jueves, 26 de marzo de 2020

Carta desde el seminario



Hay lugares en Kikónides que tratan de abastecerse con visitas y visitantes de los que obtienen dinero y productos de importación. Claro, en tiempos de coronavirus eso se ha complicado, así que han distribuido una carta que más allá del lenguaje rimbombante lo que busca es que se preste atención a las últimas líneas, las que en la carta original están en otro color…

Queridos hermanos y hermanas,
la Cuaresma es para cada uno de nosotros un tiempo privilegiado para mirar a Aquel que, levantado de la tierra, nos atrae a todos hacia sí con la gracia de su amor, ilumina el sentido de nuestros sufrimientos y abre el camino hacia la Pascua. 
En este momento, en el Seminario, sentimos que debemos dedicarnos particularmente a la oración por nuestras familias lejanas y especialmente por vosotros, que con gran generosidad apoyáis nuestro trabajo, sobre todo en este momento de particular dificultad en todo el mundo por la propagación del coronavirus. Basta pensar en los verdaderos peligros, el malestar que esta enfermedad está creando y la ansiedad que los medios de comunicación están difundiendo. Mientras que la dramática propagación del coronavirus va acompañada de la triste crónica de los muertos, de las penurias familiares, sociales y económicas de tantos hermanos y hermanas, nuestra generación se redescubre, viéndose cada vez más angustiada y aplastada por el miedo a la muerte, ante el cual, el progreso técnico y el bienestar conquistado, pagado a alto precio, parecen no poder responder plenamente a la pregunta sobre el sentido que el hombre se plantea delante de los acontecimientos de la vida.
Lejanía, dificultad, coronavirus, peligros, malestar, enfermedad, ansiedad, drama, tristeza, muertos, penurias, angustia, aplastamiento, miedo, más muerte, precio… ¿Soy la única que piensa que además de un bodrio cargado de negatividad, Dios brilla por su ausencia en el pensamiento de quien haya redactado lo anterior?
Ante todo esto, Cristo nos ha elegido e iluminado para que podamos discernir lo que es verdaderamente importante en nuestra vida y el sentido de nuestro ser en el mundo, confirmándonos en la misión que Dios ha confiado a sus discípulos, es decir, vociferar a los hombres que la muerte ya no nos aterroriza, sino que ha sido derrotada por la victoria de Jesucristo, porque nada ni nadie puede separarnos de su amor: ni el presente, ni el futuro, ni la desnudez, ni la enfermedad, ni ninguna otra prueba que tengamos que afrontar.
¡Ah, ya veo! Primero negatividad a espuertas y luego Dios como amuleto espanta males… No sé, no lo veo yo muy inspirado.
Por otro lado, compartimos personalmente, al menos en parte, los sufrimientos del mundo. De hecho, aquí también, el temor al virus junto con la imposición de las medidas de seguridad adecuadas (con los inconvenientes que ello conlleva) se está extendiendo en Israel, pero sobre todo en Palestina (donde el gobierno ha suspendido las celebraciones públicas en mezquitas e iglesias), de modo que los lugares santos están ahora desiertos y sin peregrinos, así como la Domus Galilaeae.
¿Los lugares santos están en Palestina? ¿En qué realidad alternativa es eso?
En este difícil momento nos sentimos confirmados en la llamada a ser una palabra de esperanza para cada hombre. ¡Cuánta gente vive estos acontecimientos en la angustia, la depresión e incluso la desesperación! El amor de Jesús, por otro lado, ha superado el miedo a la muerte, que se esconde detrás de cada acontecimiento que nos sacude y nos hace sufrir. Él es el Señor, ¡abandonémonos en sus manos y en las de la Virgen María! 
Digo yo, si están encerraditos en la domus -que, como si fuera un obispucho de esos que hay por las diócesis perdidas, está perdida en medio de la nada-, ¿Cómo saben de la angustia, la depresión e incluso la desesperación con que la gente vive estos acontecimientos? ¿Será que se saltan la cuarentena, será que fabulan o serán ellos los que no le ven sentido a nada?
En esta misión, como bien sabéis, estamos unidos a vosotros por un vínculo indisoluble, el de la caridad fraterna, en la cual, somos un signo en esta generación del amor de Dios hacia el hombre.
¿Cariqué fratequé en el camiqué? Si de algo es signo el CNC en esta generación es de la capacidad de sus miembros para hacer volar sillas con muy mala leche.
