domingo, 11 de octubre de 2026

Padre nuestro - última parte (IV)

 


Ahora una pausa publicitaria:

«Aquí tenéis la reproducción de un fresco que he hecho en la parroquia de S. Bártolo in Tuto, en Florencia. Podéis ver que en el centro está Cristo Pantocrator con un libro en la mano que dice: "Amad a vuestros enemigos. Vengo pronto". A la izquierda está la crucifixión y a la derecha la cruz vacía a la que tenemos que subir todos nosotros. Ser cristiano significa subir con Cristo a la cruz».

Finalizada la publicidad, se retoman los engaños y falsedades.

«En el catecumenado de la Iglesia antigua había lo que se llamaba "el arcano": no se podía decir a los catecúmenos lo que se hacía más adelante en el catecumenado; había una especie de secreto por su bien; las cosas se les desvelaban a medida que recorrían el catecumenado».

El arcano, como debería saber Kiko, se impuso debido a las persecuciones, donde no había persecución no se precisaba. Además el arcano se circunscribía a ciertos aspectos muy concretos, no a la totalidad de “lo que se hacía más adelante”. Y sobre todo, el arcano jamás aplicó ni podría aplicar a unos que de ninguna manera pueden ser considerados catecúmenos puesto que son bautizados.

«Dicen algunos Padres que la sorpresa más grande para los catecúmenos era descubrir que Jesucristo había enseñado a rezar con una oración concreta y precisa como es el "Padre Nuestro", oración maravillosa en la que expresamos nuestra filiación divina, el ser hijos del Padre. Por eso, especialmente el "Padre Nuestro", ha sido rodeado no sólo de secreto, del arcano, sino también de una enorme y grandísima veneración».

Aquí hay otro error (o disparate). El Padre nuestro no era un secreto, como no lo eran los evangelios. Los catecúmenos participaban en la liturgia de la palabra y tenían acceso a los textos. La maravilla era recibir las catequesis (aquí bien empleada la palabra) de San Agustín, San Cipriano o Tertuliano sobre dicha oración y entender que por medio de Cristo somos hijos de Dios y podemos y debemos dirigirnos a Él como nuestro Padre.

«De esta veneración quedan algunos vestigios en la liturgia: por ejemplo, en la Eucaristía, el sacerdote introduce la oración del "Padre Nuestro" diciendo: "Siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir", es decir, tenemos la osadía, la audacia enorme de decirle a Dios: "¡Papá! ¡Padre!" El "Padre Nuestro" sella como una corona la iniciación cristiana».

No, no y no. El sello, el broche, la corona de la iniciación cristiana es la Eucaristía. Aprender a rezar viene antes, en el catecumenado, lo último es la comunión en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

«Dice el Ordo initiationis christianae adultorum (OICA): "También se entrega a los elegidos [o sea, a los que ya han sido considerados idóneos para recibir el sacramento del bautismo] la 'Oración dominical' [el 'Padre Nuestro'], que desde la antigüedad es propia de los que han recibido en el Bautismo el espíritu de los hijos de adopción, y que los neófitos recitan juntamente con los demás bautizados al participar por primera vez en la celebración de la Eucaristía" (OICA 188). Es decir, que los catecúmenos no pueden rezar el "Padre Nuestro" más que después del bautismo. También por ese motivo, no se reza el "Padre Nuestro" en la primera parte de la misa, en la que también participan los catecúmenos, sino en la segunda parte, en la que se quedan sólo los fieles, los bautizados. En efecto, para poder llamar a Dios "Papá, Padre", para poder gritar "Abbá", hay que tener la naturaleza divina; y la naturaleza divina se recibe mediante el bautismo».

De nuevo conviene desmentir a Kiko. Dice el RICA en su punto 103: “Según lo aconsejen las circunstancias, se pueden adelantar la «traditio» o entrega del Símbolo, y también de la oración dominical, y el rito «Ephpheetha»”. Se puede adelantar cuando aún son catecúmenos y no elegidos. Lo que jamás se podrá adelantar es la Eucaristía.

