lunes, 8 de octubre de 2012

Soldados de Cristo Rey defendieron la catedral


Vamos a hacer una pausa para postear una publicación de otro blog con un tema muy importante, en Posadas -  Argentina se realizó un encuentro de mujeres que reclaman su derecho al aborto libre y demás anexos.  La Catedral de Posadas como ya ocurrió en otras oportunidades iba a ser el punto del ataque de estas personas que destilan su odio contra la iglesia , haciendo pintas en los templos con todo tipo de insultos  y blasfemias. Un grupo de (para seguir con nuestro tema) "religiosos naturales" de esos que no conocen nuestro hermanos neocatecúmenos y que creen  que no existen en la iglesia se spostó en la puerta de la catedral para defenderla con su principal arma, el Santo Rosario, tuvieron que soportar todo tipo de vejaciones e insultos de estas "primitivas" mientras los jóvenes soportaban el acoso de la turba. Ellos iban  pidiendo la intercesión de nuestra Santa Madre  por estas personas tan confundidas y por los niños abortados.
Publico este post para que todos seamos testigos de  lo que esta ocurriendo y para que nuestros hermanos neocatecumenos  se enteren que allí afuera hay una iglesia viva que ama a Cristo y a su Iglesia. Por otro lado es indignante que el párroco de esta catedral Alberto Barros calificara a estos católicos como fundamentalistas y como provocadores. Tremendo! pero estos son nuestros tiempos de tanta confusión . 

Soldados de Cristo Rey la defendieron
(algunos fueron completamente desnudados por la horda)

Pese a la inaceptable pasividad del Obispo,
y las descalificaciones del párroco de la Catedral


Valientes esperan al enemigo:
¿El Obispo hizo algo además de mandar cerrar las rejas? 

Advertimos sobre la extrema crudeza de las imágenes mostradas en el video de abajo, en el que se ve el ataque a la Catedral.



Video del ataque a la Catedral de Posadas

Así respetaron las abortistas el
"acuerdo de no agresión" alcanzado con el cura Barros

Reproducimos estas imágenes para que se tenga cabal idea de que en este combate se lucha contra el mismo Demonio.

A los defensores se les colocó el pañuelo verde de la muerte, símbolo de los abortistas, alrededor del cuello, les pintaron el bigote a lo Hitler, mujeres semidesnudas se refregaron contra ellos...


 

(Cuando la Iglesia andaba bien, se hacían fogatas para convencer a esta gente, y a curas como Alberto Barros... mejor no seguimos)



Sabíamos que el padre Alberto Barros, rector de la Catedral de Posadas, Pcia. de Misiones, Argentina, era un grave abusador litúrgico. No hace mucho, unos amigos que intentaron comulgar de rodillas en una de sus misas, fueron echados (sin comulgar) al grito de: "váyanse a otro lado, aquí no aceptamos fundamentalistas".

Pero no pensábamos que fuera tan poco creyente como para fustigar, por los medios de comunicación, a los católicos que se dieron cita en Posadas con el objeto de defender la Catedral del ataque que, como es habitual, perpetran año tras año contra la sede episcopal de la ciudad que visitan, las hordas abortistas del Encuentro Nacional de Mujeres.

En una entrevista efectuada por un medio local, y ante el llamado a la defensa de la Catedral efectuado por la Red Federal de Familias, dijo que

“También habría grupos católicos intolerantes, que viven la fe de manera conflictiva y no queremos que utilicen a la Catedral como trincheras... Es una actitud poco inteligente y poco cristiana porque Jesús no agredió y fue agredido; y ahí está el mensaje de la fe”. Dijo también que no importa que se ensucie y apedree la Catedral, luego se pinta y listo.

No tenemos tiempo para transcribir todas las "gansadas" pronunciadas por el infeliz sacerdote, las cuales podrán ver en el primer video de abajo.
Pero sí le queremos decir al padre Alejandro Barros, progresista por lo que se ve y abusador litúrgico, que la recta doctrina católica manda a los fieles defender la honra y la dignidad de Jesucristo y de las cosas santas, por los medios que la prudencia aconseje en cada caso.

Los católicos podemos sufrir las ofensas personales en silencio, pero no nos está permitido permanecer impasibles cuando son conculcados los derechos de Dios, o se insulta su santo Nombre, o a su Santísima Madre o a su esposa la Iglesia.

El Señor fue Maestro de esta doctrina, cuando expulsó a latigazos a quienes habían hecho de la Casa de su Padre una cueva de ladrones. Deje por lo tanto, padre Barros, de tergiversar las Sagradas Escrituras, es decir, deje de mentir, y piense que haría con Ud. el dueño de la mies si volviera ahora.

¿Qué cree que le diría si, llamado a su presencia, le quiere explicar que no vale la pena defender la Casa de Dios de unas gentes que solo quieren apedreala y escribir leyendas injuriosas para con la Iglesia, como ha dicho por la radio con absoluto desparpajo? Total luego limpiamos y tapamos las pintadas y aquí no ha pasado nada. En otro tiempo, un sacerdote que hablará así sería tenido por repugnante cobarde.

Un abortista escupe a un católico
Cuando escuchamos argumentos como estos y vemos cómo actúan los progresistas, nos reafirmamos en la convicción de que hay dos Iglesias que por ahora conviven bajo el mismo manto canónico. Pero son prácticamente irreconocibles la una para con la otra, lamentablemente.
El mismo padre Barros denuncia en el primer video de abajo, que el obispado de Oberá, el otro que hay en la provincia de Misiones cuyo Obispo Santiago Vitar es un luchador por la vida, fue el que estimuló la resistencia católica, y menciona también en el mismo "bando" al obispado de San Rafael.

Nos preguntamos: ¿Qué hacía el Obispo de Posadas, Mons. Juan Rubén Martínez, mientras mujeres, algunas muy jóvenes, arriesgaban sus vidas para defender su Catedral? ¿No habrá llegado la hora en que los fieles comencemos a aplicar la política de"cepillo vacío - no más limosna", en las diócesis donde actúan estos personajes?

Gracias a Dios los jóvenes no le hicieron caso a este infeliz sacerdote, que integra la banda de los "dialogistas" a ultranza (como oirán de su propia voz), y se presentaron anoche por su cuenta y riesgo, para defender heróicamente la Catedral de Posadas.

