Tras dos hora de escrutinio, llega el momento de la “celebración penitencial querida por el CV II”, dice Ascen, aunque nadie más en el mundo se haya enterado.
Y como no podía ser de otro modo, la tal celebración está trufada de moniciones innecesarias.
Dice Kiko en la introducción:
«Ahora celebramos este sacramento, que es como un segundo bautismo».
Parece que Kiko está obsesionado con repetir el bautismo. No, el sacramento de la reconciliación no es “como un segundo bautismo”, el bautismo es un sacramento distinto, aunque Kiko no lo capte.
«El bautismo es una dynamis, es algo dinámico, es como el agua que brota constantemente: por eso, un cristiano tiene que convertirse constantemente».
No hay la menor relación de causa efecto entre las frases, aunque Kiko las junte. La necesidad de convertirse cada día lleva al sacramento de la reconciliación, no al bautismo, de lo contrario, el bautismo tendría que repetirse también cada día.
«El hombre pone al demonio por encima de todo, con el amor al dinero, con el amor a sí mismo: la conversión consiste en descubrir la mentira del demonio que se ha instalado en el alma del hombre, prometiendo felicidad, prometiendo todo, y todo es mentira. La conversión tiene el poder de expulsar al demonio».
Me parece que no. La conversión es fundamental, porque es el primer paso que lleva a buscar la reconciliación con Dios, pero sin el Sacramento y sin el perdón otorgado en este, dudo mucho que el demonio sea expulsado.
«No es que ahora, en esta penitencial, tú prometes ser humilde, de modo que todo sea pelagianismo, una exigencia, y después te desanimes porque ves que a la primera estupidez de tu mujer te enojas, al primer contratiempo te enfureces.
Creed que la Sangre de Jesús, por este sacramento, tiene el poder de realizar verdaderamente esta obra en nosotros, de darnos su Espíritu de cordero, de libertad total. La felicidad consiste en darse a los demás, en aceptar, en no oponer resistencia al mal. Ánimo, hermanos, creamos que la Sangre de Jesús caerá sobre nosotros y confesemos con valentía nuestros pecados de apostasía, de adulterio, de asesinato, de juicio, de querer hacernos dios de la historia».
A ver si lo entiendo, Kiko dice confiésate y después deja que la Sangre de Jesús lo haga todo, tú no te esfuerces, que eso es pelagianismo.
Aquí se proclama un Evangelio (no el del día, sino Lc 9,18-22) y a continuación hay una homilía a cargo del presbi que se ordenó sin conocer a Dios. Supongo que es por eso por lo que suelta: «Uno puede ser obispo y no ser cristiano».
Ciertamente su experiencia personal es un ejemplo de que se puede ser presbi y no ser cristiano.
«Cuando se presenta la cruz y los dolores en los huesos, en los intestinos, en la cabeza, todos estamos tentados de rechazar la cruz o de resistir interiormente. Yo os hablo de mi experiencia».
En efecto, habla de sí mismo, aunque hace mal al apuntar a obispos, porque en esa convi solo había uno (obligado a dimitir por el Papa Francisco), a quien es plausible que aplique la frasecita de marras, pero no hacía falta señalarlo.
Pues todavía señala un fallo más, que asigna a toda la concurrencia: «A nuestra edad, ya un poco considerable, es muy fácil, no digo murmurar, sino quejarse con el Señor. Murmurar está prohibido para un cristiano, porque murmurar quiere decir juzgar a Dios, como si las cruces que nos envía no fueran por su amor para purificarnos, para prepararnos a ir al cielo a ver su rostro, porque con ese cuerpo y con lo que está en nuestro corazón, de donde salen las fornicaciones, los juicios, la soberbia, la ira, que es la raíz de todas las guerras, por el demonio que nos domina, no podemos ir».
En suma, que ni uno de ellos está muerto para el pecado y vivo para Dios, sino todo lo contrario. Y no me extraña, porque la kikotina tiene esos efectos perniciosos.
Y cuenta otra anécdota de sí mismo:
«Yo recuerdo que una experiencia de itinerantes “de dos en dos” que hice en una ciudad del norte de Francia, que se llama Caen, en Normandía, donde aterrizaron los americanos y destruyeron a los alemanes, y han destruido también la ciudad de Caen. Así que cuando nosotros hicimos la experiencia, fuimos a visitar a los párrocos. La ciudad estaba reconstruida totalmente, todo bonito, calles muy bonitas, bien estudiadas, pero ni un párroco nos acogió, solamente nos acogieron en un manicomio para dormir por la noche. Y en esta ciudad, me llamó la atención que no había ni un hospital, ni un cementerio, ni pobres pidiendo limosna. Todo lo que tenía que ver con el sufrimiento lo habían puesto a muchos kilómetros fuera de la ciudad. La mentalidad moderna después de la guerra es alejar el sufrimiento, cuando es precisamente a través del sufrimiento que Jesucristo nos ha dado la salvación, la redención, de la cual gozamos hoy todos aquí».
Se me ocurren varios comentarios.
Tendrían que haber buscado a un imán a ver lo bien que les acogía. Es muy cómodo reclamar a los párrocos que se sometan a las kikadas.
Es razonable que les acogieran en un manicomio. Es más, hubiese sido procedente que les retuviesen una temporadita allí hospedados.
Un hospital requiere un terreno extenso, un cementerio también, es el precio del suelo lo que hace que se alejen cada vez más de los centros urbanos. La mentecatez de Pezzi de que se los llevan para “alejar el sufrimiento” solo es eso: mentecatez. Y si no había pobres mendicantes en la calle será porque los servicios sociales funcionan, ¿no?, porque da la impresión de que sugiere que una mano negra “los retira” de las calles y los esconde en algún gueto.

