Otro testimonio.
«Estuve 28 años en el NC (toda mi vida, incluso me han dicho que mis padres entraron al Camino por mi culpa, pues mi madre tuvo un parto traumático). Mis padres y hermanos están todos en el Camino; mis padres fueron responsables (durante más de 30 años) y todavía son "catequistas" (sic). Fui a todas las Jornadas de la Juventud y encuentros con Kiko, di catequesis, fui salmista y hasta di mi experiencia en plazas públicas. Tengo suficiente información para escribir un libro (como la mayoría de ustedes también), algunos hechos concretos incluyen:
1. Que me dijeran que no me casara con mi ahora esposo porque él no quería unirse (no tenía nada en contra hasta que todos mis amigos y familiares intentaron obligarle a comenzar).
2. Amistades perdidas, aficiones, torneos deportivos (y puestos en los equipos), porque esas cosas son "mundanas" y no te llevarán al reino del Cielo (es decir, te perderás reuniones y, por lo tanto, dejarás de venir al Camino); son una "alienación".
3. Sentir que TENÍA que ir a la misión porque no encontré un compañero adecuado en el Camino. Pensé que no valía nada y que no era atractiva. (Más tarde supe que algunos de los peores tipos, los que falta al respeto a las mujeres están allí, en la comunidad).
Después de casarme (con un NO-NC) íbamos esporádicamente, y cuando tuvimos a nuestra hija él no quiso llevarla allí de ninguna manera. Las campanas de alarma comenzaron a sonar cuando mi "catequista" mencionó que cuando llevamos a nuestros hijos a la Eucaristía debemos ignorarlos por completo, si necesitan algo simplemente los ahuyentamos, dijo que si quedan marcados emocional y psicológicamente no pasa nada, porque sus catequistas los ayudarán cuando crezcan, no había que preocuparse por ellos, porque eso sería idolatrar a los hijos.
¿Preocupada? ¡Estaba horrorizada!
El colmo fue cuando experimentamos el nacimiento de nuestro hijo muerto. Me di cuenta de lo frágil que es la vida y de que debería pasarla con mi familia (hija y marido) en lugar de perseguir palabras vacías en viajes de una hora dos veces por semana.
La última vez que entré fue a la vigilia pascual (éramos padrinos de mi sobrino). Me sentí incómoda, ansiosa y sentí que ya no pertenecía allí, por decir lo menos.
Creo que es imposible salir sin ayuda (una pareja, un terapeuta, un consejero, un buen amigo...). Doy gracias por la paciencia de mi marido (porque aunque él no estaba de acuerdo, nunca hablaba mal de ellos, nunca quiso rebajarse a su nivel)».