Gracias muchachos, flor y nata de la juventud católica argentina. Gracias por hacer oídos sordos a los cantos de sirena, con que unos lobos vestidos de corderos intentan desviarlos hacia los escollos mortales de la tibieza y de la mediocridad.
Gracias por darnos el ejemplo del combate más elevado por Dios y por la Patria. Gracias por ocupar tan dignamente, a pesar de las debilidades y flaquezas humanas, el puesto que nos corresponde a todos los católicos y para el que hemos sido armados el día de nuestra Confirmación.
(Aunque hay un refrán que dice "A Dios rogando y con el mazo dando", falta darle un poco más de énfasis al segundo término del aforismo... quizá la próxima)

El Señor les dé, oportunamente, la corona de la victoria que ha prometido a todos los que sean sus testigos delante de los hombres; a pesar del "diálogo", y de la cobardía de los que se han puesto la meta imposible de conciliar a Cristo con Belial


Entrevista al "dialogista" rector de la Catedral 
(Antes del ataque - Vergonzoso)

El obispo se reunió con las abortistas



La visita que con el Obispo hicieron a las abortistas no les sirvió de nada. Fracasados cultores de un diálogo inútil y a cualquier precio.

Estas leyendas son nada para el Obispo y el padre Barros.


Esta es la línea de no ceder


Mujeres defienden la Catedal: ¿Y el Obispo?


Mons. Juan Martínez: ¿Dónde estuvo el piloto?

viernes, 5 de octubre de 2012

Catequesis del Papa sobre la Liturgia (COMPLETA)

 
Aunque muchos de ustedes crean lo contrario La pagina neocatecumenal Camineo.info hizo eco de esta catequesis del Papa, el dia de hoy 05/10/2012 desde su pagina inicial en la seccion  : La Voz del Papa:

Y dentro trató la noticia de esta manera: 




Ahora veamos la Catequesis completa del Papa y resaltaremos en verde fosforescente lo que la página Camineo.info dijo de las catequesis del Papa, y todos los demás textos negritas y letras rojas y grandes es lo que obviaron (sus razones tendrán)  de esta tremenda catequesis de Su Santidad Benedicto XVI:

