Una de las frases que más le gusta repetir a Kiko es la de «el señor te ha traído aquí» o alguna de sus variantes: «tienes que darle gracias al señor que te mantiene aquí», «estás aquí no por tus méritos, sino porque el señor te ha traído de la mano», afirmaciones que se completan con «y te ha dado catequistas, te ha dado una comunidad».
Todas ellas, bajo su aparente sencillez e inocencia, son frases coercitivas, además de ser mentira.
Para empezar, quien las pronuncia y se las dirige a otros se sitúa por encima de esos otros, es más, se sitúa como único intérprete válido de la voluntad del tal señor en nombre de cual dice hablar.
Es obvio que hay que ser muy muy sensible, incluso ultrasensible, para poder captar la voluntad del señor de marras para todos los demás. Así se entiende que en el CNC, mientras que la afectividad se considera una lacra, la sensibilidad esté sobrevalorada.
Así pues, la
primera condición para ser mensajero y vocero del señor es la sensibilidad a
flor de piel. Y la segunda, que deriva de la primera aunque pueda parecer contradictoria, es que esa piel sea más dura que el cemento armado, de forma que el "sensible"
no dude jamás en presionar al otro, que es Cristo, e incluso que no dude en coaccionarlo y amenazarlo con desdichas sin cuento si no escucha. El fin justifica cualquier medio para que el oyente entienda que
fallar a la comunidad y al Camino es dar la espalda a ese señor representado por el gran sensible, es rechazar su
voluntad, es oponerse a ella. Es, en suma, abrir la puerta a los demonios.
Este es el verdadero mensaje: «el señor te ha traído aquí» significa no puede irte de aquí, porque si te vas le darás la espalda a la historia que el señor tenía pensada para ti desde antes de la creación del mundo; no puedes irte porque jamás llegarás a ser cristiano si le das una patada al señor, que te quiere aquí; no puedes irte, porque eso sería «bajarte de la cruz» que el señor quiere para ti y «sin cruz no hay salvación». En suma, no puedes irte, porque irte sería lo mismo que negar a Dios.
MENTIRA.
Te mienten y te manipulan. Y además, se hacen pasar por únicos intérpretes válidos de la voluntad de otro para ti: «somos tus catequistas». Lo que también es mentira.
No son catequistas, puesto que ningún obispo los acredita y ahora, con las disposiciones papales sobre el ministerio del catequista, mucho más claro queda que ni lo son ni lo pueden ser. No dan la talla.
Pero hay una forma más clara e inmediata para descubrir la impostura de cuantos hablan en nombre de un señor tan falso como un ídolo con pies de barro:
En primer lugar, el verdadero Dios habla al corazón de cada uno de los que le buscan, no necesita intermediarios porque resuena en las almas, en el interior de la gente y su Voz trae consigo la paz.
En segundo lugar, Dios no puede ser encerrado en salas de usos múltiples, por más que algunos se afanen en correr a echar pestillos a las puertas y decretar arcanos y prohibir la reproducción de ciertos mamotretos. Dios no te quiere en un lugar determinado, Dios te quiere a Su lado. Al Suyo, no a del club privado de los sensibles. Y Él está en todas partes.
No va a caer ninguna maldición sobre ti si dejas la comunidad, no ofendes a Dios si no caminas, no te va a castigar, no desobedeces ni te opones a Su voluntad si no haces el trípode ni te condenas si no das el diezmo. Al contrario, si no dejas que otros - muy sensibles ellos y muy prestos a usar el nombre de Dios en vano- manipulen tu vida, serás un poco más libre.
Hay otra serie de mantras que también se emplean para mantener el yugo de la comunidad sobre el cuello de los captados. Cuando un neocatecúmeno da señales de estar harto, cuando las reuniones le parecen vacías y no experimenta nada ni siente nada, cuando tiene problemas concretos con personas concretas de la comunidad -ser sensible está fetén, ser afectivo es espantoso-, se recurre a hacerle saber que su obligación es dejarse pisotear por los amados hermanos. Pero no se dice así, que queda feo.
La manipulación para estos casos es la de tildar de justiciero al que no se deja pisotear. Jamás se eleva la voz contra el que ha cometido el agravio, pues eso sería resistirse al mal. De modo que se apunta contra el agraviado que se ve doblegado bajo el doble peso de la injusticia sufrida y de los juicios de la comunidad, que le conminan sin misericordia a «no resistirse al mal», «no bajarse de la cruz» y renunciar a «ser un justiciero».
Quizá tales consejos provengan del desconocimiento antes que de la maldad o del afán de engaño, pero conviene explicar que parten de un error garrafal.
El «no os
resistáis al mal» se refiere a la actitud que un cristiano debe mostrar a los
de fuera, nunca invitó Cristo a doblegarse ante las injusticias cometidas por
otros presuntos cristianos puesto que tales actos no tendrían que darse entre
ellos y, de producirse, lo que hay que hacer es corregirlos, no tolerarlos. ¿Acaso no reprendió Jesús a Pedro cuando este se lio y no veía la voluntad de Dios? ¿No lo hizo también Pablo cuando Pedro se dejó influir por los judaizantes?
El masoquismo y la tolerancia del error son profundamente anticristianos.
Quien enseña a otros que la justicia no es correcta y que hay que humillarse ante el atropello no es cristiano ni entiende el Cristianismo.
En una comunidad que se dice en camino hacia el cristianismo adulto no se pueden tolerar injusticias y malquerencias contra sus miembros.
No resistirse al mal hasta dar la propia vida significa no resistir el mal que procede de "fuera" de la Iglesia y tiene su raíz y su causa en la fe verdadera. La Iglesia no persigue ni hace mal a los cristianos por causa de la fe, eso solo lo hacen los ajenos a ella, pero si dentro de la Iglesia se hace el mal, existe la obligación moral de paliarlo y combatirlo. Pues este mal no es por causa de la fe, porque la fe debería ser la misma.
Por tanto, si en algo que dice ser Iglesia se reparten infamias, calumnias y malicias, no solo no se da la espalda a Dios por no soportarlo, es que existe el deber de combatirlo como algo intrínsecamente malvado y además, lo mejor que se puede hacer es salir de ese lugar y no volver. La Iglesia es grande y universal, no es un gueto de puertas cerradas.

