lunes, 3 de julio de 2023

Atentado contra el buen gusto (y van...)

 

Por desgracia Kiko y los suyos no tuvieron bastante con “adefesiar” la catedral de Madrid.

En Costa Rica, en Alajuela, tienen una catedral que data de los años 20 del siglo pasado. Era hermosa, impresionante y fue restaurada allá por 2012 para devolverle el esplendor luminoso y colorido.

Antes, cuando empezó a sentirse el tufillo kikista, el altar mayor respondía a lo que se muestra en las siguientes imágenes.




Sitiales para los sacerdotes

 

 

Por encima de los sacerdotes, la patrona, Nuestra Señora del Pilar, y por encima de ella la cruz e Cristo

Pero sucedió que tras la pandemia los prelados del lugar se reunieron para discernir qué quería decirles el Señor con tales acontecimientos y…, sí, lo habéis adivinado, vieron clarísimo que lo que su señor quería era vandalizar…, digo, kikotizar más la catedral.

Y dicho y hecho, otro adefesio a la mayor gloria de uno muy sensible que firma lo que no pinta.

 



No me resisto a incluir también un par de testimonios gráficos que muestran que a la hora de la comunión (sentados, obvio), solo una está pendiente de que tiene a Dios en sus manos, los demás están muy entretenidos mirando el mundo, que prestar atención a Dios no va con ellos.


Hechos concretos del kikismo.

sábado, 1 de julio de 2023

Testimonio de una hija del Camino

 

Tengo dieciséis años y puedo decir que he nacido y he crecido en el Camino Neocatecumenal.

Para quien no esté familiarizado con el CNC puede parecer rebuscada esta forma de expresarse: “puedo decir que…”, “puedo afirmar que…”, pero entre los neocatecúmenos que hablan a una asamblea (casi siempre de neocatecumenales) es una forma habitual de arrancar: “Soy menganito y puedo afirmar que sí estoy vivo es gracias a…”; “soy zutanita y puedo decir que volví a la vida el día que…”. Son así de teatreros. De modo que con esa forma de arrancar su experiencia la autora se descubre como neocatecúmena de cepa.


 

Desde el principio, la noción que se me transmitió fue que yo pertenecía a un grupo privilegiado que nunca debía abandonar si quería salvarme.

He sido testigo de conductas erradas, maliciosas, dañosas e incluso delictivas por parte de neocatecúmenos -en ocasiones hijos de CNC-. En todos los casos, los kikotistas se aferraban a que lo único fundamental era que la persona que así obraba no dejase la comunidad, que si perseveraba, diosito la salvaría. Y a quien sufría las consecuencias del vandalismo, que se aguantase.

Sin embargo, de mi infancia tengo malos recuerdos de la Eucaristía del sábado por la noche. A menudo no podía permanecer despierta todo ese tiempo y también sufría dolores físicos.

Cuando crecí, sucedía que si un sábado prefería salir con mis amigos y asistir al día siguiente a la misa dominical en la parroquia, mis padres me reprendían como si se tratase de una acción mala y mis coetáneos de la comunidad me miraban con recelo. Por ello a partir de los trece años comencé a nutrir cierta rebeldía contra el Camino, que chocaba con un sentimiento de culpa tremendo, fruto del condicionamiento recibido tanto en casa como en la comunidad,     que me llevaba a pesar: «¡El demonio me engaña! No soy digna del amor de Dios. ¡Solo sé pecar!».

¡Y yo solo tenía trece años!

La palanca de la culpa es muy importante en el CNC, donde se utiliza con mucha insistencia para convencer a los captados de que no cumplir a rajatabla con el trípode, el diezmo, las normas y cualquier capricho de Kiko es fallarle a Dios y no hacer su voluntad. Son idólatras y no se dan cuenta.

A los catorce años escuché las catequesis y entré en mi propia comunidad.

Entre los neocatecumenales es usual la expresión “hacer las catequesis”. En realidad ni hacen ni asisten a catequesis, solo calientan silla en unas kikotesis. Y tampoco importa si las escuchan o no, pues el Camino entero consiste en repetir cienes y cienes de veces lo mismo, tanto si ya lo ha escuchado antes y se lo saben de memoria como si no.

Poco a poco fui convencida de que aquello era la única “verdadera Iglesia”.

De esta época, recuerdo con pesar la actitud que asumí con una amiga que pertenecía a otro grupo parroquial. Adopté con ella el papel de "catequista de la única fe verdadera, la del Camino" y quise convencerla de que en su grupo nunca entendería nada sobre el Cristianismo auténtico; se sintió muy juzgada y perdí su amistad.

No pasó mucho tiempo antes de que me desagradasen ciertas actitudes que veía en la comunidad. Por ejemplo, la forma de expresarse de los hijos de padres catecúmenos en las oraciones y resonancias: «¡Señor, pon tu mano sobre mi cabeza, porque soy un pecador!»... «La Palabra me ha dicho esta noche que soy un egoísta y un prepotente...».

Eran chicos muy condicionados y decían estas cosas para complacer a los adultos. Yo me negaba a rezar en voz alta y oraba sólo en la intimidad, porque me sentía más libre y espontánea.