Fuente: http://www.zenit.org/article-43273?l=spanish

LA LITURGIA, LUGAR DONDE VIVIR LA UNIVERSALIDAD DE LA IGLESIA


Catequesis de Benedicto XVI en la audiencia general de hoy

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 3 octubre 2012 (ZENIT.org).- La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar a las 10,30 en la plaza de San Pedro, donde Benedicto XVI se dirigió a grupos de peregrinos y fieles llegados de Italia y de otros países. Ofrecemos las palabras pronunciadas por el papa en una catequesis centrada en la liturgia.
*****
Queridos hermanos y hermanas:
En la catequesis pasada empecé a hablar sobre una de las fuentes privilegiadas de la oración cristiana: la sagrada liturgia, que, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, es “participación en la oración de Cristo, dirigida al Padre en el Espíritu Santo. En la liturgia toda oración cristiana encuentra su fuente y su fin” (n. 1073). Hoy me gustaría que nos preguntemos: ¿en mi vida, reservo un espacio suficiente para la oración y, sobre todo, que lugar tiene en mi relación con Dios, la oración litúrgica, especialmente la Santa Misa, como participación en la oración común del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia?
Para responder a esta pregunta, primero debemos recordar que la oración es la relación viviente de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo, y con el Espíritu Santo (cf. ibid., 2565). Así que la vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios y tener conciencia de ello, en el vivir en relación con Dios como si viviese las relaciones habituales de nuestra vida, aquellos con los familiares más queridos, con los verdaderos amigos; de hecho, aquella con el Señor es la relación que alumbra a todas nuestras otras relaciones. Esta comunión de vida con Dios, Uno y Trino, es posible porque, mediante el Bautismo hemos sido insertados en Cristo, hemos comenzado a ser uno con Él (cf. Rom. 6,5).
De hecho, solo en Cristo podemos hablar con Dios Padre como hijos, de lo contrario no es posible, sino que en comunión con el Hijo, podemos también decir como Él dijo: "Abba". En comunión con Cristo, podemos conocer a Dios como verdadero Padre (cf. Mt. 11,27). Por esto la oración cristiana consiste en mirar de manera constante y en una forma siempre nueva a Cristo, hablar con Él, permanecer en silencio con Él, escucharlo, actuar y sufrir con Él. El cristiano descubre su verdadera identidad en Cristo, “el primogénito de toda criatura”, en quien todas las cosas subsisten (cf. Col. 1,15 ss). En el identificarme con Él, en el ser uno con Él, descubro mi identidad personal, aquella del verdadero hijo que ve a Dios como un Padre lleno de amor.
Pero no olvidemos: A Cristo lo descubrimos, lo conocemos como una persona viviente, en la Iglesia. Esta es "su cuerpo". Esta corporeidad se puede entender a partir de las palabras bíblicas sobre el hombre y sobre la mujer: los dos se harán una sola carne (cf. Gn. 2,24; Ef. 5,30ss; 1 Cor 6,16s). El vínculo indisoluble entre Cristo y la Iglesia, a través del poder unificador del amor, no niega el “tú” y el “yo”, sino que los eleva a su unidad más profunda.
Encontrar la propia identidad en Cristo significa lograr una comunión con Él, que no me anula, sino me eleva a la dignidad más alta, aquella de hijo de Dios en Cristo: “la historia de amor entre Dios y el hombre consiste, en el hecho de que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, y por lo tanto nuestra voluntad y la de Dios coinciden cada vez más” (Encíclica Deus caritas est, 17). Orar significa elevarse a la altura de Dios a través de una necesaria y gradual transformación de nuestro ser.
Por lo tanto, participando en la liturgia, hacemos nuestro el lenguaje de la Madre Iglesia, aprendemos a hablar en ella y por ella. Naturalmente, y como ya lo he dicho, esto sucede de manera gradual, poco a poco. Tengo que sumergirme progresivamente en las palabras de la Iglesia, con mi oración, con mi vida, con mi sufrimiento, con mi alegría, con mis pensamientos. Es un camino que nos transforma.
Pienso entonces que estas reflexiones nos permiten responder a la pregunta que nos hicimos al principio: ¿cómo aprendo a orar, como crezco en mi oración? Mirando el modelo que Jesús nos enseñó, el Padre Nuestro, vemos que la primera palabra es "Padre" y la segunda es "nuestro". La respuesta, entonces, es clara: aprendo a orar, alimento mi oración, dirigiéndome a Dios como Padre y orando-con-otros, orando con la Iglesia, aceptando el regalo de sus palabras, que me resultan poco a poco familiares y ricas de sentido. El diálogo que Dios establece con cada uno de nosotros, y nosotros con Él, en la oración incluye siempre un "con"; no se puede orar a Dios de modo individualista.
En la oración litúrgica, especialmente en la Eucaristía, y --formados de la liturgia--, en cada oración no hablamos solo como individuos, sino que entramos en el "nosotros" de la Iglesia que ora. Y tenemos que transformar nuestro "yo" entrando en este "nosotros".
Me gustaría recordar otro aspecto importante. En el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: "En la liturgia de la Nueva Alianza toda acción litúrgica, especialmente la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos, es un encuentro entre Cristo y la Iglesia" (n. 1097); por lo que es el "Cristo total", toda la Comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza, el que celebra.
La liturgia no es, pues, una especie de “auto-manifestación” de una comunidad, sino que es la salida del simple “ser uno mismo”, ser cerrado en sí mismo, y entrar en el gran banquete, entrar en la gran comunidad viviente, en la que Dios mismo nos alimenta. La liturgia implica universalidad y este carácter universal debe entrar una y otra vez en el conocimiento de todos.
La liturgia cristiana es el culto del templo universal que es Cristo Resucitado, cuyos brazos están extendidos en la cruz para atraer a todos en el abrazo del amor eterno de Dios.
Es el culto a cielo abierto. No es nunca el solo evento de una comunidad única, con su ubicación en el tiempo y en el espacio. Es importante que todo cristiano se sienta y sea realmente insertado en este “nosotros” universal, que brinda la base y el refugio al “yo”, en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.
En esto debemos tener presente y aceptar la lógica de la encarnación de Dios: Él se ha hecho cercano, presente, entrando en la historia y en la naturaleza humana, convirtiéndose en uno de nosotros. Y esta presencia continúa en la Iglesia, su Cuerpo. La liturgia no es el recuerdo de acontecimientos pasados, sino que es la presencia viva del Misterio Pascual de Cristo que trasciende y une a todos los tiempos y espacios.
Si en la celebración no emerge la centralidad de Cristo, no tendremos liturgia cristiana, totalmente dependiente del Señor y sostenida por su presencia creadora. Dios actúa a través de Cristo y nosotros no podemos hacerlo si no es a través de él y en Él.
Cada día debe crecer en nosotros la convicción de que la liturgia no es nuestra, un "hacer" mío, sino que es la acción de Dios en nosotros y con nosotros.
Por lo tanto, no es el individuo --sacerdote o laico--, o el grupo que celebra la liturgia, sino que es sobre todo la acción de Dios a través de la Iglesia, que tiene su propia historia, su rica tradición y creatividad. Esta universalidad y apertura fundamental, que es característica de toda la liturgia, es una de las razones por las que esta no puede ser creada o modificada por la misma comunidad o por los expertos, sino que debe ser fiel a las formas de la Iglesia universal.
Incluso en la liturgia de la comunidad más pequeña, siempre está presente toda la Iglesia. Por esta razón no hay “extranjeros” en la comunidad litúrgica. En cada celebración litúrgica participa junta toda la Iglesia, cielo y tierra, Dios y los hombres. La liturgia cristiana, aún si se celebra en un lugar y en un espacio concreto y expresa el "sí" de una comunidad particular, es de por sí católica, viene del todo y conduce al todo, en unión con el Papa, con los obispos, con los creyentes de todos los tiempos y de todos los lugares. Cuanto más animada está una celebración por esta conciencia, tanto más fructífero es en ella el sentido auténtico de la liturgia.
Queridos amigos, la Iglesia se hace visible en muchos aspectos: en el trabajo caritativo, en proyectos misioneros, en el apostolado personal que cada cristiano debe realizar en su entorno. Pero el lugar donde se vive plenamente como Iglesia es la liturgia: esta es el acto por el que creemos que Dios entra en nuestra realidad y le podemos encontrar, le podemos tocar. Es el acto por el que entramos en contacto con Dios: Él viene a nosotros, y nosotros somos iluminados por Él. Por lo tanto, cuando en las reflexiones sobre la liturgia centramos nuestra atención solo en cómo hacerla atractiva, interesante, hermosa, corremos el riesgo de olvidar lo esencial: la liturgia se celebra por Dios y no por nosotros mismos; es obra suya; es Él el sujeto; y nosotros debemos abrirnos a Él y dejarnos guiar por Él y por su Cuerpo que es la Iglesia.
Pidamos al Señor aprender cada día a vivir la sagrada liturgia, especialmente la Celebración eucaristíca, rezando en el “nosotros” de la Iglesia, que dirige su mirada no hacia sí misma, sino a Dios, y sintiéndonos parte de la Iglesia viviente de todos los lugares y de todos los tiempos. Gracias.
Traducido del original italiano por José Antonio Varela V.
©Librería Editorial Vaticana

jueves, 4 de octubre de 2012

Benedicto XVI: La Liturgia no puede ser ideada o modificada por una comunidad particular o por los expertos

fuente: http://www.vis.va/vissolr/index.php?vi=all&dl=5fb16687-587f-599f-9f54-506c2b588ee2&dl_t=text/xml&dl_a=y&ul=1&ev=1
3/10/2012