«Todos nosotros hemos sido bautizados, pero hacemos el Camino porque queremos que nuestro bautismo no sea una realidad muerta, sino viva, una realidad verdaderamente operante en nosotros».

¿Queda claro? Solo los no-miembros se implican para conseguir que su bautismo reviva, porque diosito hace las cosas tan tan mal que en todo todos todos el bautismo es irremediablemente una realidad muerta, que lo dice Kiko.

«Hermanos, el pecado mortal nos hace morir interiormente. ¿Cómo podemos saber si nuestra fe está viva o muerta? ¡Por nuestras obras! Dice Santiago: "¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: 'Tengo fe', si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? La fe, si no tiene obras, está realmente muerta"».

La cita correcta es la siguiente: “Yo les digo: «¿Cómo me mostrarás tu fe si no haces buenas acciones? Yo les mostraré mi fe con mis buenas acciones». Tú dices tener fe porque crees que hay un solo Dios. ¡Bien hecho! Aun los demonios lo creen y tiemblan aterrorizados” (St 2,18-19). Que significa que la fe se demuestra por las obras, no por la palabrería. Un kikinerante suele tener una palabrería elocuente, pero si sus obras no son buenas, es como un demonio, que fe tiene, pero no deja de ser demonio. Santiago no niega la fe de los demonios, dice que solo por la fe no se salva nadie, porque puedes creer y aún así oponerte a Dios, como un demonio de fe muerta.

Kiko, sin embargo, pretende que el sumun es la fe, entendida como sometimiento visceral a sus antojos, por lo que en ese sometimiento ya se dan las obras que él busca: vivir para el CNC, diezmar, dar herencias y bienes al kikismo, entregar a los hijos al CNC, etc.

Por eso no le basta con que seas no-miembro, tienes que serlo con todas sus consecuencias: poniendo siempre lo primero al CNC y dándoselo todo al CNC.

«No basta que seas catequista, o neocatecúmeno, o cura. No basta que seas cura si no soportas al párroco y le juzgas, o si estás en descomunión con el Obispo, o estás apegado al dinero; antes que cura eres cristiano y necesitas convertirte todos los días, como todos nosotros, de lo contrario, lo que haces es ser piedra de tropiezo, de escándalo, sobre todo para las personas alejadas de la fe, a las que Dios está llamando a volver a la Iglesia».

Eso que se lo digan a los presbis acusados de agresión sexual y a los kikotistas y obispos que intentan tapar la boca a las víctimas.

«En lo referente a la necesidad de constante conversión no hay distinción entre clero y laicado; en eso somos todos iguales. Todos necesitamos convertirnos cada día, crecer hasta llegar a la estatura de la Cabeza, para poder realizar nuestra misión dentro del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

Y todos los miembros del Cuerpo -la cabeza, la mano, los pies, etc.- son necesarios. Para que la fe sea visible, para que llegue a ser signo que llama a los alejados a creer en Jesucristo, tiene que crecer y madurar la fe de todos los miembros del Cuerpo.

En este sentido todos tenemos la tarea enorme de pasar de vivir la fe a nivel religioso natural a vivir una fe adulta, radical».

Lo entiendes, ¿verdad? Si Kiko te parece un charlatán es porque te estás resistiendo a la gracia de Dios, es a Dios a quien estás fallando, por su soberbia, por tu pereza, porque te niegas a crucificar la razón. Tuya será toda la culpa, porque en el fondo "te gusta pecar", dice Kiko, y no te quieres convertir, por eso no te entregas radicalmente al kikismo.

