La entrada precedente trató sobre la figura (carisma, le dicen) del ostiario, a quien se carga con muchos deberes y responsabilidades y cero autoridad. El ostiario en el CNC ha de servir a todos en silencio, sin quejarse jamás y sin recibir nada a cambio, que ya Dios, si lo tiene a bien, le premiará cuando le toque.
Hay otras figuras mucho más vistosas en el CNC.
Por supuesto están los kikotistas, que no son catequistas, pues no reciben la formación precisa para serlo ni los nombra la Iglesia. Las comunidades nacen sin kikotistas, simplemente se nombra un grupo de responsables que son los encargados de representar a esta y de hacer que se cumplan las normas kikas sobre como caminar. Es al entrar en el neocatecumenado propiamente dicho (porque los primeros años son un preneocatecumenado para bautizados, es decir, un absurdo) cuando la comunidad, aleccionada y dirigida por los kikotistas, elige a sus propios kikotistas.
Lo normal es que el responsable pase automáticamente, sin votación ni zarandajas, a ser kikotista, por lo menos eso se hace cuando es dócil y maleable a los designios de los kikotistas “superiores”, y los demás son elegidos por la comunidad siempre que los mentados “superiores” estén de acuerdo, porque si no lo están no tendrán problema en señalar quien ha de ser excluido.
El flamante equipo kikotista de la comunidad será, a partir de entonces, quien la represente, acuda a las reuniones anuales de inicio de curso, dirija la reunión de transmisión y, si surge la ocasión de “dar” kikotesis, quien reciba (previo pago) el mamotreto secreto correspondiente y lo memorice para “entregarlo” a los captados.
Puede suceder que quien era corresponsable no salga elegido kikotista y se quede en el deslucido papel de corresponsable. Esta situación se daba en la comunidad de mis kikotistas.
¿Para qué sirve un corresponsable cuando hay kikotistas? Básicamente para dar avisos generales en ausencia del kikotista responsable, para buscar presbikikos para las ukas y para organizar las casas de convivencias. Quienes estaban en esta situación lo consideraban una humillación que Dios les mandaba porque no habían sido elegidos para kikotizar, sino solo para organizar las salidas.
Un puesto que muchos apetecen y que, de nuevo, llaman carisma, es el de salmista. Aquí no hay designación por parte de la comunidad y hay muy poca capacidad de decisión por parte de los implicados: quien sabe tocar la guitarra pasa “utomáticamente” a ser salmista por necesidad de la fanfarria kikil. No importa que tenga una voz desagradable, que desafine o que en lugar de cantar berree, al contrario, los berridos son muy estimados en el CNC, se trata de que toque la guitarra, que es lo que mandan las normas kikiles.
Así que quien sabe tocar la guitarra es salmista y algunos de ellos han de ser parte del equipo kikotista sí o sí, por necesidad de la fanfarria kikil.
En el equipo de mis kikotistas había dos salmistas. Ella tenía la voz más fea que he oído nunca, no desafinaba y tocaba muy bien la guitarra, pero su voz tenía un tono chillón desagradable, y él cantaba mal y a gritos. Eran los responsables de todos los salmistas.
¿Acaso no había alguna opción mejor? Sí que la había. Del mismo modo que también hay opciones mejores para que Kiko, que lo hace mal, no cante, pero no se trata de no lastimar los oídos de los oyentes, sino de premiar a los más kikotizados.
También he visto defender a un chico que soltaba unos gallos impresionantes para que se le diera el cargo de responsable de salmistas de una comunidad joven. El motivo era que los otros tres que tocaban la guitarra, cuando no se sabían un canto, preferían sustituirlo por uno de religiosos de misa de 12, mientras que a este le daba igual, lo iba a hacer mal de todo modos. Así que se le premió porque él se atenía al libro de kikirikantos en lugar de socorrerse de otros cantorales.
Quedan todavía un par de figuras.
Se designan lectores a aquellos capaces de leer sin trabucarse (nada que ver con el carisma de lector en la Iglesia Católica, que es quien catequiza). Parecerá una tontería, pero he visto a gente que tenía que silabear las palabras largas. El puesto no tiene más, se trata simplemente de que la audiencia se entere de lo que se lee y para ello se procura que los que leen tengan dicción clara y ritmo.
Y queda el cargo de maestro de niños, el didaskalo, que tiene dos funciones, una claramente bochornosa y la otra ilegítima. La bochornosa tiene lugar en la convivencia mensual, cuando el didáscalo se lleva aparte a los niños mayorcitos para “partirles” la palabra. En realidad se trata de que los niños hablen de sí mismos, de sus hermanos, de sus padres, que cuenten sus dificultades, sus problemas, con quién se llevan bien o mal, por qué les han castigado los papás… Ese tipo de cosas, conocimiento que no se sabe a quién puede ir a parar.
La función ilegítima se produce en cada “uka” de la comunidad (cuando la comunidad celebra sola) y consiste en interrumpir la liturgia (sin tener permitido hacerlo) para “explicar” a los niños las lecturas (aterrizándolas en sus vidas, dicen) y hacerles alguna pregunta sobre ellas.
Tampoco es un cargo tentador. De todo lo expuesto, las familias patanegra solo aspiran a tener hijos presbikikos, kikotistas y responsables de salmistas, las demás funciones no son dignas de los más pro.