EN LA LITURGIA LA IGLESIA SE HACE PLENAMENTE VISIBLE
Ciudad del Vaticano, 3 octubre 2012 (VIS).-El espacio que ocupa la oración litúrgica, sobre todo en la Santa Misa, en la vida del cristiano ha sido el tema central de la catequesis de Benedicto XVI durante la audiencia general de los miércoles en la Plaza de San Pedro.
La oración, explicó el Papa, "es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesús y con el Espíritu Santo. Por lo tanto, la vida de oración consiste en estar habitualmente en presencia de Dios y ser conscientes de ello. (...) Y esto es posible por medio del bautismo que nos une a Cristo (..) ya que solo en Cristo podemos dialogar con Dios Padre como hijos".
Para el cristiano la plegaria es "mirar constantemente y de forma siempre nueva a Cristo". Pero a Cristo, continuó el pontífice "lo descubrimos y lo conocemos como persona viva en la Iglesia. Ella es su cuerpo (...) El lazo inseparable entre Cristo y la Iglesia, a través de la fuerza unificadora del amor, no anula el 'tu' y el 'yo'; al contrario, lo eleva a una unidad más profunda (...) Rezar significa elevarse a la altura de Dios, mediante una transformación gradual y necesaria de nuestro ser".
Participando en la liturgia "hacemos nuestra la lengua de la madre Iglesia, aprendemos a hablar en ella y por ella. Naturalmente, esto ocurre de forma gradual, poco a poco. Debo sumergirme, progresivamente, en las palabras de la Iglesia, con mi oración, con mi vida, con mis sufrimientos, mi alegría y mis pensamientos(...) Es un camino que nos transforma".
La cuestión de 'cómo rezamos' se esclarece siguiendo el Padre nuestro, la oración que nos enseñó Jesús. "Vemos -dijo el Papa- que la primera palabra es 'Padre' y la segunda 'nuestro'. La respuesta está clara. Aprendo a rezar, alimento mi oración, dirigiéndome a Dios como Padre y rezando con otros, rezando con la Iglesia, aceptando el don de sus palabras que, poco a poco, se me hacen familiares y ricas de sentido. El diálogo que Dios establece con cada uno de nosotros y nosotros con El, en la oración incluye siempre un 'con'; no se puede rezar de forma individualista.  
En la oración litúrgica, sobre todo en la Eucaristía (...), en cada oración, no hablamos sólo como personas al singular, sino que entramos en el 'nosotros' de la Iglesia que reza.
La liturgia, pues, "no es una especie de 'auto-manifestación' de una comunidad: (...) es entrar en la comunidad viva en la que Dios mismo nos nutre. Implica universalidad" y "es importante que cada uno de los cristianos se sienta y esté realmente insertado en este 'nosotros' universal que constituye el fundamento y el refugio del 'yo', en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia".
Para ello es necesario aceptar la lógica de la encarnación de Dios, que "se hizo vivo y presente entrando en la historia y en la naturaleza humana (...) Y esta presencia prosigue en la Iglesia, su cuerpo. La liturgia, entonces, no es el recuerdo de eventos pasados: es la presencia viva del misterio pascual de Cristo que transciende y une los tiempos y los espacios".
"No es el individuo -sacerdote o fiel- o el grupo el que celebra la liturgia; ésta es , en primer lugar, la acción de Dios a través de la Iglesia, que tiene su historia, su rica tradición y su creatividad. Esta universalidad y apertura fundamental, que es propia de toda liturgia, es una de la razones por las que no puede ser ideada o modificada por una comunidad particular o por los expertos, sino que debe ser fiel a las formas de la Iglesia universal".
La Iglesia se hace plenamente visible en la liturgia "el acto en que creemos que Dios entra en nuestra realidad y nosotros lo podemos encontrar. Es el acto en que (...) El viene a nosotros y nos ilumina", concluyó el Papa.

miércoles, 3 de octubre de 2012

¿ESTAMOS YA EN LA EPOCA DE LA GRAN APOSTASIA?


“Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá (Cristo) sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el “hombre de pecado”, el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios”. 
(San Pablo a los Tesalonicienses)

VISIONES DE LA BEATA ANNA CATALINA EMMERICK

«Vi la Iglesia terrestre, es decir la sociedad de los fieles sobre la tierra, el ejercito de Cristo en su estado de paso sobre la tierra, completamente oscurecida y desolada»

«¡Vosotros sacerdotes, que no os movéis! ¡Estáis dormidos y el redil arde por todos lados! ¡No hacéis nada! ¡Como llorareis por eso un día! ¡Si tan solo hubierais dicho un Pater! (…) ¡Veo tantos traidores! No soportan que se diga : «esto va mal». Todo está bien a sus ojos con tal de que puedan glorificarse con el mundo!

«Vi muchos buenos y piadosos obispos, pero estaban mudos y débiles y el mal partido tomaba a menudo la fuerza»

«De nuevo vi la visión en la que la iglesia de San Pedro era minada, siguiendo un plan hecho por la secta secreta, al mismo tiempo que era deteriorada por las tormentas»

«Vi la iglesia de los apóstatas crecer grandemente. Vi las tinieblas que partían de ella, repartirse alrededor y vi muchas personas abandonar a la Iglesia legítima y dirigirse hacia la otra diciendo: «Ahí todo es mas bonito, más natural y más ordenado»

«Vi cosas deplorables: se jugaba, se bebía, se parloteaba, se seducía a las mujeres en la iglesia, en una palabra se cometían allí todo tipo de abominaciones»

«Los sacerdotes dejaban que se hiciera cualquier cosa y decían la misa con mucha irreverencia. Vi pocos que tuvieran todavía piedad y juzgasen sanamente las cosas. Todo eso me afligió mucho. Entonces mi Esposo celeste me cogió por medio del cuerpo, como él mismo había sido atado a la columna y me dijo: «Es así como la Iglesia será todavía encadenada, es así como será estrechamente atada antes de que pueda revelarse»

“Vi al Papa en oración; estaba rodeado de falsos amigos que a menudo hacían lo contrario de lo que decía”. (El Camino Neocatecumenal y el “vatileaks”)

“Vi también en Alemania a eclesiásticos mundanos y protestantes iluminados manifestar deseos y formar un plan para la fusión de las confesiones religiosas y para la supresión de la autoridad papal”.