 

viernes, 9 de octubre de 2026

Sobre el matrimonio

 


Cuando yo eran joven, aceptaba la doctrina de la Iglesia sin hacerme preguntas, cuando maduré, no me resultó suficiente saber, además quise y quiero comprender. Y un asunto que siempre me ha incomodado es que la Iglesia tardó siglos en declarar Sacramento al matrimonio, históricamente era un contrato no sacramental hasta que…

El padre Pierre Moreau distingue «tres grandes etapas en la praxis de la Iglesia en relación con el matrimonio». La primera es «el matrimonio "en el Señor"». El obispo Ignacio de Antioquía, en su carta a Policarpo, invita a los cristianos a contraer la unión «de acuerdo con el obispo, para que así su matrimonio se haga según el Señor y no según la pasión». Del siglo IV al siglo XI, la bendición se expresa en la oración del padre de familia, del obispo y del sacerdote invitado a las nupcias, o en el momento de la entrega del velo a la joven esposa.

En la Edad Media, el matrimonio sale del ámbito doméstico. En los siglos IX y X, numerosos sínodos insisten para que los esposos reciban la bendición nupcial tras una investigación previa realizada por el clero, con el fin de garantizar el libre consentimiento de la mujer. El matrimonio pasa a ser público y la bendición se imparte a la puerta de la iglesia. Sólo el matrimonio rato (ratum) y consumado (consummatum) se considera indisoluble.

En Oriente, el código oficial, realizado por el emperador bizantino León VI hacia el año 900 (arranque del siglo X), fija unas disposiciones concretas relativas al matrimonio. La ley hace obligatoria y necesaria la bendición litúrgica, que los esposos reciben de un obispo o un sacerdote. En Occidente, este acto formal data de 1563 (segunda mitad del siglo XVI), cuando un decreto del concilio de Trento establece la obligación de una celebración pública (ante testigos) del matrimonio con presencia de un ministro (obispo o párroco).

Es en el Concilio de Trento cuando los eclesiásticos vienen a configurar un auténtico elenco de requisitos para otorgar validez a las uniones: el consentimiento de los contrayentes, las amonestaciones (también denominadas proclamas), la consumación, los testigos, la consignación de los datos de los desposados o la licencia episcopal correspondiente. En cambio, contar o no con la autorización de los padres de los novios no afecta a la validez formal y legal del matrimonio.

Su gran logro fue fijar el carácter sacramental de la institución, y en consecuencia la indisolubilidad del mismo y la consideración del divorcio como una herejía (incluso en caso de adulterio del cónyuge). Curiosamente, no hay ninguna condición de apretura a la vida para dar validez a la unión.

La tercera etapa, establece el padre Moreau, comienza en el siglo XVIII, cuando el amor pasa a ser condicionante para el matrimonio.

Hay que esperar aún más, hasta el siglo XX para que el Derecho Canónico introduzca la apertura a la vida como finalidad y condición necesaria del matrimonio. Es a partir de aquí que la negativa voluntaria a la procreación hace nulo lo que el adulterio -que también es incumplimiento de las promesa matrimoniales- no lo hace. Lo repito, a partir de aquí el adulterio del cónyuge, aunque sea reiterado, no hace nulo el matrimonio, sin embargo, la cerrazón a la vida sí lo hace nulo.

Sin embargo, con poca coherencia, la fórmula tradicional de compromiso entre los contrayentes se centra en la fidelidad, que según la doctrina de la Iglesia puede ser pisoteada sin dañar el Sacramento:

«Yo, [Nombre], te tomo a ti, [Nombre], como mi esposo/a, y prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y honrarte todos los días de mi vida».

Cierto que antes del consentimiento los contrayentes han tenido que responder a tres preguntas muy muy serias:

«¿Venís a contraer matrimonio sin ser coaccionados libre y voluntariamente?

¿Estáis decididos a amaros y respetaros mutuamente, siguiendo el modo de vida propio del matrimonio, durante toda la vida?

¿Estáis dispuestos a recibir de Dios responsable y amorosamente los hijos y a educarlos según la ley de Cristo y de su Iglesia?».

