluciones. Devolverlo a su dueña: solo la víctima puede perdonar, cuando ella quiera y si ella quiere. Devolver el delito a la justicia: lo que es delito se denuncia, se investiga y se juzga, y ningún rito lo sustituye. Devolver a la comunidad su tarea verdadera, que nunca fue preguntar por el perdón sino algo más humilde y más exigente: creer a la víctima, nombrar el delito como delito, colaborar con la justicia y decir la verdad aunque duela, y sostener al herido todo el tiempo que haga falta, sin ponerle plazos ni deberes espirituales. Ser refugio, no guarida.

La única pregunta legítima ante alguien que carga con un peso que otro le puso encima no es "¿ya has perdonado?". Es la pregunta de quien se acerca de verdad: "¿Quieres que te ayude a llevarlo?" Todo lo demás —el calendario del perdón, la contabilidad del rencor, el examen de la rabia, las ceremonias que el ofensor organiza para perdonarse a sí mismo— pertenece a los que atan fardos. Y a esos, el Evangelio ya les dijo lo que tenía que decirles.

fandosrj@gmail.com