PROFANACIÓN DE LA EUCARISTÍA

Vi muy a menudo a Jesús mismo cruelmente inmolado sobre el altar por la celebración indigna y criminal de los santos misterios. Vi ante los sacerdotes sacrílegos la santa Hostia reposar sobre un altar como un Niño Jesús vivo que ellos cortaban en trozos con la patena y que martirizaban horriblemente. Su misa, aunque realizando realmente el santo sacrificio, me parecía como un horrible asesinato. (CC.89)

... la devoción al Santísimo Sacramento caería completamente en decadencia y el sacramento mismo en el olvido. Ella decía esto aplicándolo particularmente a esa parte de la Iglesia en la que vio todas las cosas desecarse y morir ante el progreso de las luces y bajo el régimen de la libertad, de la caridad y de la tolerancia. (AA.III.164)

Veo los enemigos del Santísimo Sacramento que cierran las Iglesias e impiden que se le adore, acercarse a un terrible castigo. Yo los veo enfermos y en el lecho de muerte sin sacerdote y sin sacramento (AA.III.167)

La fiesta del Santísimo Sacramento se había vuelto una necesidad porque en esa época (la de su institución) la adoración que le era debida estaba muy descuidada y la Iglesia debía proclamar su fe por una adoración pública. No hay fiesta y devoción establecidas por la Iglesia, artículo de fe promulgado por ella que no sean indispensables, necesarios y exigidos para el mantenimiento de la verdadera doctrina en una época dada. (AA.II.286)

LA FALSA IGLESIA

«12 de noviembre de 1820. – Viajaba a través de una comarca sombría y fría y llegue a la gran ciudad (Roma). Vi allí de nuevo la gran y singular iglesia que se estaba construyendo; no había nada de santo en ella; vi aquello de la misma manera que veo una obra católica, eclesiástica, en la cual trabajan en común los ángeles, los santos y los cristianos; pero aquí la colaboración se hacía de otras maneras más mecánicas. (AA. III. 105)

Vi arriba dibujar líneas y trazar figuras, y vi como, en seguida, en la tierra, un hombre había levantado un plano, un dibujo. Vi la acción de los orgullosos espíritus planetarios en sus relaciones con esta construcción hacerse sentir hasta en las regiones más alejadas. Vi llegar hasta distancias inmensas el impulso dado para la preparación de todo lo que podía ser necesario y útil para la construcción y para la existencia de esta iglesia; vi allí concurrir a todo tipo de personas y de cosas, de doctrinas y de opiniones. Había en todo esto, algo de orgulloso, de presuntuoso, de violento y todo parecía tener éxito y me era mostrado en una multitud de escenas.

Vi subir y bajar a los espíritus planetarios, los vi enviar rayos sobre las personas que construían el edificio. Todo se hacía según la razón humana. (AA.III.105)

No vi ni un solo ángel, ni un solo santo cooperar en esta obra. Pero vi mucho más lejos, en el fondo, el trono de un pueblo salvaje armado de espadas, y una figura que reía y que decía: «Constrúyela todo lo sólida que quieras, nosotros la derrumbaremos» (AA.III.105)

(Vi) que se mina y se asfixia la religión tan hábilmente que no queda a penas más que un pequeño número de sacerdotes que no estén seducidos. No puedo decir como se ha hecho esto, pero veo la niebla y las tinieblas extenderse cada vez más. Sin embargo hay tres iglesias en las que no pueden pertrecharse: son las de San Pedro, la de Santa María Mayor y la de San Miguel. Ellos trabajan continuamente para demolerlas pero no lo consiguen. Todos trabajan para la demolición, incluso los eclesiásticos. Una gran devastación está próxima. (AA.III.122)

Vi muchas abominaciones con gran detalle; reconocí a Roma y vi a la Iglesia oprimida y su decadencia en el interior y en el exterior. (AA.III.159)

Vi sobre una verde pradera muchas personas, entre los cuales había sabios, reunirse aparte... (AA.III.156)

... y apareció una nueva iglesia en la cual ellos estaban reunidos. Esta iglesia era redonda con una cúpula gris y tantas personas afluían que yo no comprendía como ese edificio podía contenerlas a todas. Era como un pueblo entero.

Sin embargo esta nueva iglesia se volvía cada vez más sombría y negra (al comienzo solo era gris) y todo lo que se hacía en ella era como un vapor negro. Estas tinieblas se extendieron fuera y todo el verdor se marchitó; varias parroquias de los alrededores fueron invadidas por la oscuridad y la sequedad, y el prado, a una gran distancia, se volvió como una sombría ciénaga.


¡… y este plan tenía, en Roma misma, a sus promotores entre los prelados! 

Ellos construían una gran iglesia, extraña y extravagante; todo el mundo tenía que entrar en ella para unirse y poseer allí los mismos derechos; evangélicos, católicos, sectas de todo tipo: lo que debía ser una verdadera comunión de los profanos donde no habría más que un pastor y un rebaño. Tenía que haber también un Papa pero que no poseyera nada y fuera asalariado. Todo estaba preparado de antemano y muchas cosas estaban ya hechas: pero en el lugar del altar, no había más que desolación y abominación.

¿ESTAMOS YA EN LA GRAN APOSTASIA?

Es evidente, que las cosas no funcionan ni medianamente bien en la Iglesia desde hace varias décadas, no es algo nuevo, el fenómeno “apostásico”, ha estado presente a lo largo de toda la historia de la Iglesia en sus 2000 años de recorrido, desde la negación de Judas, pasando por las herejías arriana o albigense, hasta llegar a la rebelión de Lutero y a nuestros días, donde la “apostasía” ha adquirido un carácter más sibilino, quizá no tan formal ni institucionalizado, pero presente como un cáncer terminal que va invadiendo incluso los tejidos más sanos del Cuerpo Místico de Cristo.

Hoy, tenemos múltiples ejemplos que apuntan en esta dirección, desde los abusos litúrgicos y eucarísticos que se realizan de manera cotidiana en la mayoría de las Iglesias, hasta los grandes movimientos de rebelión de religiosos protestantizados y traidores que exigen la revocación del Dogma y de la misma enseñanza evangélica “a favor” de los homosexuales, el celibato “voluntario” o la comunión a las personas que viven en adulterio.

No solamente en las bases de la Iglesia hay claros signos de desintegración y de desobediencia, en la misma cúspide del Papado se han producido escandalosos casos de desobediencia incluso a la voluntad expresa del cielo como ocurrió en 1960 cuando Juan XXIII se negó a publicar el Tercer Secreto de Fátima, algo que fue una desobediencia a una petición expresa de la Virgen María, que pidió a Sor Lucia que a más tardar se publicase en dicha fecha el Tercer Secreto, “cuando se entendería mejor el significado del mensaje” que hablaría precisamente de la Gran Apostasía.