La tercera pregunta se refiere a la disposición responsable y amorosa de los cónyuges a recibir de Dios hijos. Esta disposición, por más que algunos no puedan entenderlo, no está reñida ni es contraria a hacer uso de los períodos infecundos de la mujer, al contrario, la castidad matrimonial es un aspecto fundamental del modo de vida propio de los casados y una gran asignatura pendiente.

Pero me interesa más la segunda parte, porque los contrayentes se comprometen a educar los hijos que reciban de Dios según la ley de Cristo y de su Iglesia.

Y aquí me parece que aquellos neocatecumenales que apoyan que mejor se muera el Papa que verse ellos integrados en las parroquias incurren en flagrante contradicción con sus votos matrimoniales. Peor todavía, porque ya concurrieron al matrimonio con el propósito de que los hijos que Dios les diera serían para el CNC, no para la Iglesia.

Esta actitud, libre y voluntaria y ejecutada sobre los hijos incluso en contra del querer de estos, ¿será causa de nulidad sacramental de su prolífico matrimonio?

 

miércoles, 7 de octubre de 2026

Padre nuestro - última parte (III)

 


Concluido el rito de la luz, como es usual viene algo que sirve de ejemplo de lo que nunca debe ser una monición a la Palabra de Dios.

«MONICIÓN A LA PROCLAMACIÓN DE LA PALABRA DE DIOS

(Kiko)

Hermanos, estáis en un momento importantísimo del Camino: la conclusión de la etapa del "Padre Nuestro"».

En la monserga kikil todo gira siempre en torno a la no-asociación, jamás en torno a las personas ni mucho menos en torno a la Iglesia, ese conjunto de religiosos de misa de 12 a los que no quiere arrimarse.

«Es el momento de hacer katekesis importantes sobre la intimidad con el Señor. Nosotros somos templo del Espíritu Santo, templo de la Santa Trinidad. Sor Isabel de la Trinidad decía: "Mis Tres"; así llamaba a la Santa Trinidad que habitaba en su espíritu. Eso es algo verdaderamente profundo y maravilloso.

En la Iglesia antigua el "Padre Nuestro" era como la corona que se entregaba a los catecúmenos hacia el final de su itinerario de gestación en la fe, cuando la nueva criatura empezaba a dar signos en su vida. ¡Porque el cristianismo es una nueva creación! Por eso dice S. Pablo, refiriéndose a los que querían un cristianismo judaizante: "nada cuenta ni la circuncisión, ni la incircuncisión, sino la creación nueva"».

En realidad, lo que se dice en Gálatas 6,15 es «en Cristo Jesús, ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino la nueva criatura», donde la importancia recae en Cristo, no en un itinerario no asociativo que entra en lo que vale nada.

«Como sabéis, hoy hay en el mundo una oleada de nacionalismos exacerbados. También en la Iglesia algunos están cayendo en el peligro de querer hacer iglesias nacionalistas, autónomas. Cuando llegamos a Barcelona para empezar el Camino, algunos nos dijeron: "¿Pero qué venís a hacer aquí? Vosotros sois castellanos, nosotros somos catalanes; ¡un castellano no puede predicar en Cataluña!" Los que piensan como ésos, dicen también: "¿El Papa? Que se esté buenecito en Roma; allí está muy bien. Aquí hay una realidad muy distinta de la de Roma: aquí estamos en Brasil, o en la India, o en el Congo, o en Madrid, o en Milán, o en Londres. ¡Aquí decidimos nosotros, que somos los que conocemos la realidad!"».

Talmente lo que pretenden los kikotistas: “el párroco que se dedique a sus cositas de religiosos de misa de 12 y sus caridades, que aquí los que sabemos la ruta y el itinerario hacia la fe adulta somos los loros de Kiko”.

«Así, algunos están negando la catolicidad y el mandamiento del Señor que dijo: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, en todo el mundo, en todas las naciones". Me imagino que, según los que tienen esa mentalidad nacionalista, S. Pablo tenía que haberse quedado evangelizando en su casa, en Tarso, y no tenía que haber ido a Roma; y lo mismo S. Francisco Javier, por ejemplo; porque ¿qué hace un español en la India o en Japón?».