Es por eso que os escribimos en este momento tan importante, para animarnos mutuamente y seguir informándoos de los milagros que, gracias a vosotros y a vuestra ayuda material y espiritual, el Señor está realizando en esta tierra de misión, para el bien de nuestra generación. 
¿Milagros? Que los describan, que los describan, que me apuesto que los presuntos milagros no llegan ni a agua de borrajas.
En el último período, además del trabajo académico habitual del primer semestre, el Señor nos ha dado la gracia de participar en la evangelización a través de una serie de misiones populares que han tenido lugar en varias ciudades de Galilea y Palestina, entre ellas Haifa, Ramallah y, por primera vez en muchos años, Belén (lamentablemente, las catequesis en Belén se han interrumpido debido a las medidas de seguridad contra el coronavirus).
¿El milagro será que Dios los ha echado de Belén?
Como sabéis, muchos de estos lugares pertenecen a comunidades divididas por años de tensión y violencia, y es allí donde el Señor nos ha dado el don de poder anunciar a nuestros hermanos cristianos, que todavía resisten la tentación de irse, que su presencia es preciosa y que la Iglesia no se olvida de sus hijos.
¿Será milagro que los amados judíos forme parte de esas comunidades divididas por años de tensión y violencia?
Hemos visto cuán sedientos, estos hermanos, han acogido la predicación y cuánta necesidad hay de misioneros. Nos sorprendió la alegría con la que nos abrieron las puertas y la sinceridad con la que abrieron sus corazones para contarnos sus problemas y sufrimientos. ¡Esto confirmó nuestra vocación a dar nuestras vidas por las tierras de Oriente Medio a las que el Señor nos ha llamado!
¿Pero no eran itinerantes? ¿No eran de los que no se apoltronaban en ningún sitio?
El pasado mes de febrero recibimos también la visita de nuestro Arzobispo Pierbattista Pizzaballa, que permaneció con nosotros durante todo un día y quiso escuchar la experiencia de todos los seminaristas y formadores. ¡Nos alegramos juntos por la obra de Dios, que nunca se cansa de enviar trabajadores a su mies y se preocupa tanto por los cristianos de Tierra Santa!
Mons. Pierbattista Pizzaballa sospecho que sea un obispucho de una diócesis perdida.
Es también gracias a vosotros, a vuestra generosidad y afecto, que nuestra misión es posible y asimismo a vosotros, queridos hermanos y hermanas, os pedimos que nos acompañéis en esta Cuaresma con el apoyo de vuestra oración. Sabemos que no estamos solos, que, como siempre, no nos faltará la protección del Señor y su providencia, como hemos podido tocar con nuestras propias manos en estos años recibiendo la ayuda de tantos amigos que, aunque no estén físicamente presentes aquí entre nosotros, están con la constancia de su oración o su apoyo concreto.
Nos gustaría dejaros con las palabras de San Cipriano de Cartago, dirigidas a sus fieles precisamente durante una grave epidemia: "Quien milita al servicio de Dios, que ya está puesto en el campo divino, debe conocerse a sí mismo para que en nosotros y en él no haya temor a las tempestades y torbellinos del mundo, ni perturbación alguna, porque el Señor predijo que estos acontecimientos sucederían, instruyéndonos con exhortaciones providenciales, enseñando, preparando y fortaleciendo al pueblo de su Iglesia para soportar los acontecimientos futuros: Anunció y profetizó que guerras, hambrunas, terrores, epidemias surgirían por todas partes (...). El reino de Dios empieza a estar cerca (...). ¿Quién, aquí en el mundo, tiene espacio en su alma para la ansiedad y la angustia? Entre estos eventos, ¿quién está trepidando y triste, si no es el que carece de fe y esperanza?" (De Mortalitate 2).
En la tormenta, en el lago de Galilea que contemplamos todos los días ante nosotros, el Señor Jesús apareció gritando en la noche: "¡Yo soy!" Aún hoy su voz resuena en la oscuridad y las tormentas del mundo: "¡Soy yo, no tengáis miedo!". ¡Que su voz fuerte y suave resuene más que nunca en nuestros corazones! Que el Señor os bendiga y os proteja, preserve vuestras familias y haga brillar su rostro sobre vosotros. ¡Os deseamos una Cuaresma llena de frutos espirituales, para llegar a la Pascua resucitados en Cristo, nuestro Señor, único Reposo en las tormentas del mundo!
Los formadores del Seminario