Sin duda Juan XXIII decidió hacer oídos sordos a las peticiones del cielo y en lugar de ello impulsó el CVII cuyas consecuencias (directas o indirectas, no voy a entrar a juzgarlo), fueron la expansión de un Espíritu de rebelión dentro de la Iglesia, a pesar de los esfuerzos en la buena dirección del actual Papa Benedicto XVI y de algunos Obispos valientes que aún se mantienen fieles a las verdades evangélicas, el fenómeno apostásico se ha seguido extendiendo devastando y mutilando a la Iglesia de San Pedro.

Dios no nos abandona a nuestra suerte, y a través de Santos como la Beata Anna Catalina (beatificada por Juan Pablo II), o de revelaciones como la acontecida en Fátima, nos va marcando los signos de los tiempos y la actitud que debemos tomar para afrontarlos, así, en Fátima se da la clave para entender cuando esta Gran Apostasía que ya lacera el seno de la Iglesia pasará a ser una realidad formal y tangible, a pesar de los reiterados engaños sobre el Tercer Secreto, en las palabras de la Virgen “En Portugal se conservará siempre el dogma de la fe…” se nos da a entender que en otras zonas del mundo este Dogma no se conservará, en la actualidad, al no existir de manera formal esas diferencias substanciales, claramente se nos da a entender que la “Gran Apostasía” en su vertiente formal aun no se ha producido, y está por llegar.

Por: Antonio M.R.

lunes, 1 de octubre de 2012

La Confesión: Lo que el Papa manda

 
Contra los disparates de Kiko en el sacramento de la reconciliación (sobre todo en las Directrices para la fase de conversión, febrero de 1972) y en contra de los malos hábitos del Camino Neocatecumenal, le pedimos al  Papa Juan Pablo II  una aclaración del sacramento de la penitencia:



JUAN PABLO II 

CARTA APOSTÓLICA
EN FORMA DE «MOTU PROPRIO»

MISERICORDIA DEI

SOBRE ALGUNOS ASPECTOS
DE LA CELEBRACIÓN
DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA


Confesiones en el Camino Neocatecumenal
Por la misericordia de Dios, Padre que reconcilia, el Verbo se encarnó en el vientre purísimo de la Santísima Virgen María para salvar «a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21) y abrirle «el camino de la salvación».(1) San Juan Bautista confirma esta misión indicando a Jesús como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Toda la obra y predicación del Precursor es una llamada enérgica y ardiente a la penitencia y a la conversión, cuyo signo es el bautismo administrado en las aguas del Jordán. El mismo Jesús se somete a aquel rito penitencial (cf. Mt 3, 13-17), no porque haya pecado, sino porque «se deja contar entre los pecadores; es ya “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29); anticipa ya el “bautismo” de su muerte sangrienta».(2) La salvación es, pues y ante todo, redención del pecado como impedimento para la amistad con Dios, y liberación del estado de esclavitud en la que se encuentra al hombre que ha cedido a la tentación del Maligno y ha perdido la libertad de los hijos de Dios (cf.Rm 8,21).
La misión confiada por Cristo a los Apóstoles es el anuncio del Reino de Dios y la predicación del Evangelio con vistas a la conversión (cf. Mc 16,15; Mt 28,18-20). La tarde del día mismo de su Resurrección, cuando es inminente el comienzo de la misión apostólica, Jesús da a los Apóstoles, por la fuerza del Espíritu Santo, el poder de reconciliar con Dios y con la Iglesia a los pecadores arrepentidos: «Recibid el Espíritu Santo.A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23).(3)

A lo largo de la historia y en la praxis constante de la Iglesia, el «ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18), concedida mediante los sacramentos del Bautismo y de la Penitencia, se ha sentido siempre como una tarea pastoral muy relevante, realizada por obediencia al mandato de Jesús como parte esencial del ministerio sacerdotal. La celebración del sacramento de la Penitencia ha tenido en el curso de los siglos un desarrollo que ha asumido diversas formas expresivas, conservando siempre, sin embargo, la misma estructura fundamental, que comprende necesariamente, además de la intervención del ministro – solamente un Obispo o un presbítero, que juzga y absuelve, atiende y cura en el nombre de Cristo –, los actos del penitente: la contrición, la confesión y la satisfacción.

En la Carta apostólica Novo millennio ineunte he escrito: «Deseo pedir, además, una renovada valentía pastoral para que la pedagogía cotidiana de la comunidad cristiana sepa proponer de manera convincente y eficaz la práctica del Sacramento de la Reconciliación. Como se recordará, en 1984 intervine sobre este tema con la Exhortación postsinodal Reconciliatio et paenitentia, que recogía los frutos de la reflexión de una Asamblea general del Sínodo de los Obispos, dedicada a esta problemática. Entonces invitaba a esforzarse por todos los medios para afrontar la crisis del “sentido del pecado” [...]. Cuando el mencionado Sínodo afrontó el problema, era patente a todos la crisis del Sacramento, especialmente en algunas regiones del mundo. Los motivos que lo originan no se han desvanecido en este breve lapso de tiempo. Pero el Año jubilar, que se ha caracterizado particularmente por el recurso a la Penitencia sacramental nos ha ofrecido un mensaje alentador, que no se ha de desperdiciar: si muchos, entre ellos tantos jóvenes, se han acercado con fruto a este sacramento, probablemente es necesario que los Pastores tengan mayor confianza, creatividad y perseverancia en presentarlo y valorizarlo».(4)
Con estas palabras pretendía y pretendo dar ánimos y, al mismo tiempo, dirigir una insistente invitación a mis hermanos Obispos – y, a través de ellos, a todos los presbíteros – a reforzar solícitamente el sacramento de la Reconciliación, incluso como exigencia de auténtica caridad y verdadera justicia pastoral,(5) recordándoles que todo fiel, con las debidas disposiciones interiores, tiene derecho a recibir personalmente la gracia sacramental.