Un sábado, en la Eucaristía, el presbítero del Camino dijo que también nosotros, los muchachos, éramos «sepulcros blanqueados, con gusanos y hedor dentro». La amiga que se sentaba a mi lado, hija de catequistas, y yo nos miramos y casi nos echamos a reír, pero cuando llegué a casa y me acosté comencé a llorar de desesperación.

Así es el discurso del CN: te dicen que para salvarte es imprescindible que entregues tu vida a la comunidad, que obedezcas en todo a los kikotistas, que no pienses ni razones porque el demonio te engaña, que no te juntes con nadie que no sea neocatecúmeno… Y cuando ya te tienen, te sueltan que da igual lo que hagas, eres un pecador y siempre lo serás, un sepulcro lleno de gusanos.

Pero el evento que más me impactó fue la convivencia del primer paso. ¡No he tenido una experiencia más dolorosa que esta!

Para crear ambiente, desde la primera tarde hasta el final de la convivencia, nos repitieron sin cesar: «¡Hermano mío, tú en tu vida solo obras el mal! Tu vida es un desastre porque escuchas a Satanás y entonces robas, traicionas, odias a tu jefe, te masturbas, te emborrachas...!». Ese mensaje no solo fue escuchado por adultos, sino también por adolescentes.

En la convivencia nos entregaron un cuestionario al que debíamos responder individualmente, para luego leer las respuestas en público. Una de las cuestiones preguntaba si, en nuestra opinión, teníamos fe.

Antes de escribir las respuestas, se nos dio una catequesis cuyo mensaje fue este: si creemos que tenemos fe, estamos engañados. Para "demostrarlo" nos pidieron que nos comparásemos con Abraham, afirmando también que uno tiene fe o no la tiene y que no hay poca ni mucha fe. Después nos pidieron que respondiéramos la pregunta y naturalmente nadie osó responder que sí tenía fe, no por convicción, sino para evitar problemas con los catequistas.

En resumidas cuentas, aunque seas hijo del Camino, llegado al primer paso has de asegurar ante toda la comunidad que jamás has tenido fe, que ni siquiera la has olido porque en tu casa no hay de eso.

Recuerdo que una de nosotras dijo que tenía “un poco de fe”, los catequistas no dejaron de insistir hasta que la pobre se retracto y asumió que no tenía fe.

La misma situación se produjo con el segundo cuestionario, en el que se nos preguntaba si nuestro corazón estaba puesto en el trabajo, en los afectos, en los estudios, etc. o estaba puesto en Dios. Por supuesto, la “respuesta correcta neocatecumenal”, era la primera, es decir, que todos teníamos el corazón en los asuntos y bienes terrenales.

Otra prueba más de la inutilidad del Camino: da igual si has nacido en una familia neocatecumenal adultísima y has mamado leche de mamotreto kiko desde el primer día, porque a la hora de la verdad, el discerni-miento de los kikotistas descubrirá que eres un idólatra, que eres el hombre viejo incapaz de no pecar. Y si por un casual, tras vestir la túnica, te ves en la tesitura de empezar de nuevo el Camino -por matrimonio, por ejemplo-, también te dirán que no tienes fe y que estás atado a las cosas de este mundo.

La última cuestión preguntaba cual era nuestra cruz. Pero las cruces de algunos hermanos no satisficieron a los catequistas, que indagaron e interrogaron hasta dar con una que ellos juzgaron de mayor peso.

La intromisión en el fuero interno es marca de la kasa.
Después hubo una larga catequesis para convencernos de que Dios habla en nuestra vida solo por medio de cruces: sufrimiento, enfermedad, litigios y desgracias diversas.

Cuantas más desgracias, más charlatán está el extraño diosito neocatecumenal.

También recuerdo que en una de tantas catequesis un catequista, dirigiéndose a nosotros, muchachos, nos dijo que nos engañábamos si estábamos convencidos de que no teníamos pecados graves. Luego, en tono de quien transmite buenas noticias, nos dijo textualmente: «...pero ¡el Señor se encargará de haceros experimentar esos pecados que creéis no tener, para que descubráis que no tenéis fe y que también sois pecadores!».

En ese momento la sensación de desorientación y confusión espiritual fue total. Me preguntaba ¿es posible que Dios "se encargue" de hacerme pecar para demostrarme que soy pecadora y que no tengo fe?

Después de esa convivencia no volví a la comunidad.

Una compañera mía, hija de catequistas, me confió que a ella también le gustaría salir, pero no puede porque sus padres no se lo permiten y que una vez su padre hasta le dio una bofetada... Otra tiene una fuerte crisis nerviosa que le impide estudiar, tiene constantes crisis de llanto y acude a un psicólogo para tratarse, ella también está muy conflictiva, quiere dejar el Camino, pero teme ser castigada por Dios, y además sus padres no se lo permiten.

Si Dios es amor y dador de alegría y yo, como otros, no he encontrado ni lo uno ni lo otro en la comunidad, entonces algo no funciona en el Camino.