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martes, 24 de marzo de 2020

Fallido intento de kikotización




El 8 de marzo ya se sabía que “la cosa esta” del coronavirus venido de China era seria. El 8 de marzo ya se sabía que sostenerla y no enmendarla en la convocatoria de grandes concentraciones no era prudente ni valiente. Lo valiente hubiese sido desistir. Lo prudente hubiese sido no animar a salir…  
El pasado 8 de marzo hubo concentraciones al aire libre y otras a puerta cerrada. Y es de una de estas últimas de lo que va esta entrada.
Resulta que el CNC se hunde en toda España, no salen comunidades nuevas, la gente abandona y los que siguen no llenan las bolsas. Y sucede que hay gente que vive del CNC y necesita revitalizarlo para mantener su medio de vida ya que, al cabo de tanto tiempo, no saben hacer otra cosa que no sea vivir de las bolsas, digo, de la kikinerancia.
Como estarán de mal las cosas que en cierta ciudad de la que no quiero acordarme, el kikinerante responsable ordenó reunir a todos los equipos de kikotistas de su zona para venderles la perentoria necesidad de repartirse las parroquias no kikotizadas de la diócesis a fin de “dar a conocer a otros hermanos esto que estamos viviendo”.
Fue, como digo, una reunión a puerta cerrada, en un hotel, sin que el “obispillo” de esa diócesis remota que casualmente queda tan cerca tuviese nada que ver. Es decir, sin que el “obispillo” hiciese un llamamiento y mucho menos un envío, que es lo que se hizo: toda la reunión consistió en encasquetar a los equipos de kikotistas -es decir, kikos desde el 2º escruticidio en adelante- varias parroquias que visitar con el encargo de quedar con los curas y “darles su experiencia”, que se dice en la jerga del camino.
Y para que no lo dejasen correr, se les dijo también que el 10 de mayo se volverían a juntar todos para que dieran cuentas de cómo habían ido las visitas.
 Por supuesto, los viajecitos, el tiempo perdido y el desatino de ir a vender un producto caducado corría a cuenta de los enviados por un tipo que no tiene autoridad para hacer tales envíos pero que va a tener que apretarse el cinturón si el proselitismo no funciona.
Proselitismo. Palabra caída en desgracia. Por supuesto, el kikinerante se apresuró a declarar que lo suyo no era proselitismo, sino visitas sin orden ni concierto, que él no iba a dar a nadie el guion de lo que tenían que decir, pero por si colaba, se apresuró a explicar que lo que se podía hacer era presentarse en la parroquia, en la misa, con los hijos, copar los primeros bancos y al terminar la liturgia asaltar la sacristía para hablar con el cura, tal vez no todos, en caso de ser un equipo grande, tal vez solo algunos…
¿Y qué había que decir? Pues lo que diosito haya hecho contigo en tu vida, claro. Si le preguntas a Abrahán, ya sabes que te dirá que era viejo, que no podía tener hijos, que era un arameo errante, que no tenía tierra ni descendencia, un fracasado.  ¿Has entendido? Eso es lo que tienes que decir que eras tú antes. Porque mucha gente vive sin saber porqué vive ni porqué sufre. Como todos. Pero un día alguien llama a Abrahán por su nombre y le dice que me ponga en camino.
Así que no es que te dé un guion, es que el menda del kikinerante te lo dicta: tienes que decir que tu vida antes era un desastre, que no conocías a Dios -por desgracia es posible que esto sea verdad, ni antes, ni después-, di que diosito te ha sacado de la muerte, te ha dado un matrimonio, unos hijos, una comunidad de sillas voladoras, digo, de hermanos.
 Y también explicó que hay que venderlo como una ayuda para el párroco, que hay que explicarle -por si no lo sabe- que es que hay mucha gente que no sabe por qué vive ni para qué vive y que esos tales que sufren tantísimo aunque no lo sepan por estar alienadísimos necesitan escuchar que Dios existe y que Dios les ama y como a lo mejor no lo quieren escuchar de un cura, ellos, majamente, se ofrecen a hacer el servicio al módico precio de kikotizar la parroquia. Porque eso sí: sin kikotización parroquial no mueven un dedo ni le cuentan a nadie que Dios se hizo hombre.
¿Está claro?
Pero salió el tema del coronavirus. Y el kikinerante se rio en la cara de todos aquellos a quienes enviaba a kikonizar nuevas tierras:  porque ellos ya tendrían que saber que la vida no consiste en pasar aquí cuatro días y luego a la fosa. Quien crea en Jesús tiene ya la vida eterna y por eso puede entrar en la muerte tranquilamente, sin miedo al coronavirus, porque ¿qué puede pasar por el coronavirus? ¿Qué te mueras? ¿Qué pasa?  ¿que eso es un problema? Eso no es ningún problema. Si está de Dios, pues muy bien, te mueres, te vas al cielo y “yastá”. No sé por qué tanto terror y tanto miedo.
Jesucristo ha vencido a la muerte, está resucitado, nos ha abierto el cielo. ¿Qué pasa? ¿Qué tampoco crees en el cielo? No crees en nada. El señor nos llama a dar lo que hemos recibido, a anunciarlo a otros para que puedan disfrutarlo, acogiéndolo, y quien lo haga experimentará la felicidad y quien no lo crea seguirá en sus tinieblas y en sus dudas, en su depresión…
Porque el kikinerante ha decretado que lo que sí es cuestión de vida o muerte es que en esas parroquias no kikotizadas conozcan a diosito. O lo conocen o vivirán miserablemente el resto de su vida. Y nada es más importante que salvar a esos hermanos abocados a la muerte y un virus no puede apartarles a ellos de su misión.
¡Ja! Días después se tuvo que comer sus palabras y se decretó la suspensión de todas las actividades del Camino.
¿Querrá Dios decirles algo?