San  Pío de Pietrelcina confesando
A fin de que el discernimiento sobre las disposiciones de los penitentes en orden a la absolución o no, y a la imposición de la penitencia oportuna por parte del ministro del Sacramento, hace falta que el fiel, además de la conciencia de los pecados cometidos, del dolor por ellos y de la voluntad de no recaer más,(6) confiese sus pecados. En este sentido, el Concilio de Trento declaró que es necesario «de derecho divino confesar todos y cada uno de los pecados mortales».(7) La Iglesia ha visto siempre un nexo esencial entre el juicio confiado a los sacerdotes en este Sacramento y la necesidad de que los penitentes manifiesten sus propios pecados,(8) excepto en caso de imposibilidad. Por lo tanto, la confesión completa de los pecados graves, siendo por institución divina parte constitutiva del Sacramento, en modo alguno puede quedar confiada al libre juicio de los Pastores (dispensa, interpretación, costumbres locales, etc.). La Autoridad eclesiástica competente sólo especifica – en las relativas normas disciplinares – los criterios para distinguir la imposibilidad real de confesar los pecados, respecto a otras situaciones en las que la imposibilidad es únicamente aparente o, en todo caso, superable.

En las circunstancias pastorales actuales, atendiendo a las expresas preocupaciones de numerosos hermanos en el Episcopado, considero conveniente volver a recordar algunas leyes canónicas vigentes sobre la celebración de este sacramento, precisando algún aspecto del mismo, para favorecer – en espíritu de comunión con la responsabilidad propia de todo el Episcopado(9) – su mejor administración. Se trata de hacer efectiva y de tutelar una celebración cada vez más fiel, y por tanto más fructífera, del don confiado a la Iglesia por el Señor Jesús después de la resurrección (cf. Jn 20,19-23). Todo esto resulta especialmente necesario, dado que en algunas regiones se observa la tendencia al abandono de la confesión personal, junto con el recurso abusivo a la «absolución general» o «colectiva», de tal modo que ésta no aparece como medio extraordinario en situaciones completamente excepcionales. Basándose en una ampliación arbitraria del requisito de la grave necesidad,(10) se pierde de vista en la práctica la fidelidad a la configuración divina del Sacramento y, concretamente, la necesidad de la confesión individual, con daños graves para la vida espiritual de los fieles y la santidad de la Iglesia.

Así pues, tras haber oído el parecer de la Congregación para la Doctrina de la fe, la Congregación para el Culto divino y la disciplina de los sacramentos y el Consejo Pontificio para los Textos legislativos, además de las consideraciones de los venerables Hermanos Cardenales que presiden los Dicasterios de la Curia Romana, reiterando la doctrina católica sobre el sacramento de la Penitencia y la Reconciliación expuesta sintéticamente en el Catecismo de la Iglesia Católica,(11)consciente de mi responsabilidad pastoral y con plena conciencia de la necesidad y eficacia siempre actual de este Sacramento, dispongo cuanto sigue:

  1. 1Los Ordinarios han de recordar a todos los ministros del sacramento de la Penitencia que la ley universal de la Iglesia ha reiterado, en aplicación de la doctrina católica sobre este punto, que:a) «La confesión individual e íntegra y la absolución constituyen el único modo ordinario con el que un fiel consciente de que está en pecado grave se reconcilia con Dios y con la Iglesia; sólo la imposibilidad física o moral excusa de esa confesión, en cuyo caso la reconciliación se puede conseguir también por otros medios».(12)b) Por tanto, «todos los que, por su oficio, tienen encomendada la cura de almas, están obligados a proveer que se oiga en confesión a los fieles que les están encomendados y que lo pidan razonablemente; y que se les dé la oportunidad de acercarse a la confesión individual, en días y horas determinadas que les resulten asequibles».(13)Además, todos los sacerdotes que tienen la facultad de administrar el sacramento de la Penitencia, muéstrense siempre y totalmente dispuestos a administrarlo cada vez que los fieles lo soliciten razonablemente.(14) La falta de disponibilidad para acoger a las ovejas descarriadas, e incluso para ir en su búsqueda y poder devolverlas al redil, sería un signo doloroso de falta de sentido pastoral en quien, por la ordenación sacerdotal, tiene que llevar en sí la imagen del Buen Pastor.
  2. Los Ordinarios del lugar, así como los párrocos y los rectores de iglesias y santuarios, deben verificar periódicamente que se den de hecho las máximas facilidades posibles para la confesión de los fieles. En particular, se recomienda la presencia visible de los confesores en los lugares de culto durante los horarios previstos, la adecuación de estos horarios a la situación real de los penitentes y la especial disponibilidad para confesar antes de las Misas y también, para atender a las necesidades de los fieles, durante la celebración de la Santa Misa, si hay otros sacerdotes disponibles.(15)
  3. Dado que «el fiel está obligado a confesar según su especie y número todos los pecados graves cometidos después del Bautismo y aún no perdonados por la potestad de las llaves de la Iglesia ni acusados en la confesión individual, de los cuales tenga conciencia después de un examen diligente»,(16) se reprueba cualquier uso que restrinja la confesión a una acusación genérica o limitada a sólo uno o más pecados considerados más significativos. Por otro lado, teniendo en cuenta la vocación de todos los fieles a la santidad, se les recomienda confesar también los pecados veniales.(17)
  4.  La absolución a más de un penitente a la vez, sin confesión individual previa, prevista en el can. 961 del Código de Derecho Canónico, ha ser entendida y aplicada rectamente a la luz y en el contexto de las normas precedentemente enunciadas. En efecto, dicha absolución «tiene un carácter de excepcionalidad»(18) y no puede impartirse «con carácter general a no ser que:1º amenace un peligro de muerte, y el sacerdote o los sacerdotes no tengan tiempo para oír la confesión de cada penitente;2º haya una grave necesidad, es decir, cuando, teniendo en cuenta el número de los penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente la confesión de cada uno dentro de un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa por su parte, se verían privados durante notable tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comunión; pero no se considera suficiente necesidad cuando no se puede disponer de confesores a causa sólo de una gran concurrencia de penitentes, como puede suceder en una gran fiesta o peregrinación».(19)Sobre el caso de grave necesidad, se precisa cuanto sigue:a) Se trata de situaciones que, objetivamente, son excepcionales, como las que pueden producirse en territorios de misión o en comunidades de fieles aisladas, donde el sacerdote sólo puede pasar una o pocas veces al año, o cuando lo permitan las circunstancias bélicas, metereológicas u otras parecidas.b) Las dos condiciones establecidas en el canon para que se dé la grave necesidad son inseparables, por lo que nunca es suficiente la sola imposibilidad de confesar «como conviene» a las personas dentro de «un tiempo razonable» debido a la escasez de sacerdotes; dicha imposibilidad ha de estar unida al hecho de que, de otro modo, los penitentes se verían privados por un «notable tiempo», sin culpa suya, de la gracia sacramental. Así pues, se debe tener presente el conjunto de las circunstancias de los penitentes y de la diócesis, por lo que se refiere a su organización pastoral y la posibilidad de acceso de los fieles al sacramento de la Penitencia.c) La primera condición, la imposibilidad de «oír debidamente la confesión» «dentro de un tiempo razonable», hace referencia sólo al tiempo razonable requerido para administrar válida y dignamente el sacramento, sin que sea relevante a este respecto un coloquio pastoral más prolongado, que puede ser pospuesto a circunstancias más favorables. Este tiempo razonable y conveniente para oír las confesiones, dependerá de las posibilidades reales del confesor o confesores y de los penitentes mismos.d) Sobre la segunda condición, se ha de valorar, según un juicio prudencial, cuánto deba ser el tiempo de privación de la gracia sacramental para que se verifique una verdadera imposibilidad según el can. 960, cuando no hay peligro inminente de muerte. Este juicio no es prudencial si altera el sentido de la imposibilidad física o moral, como ocurriría, por ejemplo, si se considerara que un tiempo inferior a un mes implicaría permanecer «un tiempo razonable» con dicha privación.e) No es admisible crear, o permitir que se creen, situaciones de aparente grave necesidad, derivadas de la insuficiente administración ordinaria del Sacramento por no observar las normas antes recordadas(20) y, menos aún, por la opción de los penitentes en favor de la absolución colectiva, como si se tratara de una posibilidad normal y equivalente a las dos formas ordinarias descritas en el Ritual.f) Una gran concurrencia de penitentes no constituye, por sí sola, suficiente necesidad, no sólo en una fiesta solemne o peregrinación, y ni siquiera por turismo u otras razones parecidas, debidas a la creciente movilidad de las personas.
  5. Juzgar si se dan las condiciones requeridas según el can. 961, § 1, 2º, no corresponde al confesor, sino al Obispo diocesano, «el cual, teniendo en cuenta los criterios acordados con los demás miembros de la Conferencia Episcopal, puede determinar los casos en que se verifica esa necesidad».(21) Estos criterios pastorales deben ser expresión del deseo de buscar la plena fidelidad, en las circunstancias del respectivo territorio, a los criterios de fondo expuestos en la disciplina universal de la Iglesia, los cuales, por lo demás, se fundan en las exigencias que se derivan del sacramento mismo de la Penitencia en su divina institución.
  6. Siendo de importancia fundamental, en una materia tan esencial para la vida de la Iglesia, la total armonía entre los diversos Episcopados del mundo, las Conferencias Episcopales, según lo dispuesto en el can. 455, §2 del C.I.C., enviarán cuanto antes a la Congregación para el Culto divino y la disciplina de los sacramentos el texto de las normas que piensan emanar o actualizar, a la luz del presente Motu proprio, sobre la aplicación del can. 961 del C.I.C. Esto favorecerá una mayor comunión entre los Obispos de toda la Iglesia, impulsando por doquier a los fieles a acercarse con provecho a las fuentes de la misericordia divina, siempre rebosantes en el sacramento de la Reconciliación.Desde esta perspectiva de comunión será también oportuno que los Obispos diocesanos informen a las respectivas Conferencias Episcopales acerca de si se dan o no, en el ámbito de su jurisdicción, casos de grave necesidad.Será además deber de las Conferencias Episcopales informar a la mencionada Congregación acerca de la situación de hecho existente en su territorio y sobre los eventuales cambios que después se produzcan.
  7. Por lo que se refiere a las disposiciones personales de los penitentes, se recuerda que:a) «Para que un fiel reciba validamente la absolución sacramental dada a varios a la vez, se requiere no sólo que esté debidamente dispuesto, sino que se proponga a la vez hacer en su debido tiempo confesión individual de todos los pecados graves que en las presentes circunstancias no ha podido confesar de ese modo».(22)
    b
    ) En la medida de lo posible, incluso en el caso de inminente peligro de muerte, se exhorte antes a los fieles «a que cada uno haga un acto de contrición».(23)c) Está claro que no pueden recibir validamente la absolución los penitentes que viven habitualmente en estado de pecado grave y no tienen intención de cambiar su situación.
  8. Quedando a salvo la obligación de «confesar fielmente sus pecados graves al menos una vez al año»,(24) «aquel a quien se le perdonan los pecados graves con una absolución general, debe acercarse a la confesión individual lo antes posible, en cuanto tenga ocasión, antes de recibir otra absolución general, de no interponerse una causa justa».(25)
  9.  Sobre el lugar y la sede para la celebración del Sacramento, téngase presente que:a) «El lugar propio para oír confesiones es una iglesia u oratorio»,(26) siendo claro que razones de orden pastoral pueden justificar la celebración del sacramento en lugares diversos;(27)b) las normas sobre la sede para la confesión son dadas por las respectivas Conferencias Episcopales, las cuales han de garantizar que esté situada en «lugar patente» y esté «provista de rejillas» de modo que puedan utilizarlas los fieles y los confesores mismos que lo deseen.(28)Todo lo que he establecido con la presente Carta apostólica en forma de Motu proprio, ordeno que tenga valor pleno y permanente, y se observe a partir de este día, sin que obste cualquier otra disposición en contra.Lo que he establecido con esta Carta tiene valor también, por su naturaleza, para las venerables Iglesias Orientales Católicas, en conformidad con los respectivos cánones de su propio Código.Dado en Roma, junto a San Pedro, el 7 de abril, Domingo de la octava de Pascua o de la Divina Misericordia, en el año del Señor 2002, vigésimo cuarto de mi Pontificado.
    JUAN PABLO II