Lo que yo me imagino es que la catolicidad no está reñida con la inculturación y el respeto a la cultura local, cosa que el kikismo jamás ha entendido ni practicado.

«El cristianismo es una nueva creación. En ese sentido ya no hay negro ni blanco, ni hay ya italiano ni español, etc. Por eso dice S. Pablo: "todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús"».

Lo precedente es retorcer la verdad. Una explicación de lo obvio: la afirmación de que ya no hay judío ni griego; esclavo ni libre; hombre ni mujer no se refiere a que ya no hay razas ni nacionalidades ni posición social ni roles de género, de lo contrario se acabó la kikada del cabeza de familia y la reina de la casa, ¿no? La expresión se refiere a que la condición de la salvación es exactamente la misma para el griego y para el judío, para el esclavo y para el libre, para el hombre y la mujer. Pero no deja de haber italianos y españoles, y también colombianos y peruanos, etc. Y el kikismo abusa de poner a italianos y españoles por encima de los neohermanos de cualquier otra nacionalidad.

«El cristiano es una nueva creación, es un ciudadano del cielo. Vive aquí, en la tierra, como un extranjero, como un parroquiano, como un "pároikos". La palabra "parroquia" viene del vocablo griego "paroikia", que significa peregrinación, exilio. ¡Somos extraños al mundo, somos parroquianos, somos extranjeros para el mundo!».

Como ya expliqué en otra ocasión, pues Kiko es muy repetitivo, la traducción correcta de ese vocablo griego es vecino, aunque se emplease después para señalar a los extranjeros, no a los exiliados, que es otra cosa.

«Esto no es una espiritualidad de elite; esto es la espiritualidad cristiana. ¡El Camino Neocatecumenal es un itinerario de iniciación cristiana para redescubrir el bautismo, no para llegar al "kikianismo"!».

Falso. El matrimonio espirikikual, por ejemplo, es puro kikianismo y elitismo.

«El Camino es un instrumento al servicio de las parroquias que buscan un itinerario de iniciación cristiana postbautismal para adultos. Vivir el cristianismo seriamente es vivir una nueva creación. ¿Y en qué consiste esa nueva creación? ¡En ser hijos de Dios!».

El esclavo no es hijo, y los kikos permanecen de por vida sometidos a los loros, sin llegar a puerto.

«En esta conclusión de la etapa del "Padre Nuestro", reviviréis profundamente algo tan importante como esto: somos verdaderamente hijos de Dios por la gracia santificante, de modo que podemos llamar a Dios "¡Abba!", palabra aramea que significa "¡Papá!, ¡Padre!".

Este grito: "¡Abbá!", no viene de nosotros sino del Espíritu Santo que grita con gemidos inefables el amor del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. El Padre le dice al Hijo: "¡Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy!". Y dice el Evangelio: "Jesús, dando un fuerte grito, dijo: 'Abbá, Padre, en tus manos pongo mi espíritu' y, dicho esto, expiró". Por eso el Evangelio dice también: "Al ver el centurión, que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: 'Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios'"».

De forma intencionada o por ignorancia, Kiko mezcla evangelios e inventa relaciones causas-efecto. Tanto en el Evangelio de Mateo como en el de Marcos se dice que Cristo dio una voz y expiró, y justo a continuación se añade que en ese momento el velo del templo se rajó de arriba abajo, se abrieron tumbas y muchos muertos resucitaron y entraron a la ciudad. Y ello provocó que el centurión reconociera al muerto como Hijo de Dios.

Mal está que uno que se las da, sin serlo, de catequista, confunda a la audiencia con falsificaciones de los evangelios, y aún peor que a su lado esté un pésimo cura que no sea capaz de corregirlo.

Aquí Kiko mete una pausa publicitaria que dejo para otra ocasión.